Este 2 de abril, se conmemora el 43° aniversario del Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas. Hace más de cuatro décadas, cientos de cordobeses viajaron al sur y pocos volvieron. Uno de ellos es Miguel Margara, ingeniero cordobés que hace más de 30 años trabaja en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (FCEFyN) de la UNC.
Al momento de ser convocado a la guerra, integró un equipo de logística debido a su formación académica. Miguel hizo un recorrido por sus vivencias, desde la falta de instrucción hasta la llegada de las islas y la vuelta a Argentina.
GUERRA DE MALVINAS: LA HISTORIA DEL CORDOBÉS MIGUEL MARGARA
En febrero de 1982, tras vencer la prórroga del servicio militar, fue destinado a Colonia Sarmiento, en el límite entre Chubut y Santa Cruz, al regimiento de infantería 25. Formó parte de la Compañía de Ingenieros 9, donde, a pesar de no haber terminado su carrera, su formación académica le permitió integrar el equipo responsable de la logística, preparando todo para la actuación de la infantería ante un posible conflicto.

La instrucción inicial fue breve, apenas 15 días que incluyeron manejo de fusil y rutinas de estrategia. Un episodio impactante durante este período fue un simulacro de interrogatorio que incluyó torturas físicas. “Cuando concluía el entrenamiento, seleccionaron seis soldados y nos fueron haciendo entrar de a uno a una carpa. El primero de nosotros entró y quienes quedamos afuera, empezamos a escuchar ruidos y gritos. Cuando me tocó entrar, un oficial me traba y me hace caer, un cabo me pone merthiolate en el cuello y me clava una aguja en la garganta”, recordó Miguel sobre las torturas.
En la segunda quincena de marzo, recibieron otro entrenamiento intenso. “Simulamos ingresos a casas, posiciones de combate. Nos levantaban a las dos de la mañana y nos tomaban el tiempo”, dijo. Y agregó: “Corría el rumor de que tropas chilenas habían tomado estancias argentinas y que nosotros habíamos sido seleccionados para recuperarlas”.

El primero de abril, 80 soldados y 40 suboficiales subieron a camiones con destino a Comodoro Rivadavia. Esa noche, en la Compañía de Comunicaciones 5, recibieron la noticia: iban a tomar Malvinas. La sorpresa fue total al abordar aviones de cabotaje con destino a Puerto Argentino. Fue el segundo grupo en llegar, después de los buzos tácticos, y allí mismo presenciaron la llegada del cajón del primer caído, Pedro Edgardo Giachino, un crudo anticipo de la intensidad del conflicto.
MALVINAS: EL COMIENZO DE UNA GUERRA QUE LE CAMBIÓ LA VIDA
Tras una noche de incertidumbre, fueron trasladados al buque mercante Isla de los Estados hacia Bahía Fox. A partir del 6 de abril, comenzaron a cavar sus propias trincheras con herramientas precarias. La misma ropa desde Colonia Sarmiento, sin recambio, era una constante. Miguel recordó la precariedad de su pala: “Decí que los ingleses tenían palas fuertes que pudimos aprovechar”. El 26 de abril, en un acto improvisado ante la presencia enemiga, los conscriptos juraron la bandera por primera vez en 149 años en la isla Gran Malvinas.
Las condiciones de vida en los pozos eran extremas, contrastando con la situación de algunos oficiales que se alojaban en las casas de los pobladores. Margara, con el rol de caminante, debía recolectar información en cada trinchera. Sufrieron intensos bombardeos navales desde fragatas ubicadas a 15 kilómetros, ataques ciegos que los obligaban a permanecer en las trincheras. Los bombardeos duraban horas, y la única comunicación posible era a los gritos.
LAS PARADOJAS DE LA GUERRA: EL ALIVIO DE SER CAPTURADO
La captura llegó entre el 20 y 21 de junio, paradójicamente trayendo consigo una sensación de alivio ante el cese del peligro de muerte. “Sentí tranquilidad, porque se alejaba la posibilidad de la muerte. Los mejores días los pasé como prisionero”, mencionó.
Tras ser liberados en Puerto Madryn y trasladados a Comodoro Rivadavia, se encontraron con depósitos llenos de alimentos que nunca llegaron a las islas. “Nos dieron de comer carne con suero para hincharnos, para que no se notara nuestro estado físico. Imaginate que nos hicieron desfilar con armas nuevas, cuando las que llevamos a Malvinas no todas estaban en condiciones”, explicó en diálogo con FCEFyN. Más tarde, le dieron una licencia para volver a Córdoba con la advertencia de no contar sobre lo vivido en Malvinas. “El 18 de agosto nos dieron la baja, volvimos a ser civiles”, afirmó.

Para Miguel, la guerra “estaba perdida antes de iniciarla”. La reflexión sobre la decisión de enviar jóvenes sin instrucción, mientras el ejército contaba con cuadros profesionales, es una crítica contundente. A pesar de esto, concluyó con un profundo sentido de patriotismo: “Fuimos a defender la soberanía de nuestras islas, entregando lo más preciado que tenemos las personas: nuestras vidas”.
Su historia, compartida a través de los años, un valioso recordatorio de la experiencia de los excombatientes y la importancia de mantener viva la memoria de Malvinas.