Días atrás, volví a cruzarme con mi amigo Juan, y como esas cosas de la vida siempre tenemos dos o tres palabras y frases, “Juan como va”, “¿Muy bien y vos?”, “Todo tranquilo” y de esa manera sabemos cómo venimos, aunque algún día les voy a contar si me lo permite, su historia.
Ese cruce alcanzó para decirme que tenía otra historia... y me contó “Un día cualquiera pero no hace mucho, lo veo transitar en su vieja moto, con todas las herramientas dando la sensación de que era jardinero o se dedicaba a cortar el pasto”.
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Y Juan continúa... “después de un breve diálogo, quedamos en encontrarnos en mi domicilio con la idea de que arreglara mi jardín, todo transcurría sin habernos presentado, le pregunto: ¿Cómo te ubico? Con un notable ceceo me responde. Ya le doy mi tarjeta, saca de su bolsillo una tarjeta, que en realidad es un cartón cortado prolijamente y escrito con lapicera, y con su inconfundible forma de hablar me dice llámeme, o mándeme mensaje porque no tengo WhatsApp, claro, en las simples cosas de la vida la humildad y las ganas de trabajar no son cosas que a diario vemos”.
“Vino en horario, hizo su tarea en forma excelente, callado, cobró lo justo y se fue, sin saber su nombre me quede con su tarjeta en la mano, pensando cuántas veces nos presentamos con grandilocuencia para impresionar innecesariamente cuando en realidad, nuestro trabajo realizado o responsabilidad debería ser nuestra carta de presentación”.
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Historia y fotos: Juan Osvaldo Ávila.