Vía Tres Arroyos presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, en esta ocasión con un cuento de Analía Angeli seleccionado por Valentina Pereyra.
Carolina se hamaca en un vaivén dulce, intenso, eterno. Siente el vértigo de volar sin alas, a merced del destino. Podría romperse una cadena y caer al vacío. Te vas a caer. Un miedo insistente, pequeño, intruso, se mete por las uñas de los dedos apretados a la cadena, entra al torrente sanguíneo como un virus y viaja por el cuerpo como un polizón.
Su papá construyó la hamaca. Una tarde, bajo la atenta mirada de Carolina que, sentada en la tierra con sus perras, la Tina y la Puchi, supervisaba todo como si supiera de aerodinámica. Empuja el aire con el pecho y lo recuerda cavando los pozos, enterrando los postes, colocando por encima el caño cruzado, soldando las enormes arandelas de las que colgaban las cadenas y después enganchando al último eslabón un alambre grueso con las sogas que amarraban la silla. Ese día no se bajó en toda la tarde. Tampoco cuando su mamá la llamó dos o tres veces a tomar el té con facturas frescas.
Los colores del campo la fascinan. Cuando se cansa las piernas, las deja caer, la hamaca pierde velocidad y altura hasta quedarse quieta; apoya la cabeza en una de las cadenas y se queda mirando el patio de tierra, los galpones, las gallinas con pollitos que picotean y corren cerca del alambrado, donde el pasto crece verde alrededor de los álamos y eucaliptus. Pasando los árboles, el campo abierto. El viento acuna las espigas rubias del trigo que pronto será cosechado. Sus ojos se pierden en el oleaje amarillo. Más allá del trigal, el horizonte gris cargado de nubarrones amenaza tormenta. Truena a lo lejos. Esta noche no podrá sentarse en la veredita del patio a mirar las estrellas.
Hasta el verano pasado, después de cenar, el papá sacaba una silla al patio. La sentaba en su falda. Le contaba cómo se encendían las luces en el cielo. Las más chiquitas eran estrellas, las grandes se llamaban farolitos. Los ángeles los prendían para que la noche no fuera tan oscura. Algunas tenían nombre. Esas que están ahí son Las Tres Marías. Aquellas cuatro de allá son la Cruz del Sur.
El sol empieza a bajar, la voz de mamá le llega. Caro vení adentro. Toma impulso otra vez, quiere volar alto y mirar hacia el camino que viene del pueblo. Cierra los ojos, le gusta la sensación del viento en la cara y el olor a tierra mojada que trae desde el sur; los vuelve a abrir cuando la hamaca llega a lo más alto y puede ver el camino. Nada. El viento se pone más fresco, le da un chucho y su piel se eriza; se apura a mantener el envión. Hoy hay tormenta. Él vendría antes a casa y como todos los viernes, le traería el chupetín paleta, el más grande. Se le hace agua la boca; mira el camino otra vez. La polvareda no se ve. Nadie viene. El viento está más fuerte, las nubes corren rápido arriba, la mamá sale al patio apurada. No hace falta que diga nada más, ahí parada, manos a la cintura, cara seria, el vestido floreado azul y blanco y el delantal negro pegándose al cuerpo por el viento. Las ráfagas mueven las cadenas, Caro cierra las piernas y la hamaca va deteniéndose. Salta y corre hacia la casa.
Adentro, acostadas en un trapo, la Puchi y la Tina, la Pepa en su jaula colgada de un gancho cerca de la alacena y la gata con gatitos que su mamá trajo del galpón. Listo, ya estamos todos adentro. La puerta se cierra, los postigos también. Afuera la lluvia se desploma sobre el patio, el trigo y los corrales y el viento se ensaña con los eucaliptos. Truena. De vez en cuando se escucha un rayo. Caro se sienta en el suelo y se mira las manos, la marca de las cadenas. Si hay tormenta él vendría temprano, metería la camioneta en el galpón, aparecería en la puerta chorreando agua. Pero no.
Sobre el autor
“Soy de Vicuña Mackenna, Córdoba. Mi familia son la gente que amo, mi hija, amigos, compañeros, familiares, esos que están cerca de mí y conectan conmigo desde algún lugar. Soy Profesora de enseñanza primaria y directora de una escuela. Me gusta mucho leer y hoy, más que nada, escribir es un cable a tierra. Participo desde hace tiempo del Taller de Literatura “Claraboya”. Ese tiempo de encuentro con el profe y mis compañeras es muy valioso; siento que poco a poco descubro infinitas caras del mundo literario. Contar la vida a través de las palabras, tejer y destejer mil veces para decir porque los textos no sólo buscan agradar al lector, buscan hacerlo sentir".
Analía Angeli
































