Pinceladas literarias: “Rumba, Juana, ella y yo” un cuento de Lidia Mora

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: “Rumba, Juana, ella y yo” un cuento de Lidia Mora
Pinceladas literarias: “Rumba, Juana, ella y yo” un cuento de Lidia Mora

Vía Tres Arroyos te presenta Pinceladas Literarias, sección a cargo de Valentina pereyra, en esta ocasión con un cuento de Lidia Mora.

“Rumba, Juana, ella y yo”

Me despierto a media mañana en casa. Me quedo acostada mirando por la ventana al limonero que tiene los limones de un verde amarillento y pienso que pronto voy a hacer mojitos. Rumba salta a la cama para remolonear pero ya puse el acolchado blanco y no quiero que lo manche con sus patas con resto de tierra y hojas, así que le pido que se baje. No me hace caso y no me queda más opción que levantarme. Me estiro todo lo que puedo y resoplo. Rumba se alegra y empieza a saltar y me contagia su buen humor matinal. Le hago upa y bailamos al ritmo de Garota de Ipanema hasta que el remolino de besos me obliga a dejarla de nuevo en el piso para que traiga su juguete preferido que simula una ojota con chifle. Me lavo los dientes y la cara y vuelvo a la habitación. Me quedo parada frente al placard pensando qué me pongo. La decisión me toma bastante tiempo, no tengo la menor idea que voy a hacer hoy. Me decido por un jean viejito, una remera amplia y alpargatas. Me voy a la cocina. Pongo agua en la pava y prendo la hornalla y sigue Garota de Ipanema en mi cabeza. Mientras bailo sola siento que en el bolsillo delantero hay algo. Meto la mano y solo al tacto identifico la piedrita que me dio Jorge: “Llevala siempre con vos, cerca del corazón”. Si Jorge supiera que la dejé olvidada en este pantalón creo que se desilusionaría. Mientras la pava silba cargo el mate de yerba y me acuerdo que es sábado y la feria a esta hora ya está en la plaza. Apago la hornalla y salgo a la vereda. Cruzo y avanzo por los distintos puestos, algunos con salames y quesos, otros con libros, plantas, sahumerios y por último el que estaba buscando. Le encargo que me haga un colgante con la piedrita para poder llevarla como recomendó Jorge. Vuelvo, pongo la pava al fuego. Rumba reclama sus trocitos y agua fresca. Le cuento en voz alta que llevé la piedrita a la feria, que después de desayunar vamos juntas a buscarla y de paso paseamos. Me doy cuenta que la única palabra que le interesa es vamos y gira sobre su cuerpo sin parar. Que después, que ahora hay que desayunar. Solo se calma cuando escucha el ruido de su plato metálico. Termino la tostada con dulce y queso y apuro el último mate. Ahora sí, vamos.

Rumba tira de la correa, corriendo detrás de unas cotorras. Cada paseo es lo mismo. Creo que no pierde las esperanzas de alcanzarlas en algún momento. Vamos andando por los caminos del parque entre pelotas y mantas.

El sol ya está bajando y al verla sentada en el banco verde, me da un escalofrío; un poco por el clima y otro poco por su expresión. Ella está con las rodillas cruzadas, inclinada sobre sus piernas con lo que parece ser una carta entre las manos. No parpadea, lee con ojos grandes y con un gesto de duda. Aprovecho la calma reciente de Rumba y me quedo en cuclillas en el pasto, presa de mi curiosidad. ¿Sería una carta de amor? Si, cualquier papel escrito a mano me resulta una historia de amor digna de conocer. La música que sale de la calesita desentona con el clima que se estaba creando entre ella y yo, en realidad, con la historia que yo estoy armando sobre ella y su carta. Topa canta a viva voz “Siéntelo dentro, es un sentimiento que está sucediendo” y no puedo estar más de acuerdo. De todos modos el ritmo desentona, las risas de los chicos y los aplausos de los padres festejando que alguien sacó la sortija, parecen una burla para ella, que levanta su cara al cielo para evitar que las lágrimas caigan. Con las piernas cansadas decido sentarme. Subo el cierre de la campera y me tomo las rodillas entre las manos, como acunándome. Ella respira profundo varias veces y vuelve su mirada a la hoja. Tiene una arruga en la frente, de concentración, como quien sigue paso

a paso instrucciones para desarmar una bomba. Cable verde o cable azul, un paso en falso y ¡pum!

Una nena de rulos y la cara repleta de chocolate se acerca y me pregunta: - ¿Cómo se llama? - Rumba, le digo. ¿Y vos? - Juana, ¿puedo acariciarla? Ahora estamos Juana, la perra y yo sentadas en fila una junto a la otra como en un cine. Yo mirando la película, Juana y Rumba juegan. Pero como en toda película, la música acompaña al clima, así que saco los auriculares y pongo play. Paso dos canciones porque no riman con la escena y vuelve Tom Jobim y su garota. Ella da vuelta una de las hojas y se seca las lágrimas con el dorso de la mano y a mí el corazón se me estruja un poco. Termina de leer y guarda la carta en su bolso. Juana deja de acariciar a Rumba que está patas para arriba y se va con su mamá. Nosotras después de sacudirnos al pasto, caminamos para al puesto del artesano a buscar la piedra y pasamos por el banco verde susurrando Ah, a beleza que existe. A beleza que não é só minha. Que também passa sozinha y sin detenernos le dejamos un paquete de pañuelos. Ella sonríe. Nosotras también.

Sobre la autora

Nací el 8 de agosto de 1979. De carpintera y fotógrafa a trabajar en sistemas. Participio de un taller de escritura desde el 2021. Me gusta contar historias y llevar imágenes a los cuentos.