Pinceladas literarias: “Cerezos”

Un cuento de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: “Cerezos”
Pinceladas literarias: “Cerezos”

Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias en esta ocasión con un nuevo cuento de Valentina Pereyra.

Cerezos

Sonia caminó por la vereda de la Iglesia del Carmen hacia la sacristía. Aquella mañana, diez años atrás, el cura párroco, amigo de su padre, la esperaba para ayudarla a dar la noticia. Su madre lo sabía, pero le había pedido que asumiera las consecuencias. ¿Qué querrá decir eso? pensó, mientras cruzaba la última bocacalle rumbo a la reunión. ¿Tendrá nombre la consecuencia? pensó, mientras cruzaba el umbral de la puerta y se metía en el pasillo lúgubre que desembocaba en un jardín. Todavía tenía puesto el uniforme del colegio.

En el pasillo, se encontró con Marcos, quien había llegado acompañado del padre. Entraron como si no se conocieran. La espera se hizo eterna. ¿Por qué el tiempo pasaba tan rápido cuando se encontraban? ¿Será por el miedo que le daba llegar más tarde del horario que su padre le había impuesto? ¿Por qué el tiempo pasa tan rápido cuando se besan? ¿Será por eso por lo que Marcos le pidió algo más, será porque los besos pasan muy rápido? Tenían diecisiete y dieciocho años. Él cursaba su último año del colegio industrial y a ella le faltaban unos meses para irse a estudiar abogacía a La Plata.

Los cerezos florecidos decoraban la cuadra de la avenida Rivadavia. Frente a la Iglesia, en la plaza, todo era rosa y blanco. A Sonia le gustaba agarrar esa calle para volver del colegio a su casa. El perfume le daba un toque primaveral aunque faltaran días para el final del invierno. Le gustaban los árboles con hojas, los tallos con flores y los pastos verdes. Zigzagueaba siguiendo el aroma dulce de las flores recién brotadas y no se dejaba engañar por arbustos desnudos o jardines aniquilados por las heladas tardías. No le molestaban las raíces de los cerezos que crecían antes de la brotación y sobresalían entre las baldosas. Para ella, la primavera había llegado. Lo sentía en las tripas.

Desde el ventanal de la sacristía se veía el patio de la parroquia. Dos jazmines abrían la puerta para dar paso a un estacionamiento reservado para los autos de los curas. El padre de Sonia no había llegado y la conversación sobre el clima entre el párroco y el papá de Marcos no le interesaba. En el fondo, pegado a una de las paredes laterales de la Iglesia principal, una construcción de adobe. Un rectángulo de techo de chapas con una sola ventana. La puerta, también de chapa, estaba abierta y ella pudo ver los guantes de boxeo, la bolsa y todo lo que su madre llamaba “las huevadas de tu padre”. Sonia pidió permiso para ir al patio. Dijo que se sentía mareada y que necesitaba tomar aire. Llegó hasta la construcción que funcionaba como gimnasio.

De la nada un recuerdo la hizo temblar: su padre, parado en el umbral de la puerta de calle de su casa, gritaba que el gimnasio era su sueño y que no iba a dejarlo por nada. En el índice derecho sostenía unas llaves. Ese tintineo ahora le cortaba a Sonia la respiración. Aquel día de la discusión, ella pensó que su padre, ya no volvería a casa. Cuando recuperó la respiración se preguntó si tenía sueños. Nunca se lo había preguntado. La palabra sueños le parecía cursi. ¿Por qué pensar en los sueños si siempre es mejor estar alerta y con los pies sobre la tierra? Por lo menos, eso decía su madre. Entró al precario gimnasio y olor a vaselina, grasa, sudor y cuero le dio arcadas. Se agarró del borde de la puerta y vomitó atrás de una ruda. Levantó la polera blanca hasta la nariz y siguió adelante.

