Forma parte del reducido grupo de futbolistas que vistieron de manera consecutiva las camisetas de Boca y River.
Dueño de una notable fortaleza física y una gran capacidad para el gol, fue una pieza clave en el equipo millonario que conquistó la Copa Libertadores de 1986. No obstante, una sanción por doping terminó siendo un punto de quiebre en su trayectoria profesional y truncó una proyección que parecía imparable.
El episodio de doping que cambió para siempre una carrera prometedora
Ramón Miguel “Pelado” Centurión nació el 20 de enero de 1962 en Santa Fe, Argentina. Delantero de características potentes, debutó en el profesionalismo con apenas 16 años en Unión, el club de su ciudad. Allí completó su formación y se afirmó como un atacante con presencia física y capacidad goleadora. En su primera etapa en el Tatengue jugó alrededor de 140 partidos y anotó cerca de 50 goles.
Sus actuaciones despertaron el interés de los equipos grandes del país y en 1985 fue incorporado por Boca. Aunque su llegada al Xeneize generó expectativas, una prolongada racha sin convertir provocó desconfianza entre los hinchas y comenzó a ser observado con recelo.

No son muchos los casos en los que un futbolista protagoniza un enfrentamiento directo con su propia hinchada. Sin embargo, Centurión, cuestionado por la barrabrava de La Ribera en aquel tiempo, quedó envuelto en una de las polémicas más recordadas de la década del ochenta.
En un empate sin goles frente a Gimnasia en La Bombonera, el delantero marcó sobre el cierre del partido. La situación desató su enojo y celebró el tanto realizando un gesto obsceno hacia la tribuna local, en clara provocación a La 12. Minutos después, el árbitro anuló el gol por posición adelantada y la reacción del público fue inmediata, con insultos dirigidos al jugador.
A partir de ese episodio, su continuidad en Boca quedó seriamente comprometida y, a comienzos de 1986, pasó a River. El pase pertenecía a una empresa intermediaria, Puma Internacional, una modalidad habitual en esa época, lo que permitió concretar su llegada al clásico rival sin una negociación directa entre los clubes.
Con la camiseta del Millonario alcanzó el momento más alto de su carrera. En 1986 fue campeón del torneo local y de la Copa Libertadores. En el certamen continental se destacó como el máximo artillero del equipo, con siete goles, y fue una de las figuras del conjunto dirigido por Héctor “Bambino” Veira.

Sin embargo, cuando atravesaba su mejor nivel, su carrera quedó abruptamente marcada por un caso de doping que estalló antes de las finales de la Libertadores. Tras un control antidopaje, dio positivo por metanfetaminas y recibió una sanción que lo marginó de la actividad durante un año.
El castigo tuvo consecuencias profundas, tanto deportivas como personales. Además de frenar su proyección, lo dejó fuera del equipo que posteriormente se consagró campeón de la Copa Intercontinental.
A diferencia de otros casos vinculados al uso de sustancias para mejorar el rendimiento, el propio Centurión siempre negó haber consumido drogas de manera intencional. Con el paso de los años, reiteró en distintas entrevistas que nunca entendió cómo se produjo el resultado positivo y sostuvo que, de haber sido consciente del riesgo, habría evitado exponerse a la situación.
Incluso llegó a definir el episodio como una injusticia deportiva. Según su mirada, determinados conflictos internos y disputas por el puesto pudieron influir en que su caso avanzara hacia una sanción. Esa interpretación, parcial y personal, alimentó durante años una sensación de injusticia que lo acompañó durante gran parte de su vida.
El caso de Centurión lo convirtió en una de las primeras figuras del fútbol argentino envueltas en un escándalo de doping. En una época en la que estos episodios no eran habituales, la investigación, el tratamiento mediático y la sanción generaron un intenso debate público que dejó una marca en la historia del deporte nacional.


