 Encontró fotos de su padre, de cuando era joven, pegadas en las paredes, artículos periodísticos en los que reconoció algunos nombres: Miguelito Lazarte, el “Chileno” Zúniga, el Zoquete Beitbeder, jóvenes deportistas a los que su padre solía llevar a almorzar o tomar la leche a su casa. Le pegó a la bolsa y el pie se le enredó con una soga sucia que cruzaba el piso de tierra de lado a lado. El grito de la secretaria del párroco la devolvió al patio.

-Ya llegó su papá.

Volvió a la sacristía. Se sentó al lado de Marcos y agachó la cabeza. Su padre sonreía nervioso y le daba, al mismo tiempo, la mano al papá de Marcos al que conocía por haber jugado al fútbol con él cuando eran jóvenes. El cura se sentó en el centro del círculo. Sonia y su papá a la derecha, Marcos y su padre a la izquierda, y frente al cura, la secretaria que tomaba nota. Antes, prendieron un cirio y cerraron las cortinas de las ventanas que daban a la avenida. La voz de Marcos sólo se escuchó cuando el párroco le preguntó su nombre. La secretaria inició la reunión rezando un padre nuestro e hizo la señal de la cruz. Sonia y su padre permanecieron en silencio. No eran católicos.

El cura habló del amor de padres a hijos, contó, salteándose algunos versículos, la parábola del hijo pródigo, y leyó otros capítulos de los Corintios. Explicó lo que él no podía saber por experiencia sobre qué era formar una familia y la bendición de traer hijos al mundo. Tampoco podía dar testimonio de que así fuera. El padre de Sonia inclinaba cada vez más la cabeza sobre sus piernas, relinchaba sin disimulo y movía las rodillas como cuando hacía sombra con sus boxeadores. El padre de Marcos miraba hacia adelante y se mordía el labio inferior.

 Sonia giraba la cabeza hacia el gimnasio que reflejaba su esquelética figura contra el ventanal en el que ella había apoyado su silla. Cuando la carraspera del cura la volvía a la reunión trataba de concentrase en el aroma a cerezos que se colaba por la ventana.

La reunión terminó como empezó. Un rezo, la señal de la cruz y el párroco bendiciendo a los presentes. La secretaria pasó un libro de actas para que lo firmaran. Marcos y su padre salieron a un pasillo, cuchichearon y sin otro particular se fueron remontando la avenida hacia el sur. El párroco, todavía en la sacristía, le pidió al padre de Sonia que esperara. Se acercó y, de arriba de la pila de papeles que esperaban ser firmados, tomó una factura de luz.

- Es el gasto del gimnasio. Vence mañana.

El padre de Sonia se metió la factura en el bolsillo de su campera y le palmeó el hombro al párroco. Señaló con la cabeza la puerta de salida y su hija lo siguió. Una vez en la calle dijo: “¡Tendremos que preparar todo! ¡Le voy a decir a tu madre!”.

-Hoy me metí, no le digas a mamá – gritó Sonia a espaldas de su papá que ya había empezado a caminar en la dirección contraria a su hija.

-Al pedo te metes con ella. Son cosas de hombres, no vuelvas a asomarte por ahí.

Sonia se dejó llevar por los ruidos de la ciudad que se movía al ritmo de la hora del almuerzo. En los pueblos, cuando el sol está en el cenit, la gente responde como los perros de Pavlov, sigue el aroma de guisos, milanesas, tallarines y otros manjares. Miró hacia la calle por donde se alejaba su papá y salió para el otro lado.

Marcos no la llamó durante una semana. Se volvieron a ver quince días después en el atrio de la Iglesia del Carmen. El párroco repitió las palabras de la charla en la sacristía, pero cambió los versículos. Usó Colosenses 3:14 : “Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”. Ella escuchó con la mirada fija en el ramo de aromos que le cortó su abuela del árbol de la vereda de su casa. Esas flores amarillas le daban alergia por eso se la pasó todo el sermón tratando de no estornudar.

Diez años después comprendería lo que el cura había dicho durante la ceremonia: “Serán los dos una sola carne. Ya no son dos. Que lo que Dios ha unido, no separe el hombre”. De lo que el cura había dicho, no escuchó ni una sola de esas palabras; las conocía porque Marcos se las recordaba cada vez que ella le pedía el divorcio.

Diez años ya habían pasado de aquel discurso del cura.

Marcos trabajaba en un comercio de venta de materiales para la construcción. Cuando el hijo mayor cumplió cuatro años nacieron los mellizos. Sonia se dedicaba a los quehaceres de la casa, hasta que los más chicos empezaron el Jardín de Infantes.

- ¡Sonia, buscate algo para hacer que estos pibes me están comiendo el hígado! – solía decir Marcos

Sonia obedeció. La vecina le había comentado de un trabajo en una peluquería. Cumplía el mismo horario que sus hijos. Al mediodía los pasaba a buscar, y una vez que terminaban el almuerzo, mientras los mandaba a dormir la siesta, ponía la casa en orden. Frente al espejo del baño, se descubría despeinada, con patas de gallo y manchas en la piel. Repasaba, con un trapo con alcohol, el vidrio y, haciendo círculos sobre la superficie fría, repetía:

-Ya se van a ir los chicos a estudiar. No falta tanto.

Marcos siempre llegaba malhumorado del trabajo; se abría unas cervezas y se echaba en el sillón a mirar programas de fútbol. Pegaba dos o tres gritos cada tanto para hacer callar a los chicos y se quejaba porque la cena no estaba lista a tiempo. Sonia lo miraba desde la cocina y se preguntaba qué le había visto a ese hombre que no tenía ninguna gracia. Trataba de pensar en aquellas salidas para el Día de la Primavera o en la primera vez que habían bailado lento en el boliche “Moreira”. El cuerpo no reaccionaba a ninguno de esos recuerdos; como sí, se estremecía cada vez que su vecino la ayudaba a abrir el portón que desde hacía años se descarrilaba.

Después de preparar la leche para sus tres hijos, poner el lavarropas y terminar el almuerzo, Sonia pedaleaba hasta su trabajo. Un día que llovía a cántaros su vecino se ofreció a llevarla y ella aceptó. Marcos escuchó cuando los chicos le preguntaban si la camioneta del vecino era tan linda de adentro como de afuera. Sonia movió la cabeza y frunció los labios, mientras, con todo el disimulo que pudo, se pasaba el índice derecho sobre la boca.

Esa noche, Marcos la acorraló en el baño y la violó. Después de bañarse y curarse los rasguños que le ardían, ella se acostó junto a su esposo que no tardó en roncar hasta el otro día. Sonia, a partir de esa mañana, evitó salir en el mismo horario que su vecino y dejó de saludarlo.

La última vez que Sonia le pidió a Marcos el divorcio él dejó el control remoto sobre el sillón, pateó la mesa ratona en la que había apoyado las latas de cerveza, se abalanzó hacia Sonia y le levantó el mentón. La acusó de estar caliente con el maricón del vecino y le recordó, una vez más, lo que había dicho el cura en el casamiento. Los gritos alertaron al hijo mayor que salió de su habitación, pero volvió a meterse con la misma rapidez cuando el padre le gritó: “Todo esto es por tu culpa”. Sonia corrió hacia la puerta de entrada. Logró sacar la llave que estaba puesta; pero, por el temblequeo de sus manos, se le cayó. Marcos se tiró y le arrebató la llave. Ella manoteó el picaporte, pero él, de un manotazo, cerró la puerta.

Quedaron frente a frente. Los chicos gritaban desde la pieza y le pedían al padre que por favor parara. Sonia movió dos veces la mano hacia adelante y les pidió a sus hijos, que se habían asomado al comedor, que se calmasen. Marcos los amenazó con matarlos a palos si no dejaban de gritar. Sonia, ya sin palabras, volvió a pedirles calma con su mano. Él levantó la llave y la sacudió frente a su cara antes de revolearla contra la pared. El tintineo le puso los pelos de punta. “¿Por qué no le pedís ayuda al vecino?”, dijo Marcos antes de levantar el puño derecho. Sonia cerró los ojos, inspiró y sintió el aroma de los cerezos.