Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con un cuento de Tomás Desperes.
Los pájaros ponen huevos
El chico y su madre están cosechando duraznos. El sol ya empieza a bajar, y los frutales se tiñen de naranja. Con los canastos llenos, la madre le indica que es hora de volver a la casa, ya tienen suficientes por hoy. Cuando lleguen, la madre pondrá la mayor parte de los duraznos a cocinar para hacer mermeladas, separará un par de frutas y un frasco para ellos, y el resto para el patrón, que viene al día siguiente.
Al chico no le gusta cuando viene el patrón, porque su mamá se encierra en la casa grande a limpiar, y su papá pasa el día con el patrón y no lo deja ir con ellos, entonces se queda solo sin nada para hacer.
En el camino de vuelta pasan por la laguna. Al otro lado, los flamencos se bañan y comen bichos y algas. El chico los mira mientras caminan. A veces, cuando viene el patrón, va hasta la orilla de los flamencos y les tira una piedra para verlos volar. Siempre terminan volviendo a bajar a la laguna.
Una vez estaban con su padre eligiendo pollos para faenar y el chico pensó que si les tiraba una piedra a los pollos quizás también podían salir volando, pero terminó lastimando a uno y su padre no lo dejó volver al corral por un tiempo. Los pollos lastimados no sirven para faena le dijo.
Mientras camina, el chico se da cuenta que tiene los cordones desatados. Apoya el canasto de duraznos en el piso y se agacha para atarlos. Cuando se levanta con el canasto vuelve a mirar a los flamencos y ve un pájaro que no distingue. Es más grande, blanco con plumas negras en las alas y un pico largo que mete y saca del agua. El chico se lo señala a la madre. Una cigüeña le dice, y lo mira a los ojos, algunos dicen que traen a los bebes. El chico vuelve a mirar al pájaro. Eso es mentira piensa, los pájaros ponen huevos, no bebes.
A la mañana el chico vuelve a la laguna. Sus padres salieron temprano a recibir al patrón. Cuando llega se saca los zapatos los deja sobre una piedra y va hasta la orilla a pisar el barro, que se le cuela entre los dedos. Alza la mirada buscando a los flamencos y los ve en la orilla de siempre, cerca del sauce y el monte, y empieza a caminar para allá.
Mientras avanza los flamencos van cubriendo y descubriendo partes de la laguna como los árboles del monte, y entre ellos se llega a ver algo blanco y negro que se mueve entre la bandada. Es la cigüeña de ayer piensa, y como si lo hubiera escuchado, el pájaro levanta la cabeza por encima del grupo con el pico en alto y un pez en la punta, que desliza con cuidado hasta tragarlo. El chico se acerca un poco más para poder verla. Es más grande y se mueve más lento que los flamencos, mira el agua, acecha, y cada tanto ensarta el pico como una lanza, y caza. Los flamencos al lado se ven un poco bobos comiendo algas.
Decide que quiere ver volar a la cigüeña, así que agarra una piedra de la orilla y la tira cerca de donde está. Los flamencos levantan vuelo como siempre, pero la cigüeña levanta la cabeza y clava su ojo en el chico. La zona alrededor del ojo es de un color rojo intenso, y por un momento el chico tiene miedo que lo ensarte con el pico.
El pájaro despliega las alas negras y salta en un vuelo rasante en dirección al chico, pero rápidamente gira y se va hacia el sauce. Los flamencos por su parte bajan uno a uno a la laguna, como siempre.
En la parte más alta del sauce hay una maraña de ramas, y desde arriba la cigüeña controla la orilla de la laguna. Después de dar vueltas por el campo y con la panza que hace rato gruñe de hambre, decide acercarse a la casa grande para ver si el patrón ya se fue. Pasa escondido entre los silos que dan a la parte de atrás para que no lo vean y mira. Al costado de la casa está la camioneta del patrón, pero más allá, cerca del corral de los pollos, ve a su padre sentado solo. Entonces escucha la puerta de la casa, mira y ve al patrón salir, subirse a la camioneta y arrancar. Casi nunca entra a la casa cuando viene solo, pero cuando sí pasa, su padre se queda callado por unos días y una vez le pareció escuchar a su madre llorar adentro.
Incómodo y con hambre, una vez que la camioneta del patrón no está a la vista se acerca a la puerta de la casa grande. Pero cuando está llegando su padre le grita que no entre y que se vaya a la casa chica, donde ellos viven.
El chico dice que tiene hambre, pero el padre lo agarra del brazo, lo corre de la puerta, le dice que no entre y cierra detrás de él. Se queda un momento mirando la puerta, y finalmente vuelve a la casa a esperar a sus padres. Los días que siguieron fueron como el chico había pensado. Su padre lo llevaba con él a cuidar los pollos y juntar huevos al gallinero, pero no hablaban, y su madre no salía de la casa.
Las cenas y desayunos que compartían los tres fueron en silencio, y si el chico decía algo sus padres o no contestaban o le decían que les cuente en otro momento. Por otro lado, el patrón dijo que no iba a volver por un tiempo. Un día mientras juntaba huevos, el chico dejó la puerta del gallinero abierta y varias gallinas salieron al campo. Cuando su padre salió del corral y vio la situación le gritó y le pego una patada que hizo que se le humedecieran los ojos.
Pasaron el resto de la tarde buscando a las gallinas y encerrándolas de nuevo, pero cuando volvieron a cenar el padre estaba más tranquilo y le contó de la cacería de gallinas a la madre, que sonreía cada tanto. Al día siguiente salió con su madre a encargarse de la huerta. Las cosas volvieron a la normalidad por un par de días, pero al tiempo la madre volvió a quedarse en silencio, y algunas veces durante el desayuno se levantaba al baño sin comer nada. Y su padre estaba enojado todo el tiempo. A veces le decían al chico que tenían que hablar y que saliera un rato, así que iba a la laguna.
Los flamencos seguían sin salir del agua, y siempre volvían sin importar cuántas piedras les tirara, y la cigüeña pasaba más tiempo arriba del sauce. Pero a veces cuando el chico llegaba, bajaba a pescar y lo miraba con el ojo rojo intenso, mientras ensartaba el agua y cazaba.
Ya hacía un tiempo que las cosas se habían calmado entre sus padres y con él, pero una mañana el padre dice que había llamado al patrón y le dio permiso para ir al pueblo, así que al día siguiente se visten y salen al pueblo en la camioneta que tienen para usar en el campo, una viejita en la que apenas entran los tres apretados y que hace mucho ruido. El chico va mirando el camino. No le gusta ir al pueblo porque no hay nada para hacer, y los otros chicos lo miran raro las pocas veces que va con su mamá a la plaza después de alguna salida al supermercado, cuando el patrón pasa varios días sin ir a llevarles cosas.
El chico pregunta a que van al pueblo esta vez, y el padre le contesta que van al doctor. Se bajan en lo del doctor y se sientan a esperar junto con otra gente que también viene a verlo. Hay una señora grande sola que está leyendo una revista y cada tanto levanta la vista para mirarlos, una chica mirando su celular que tuvieron que llamarla dos veces para que escuche, y un hombre y una mujer con una panza muy gorda que conversan bajito entre ellos.
El chico y sus padres esperan en silencio por un rato largo hasta que los hacen pasar, pero el padre le dice que se quede afuera, así que el chico se queda sentado pensando que hubiera sido mejor quedarse en el campo y que el doctor fuera para allá. Cuando finalmente salen suben directamente a la camioneta y vuelven al campo sin hablar en el camino.
A la mañana siguiente la madre le dice al chico que vaya con ella a los frutales. Las peras ya están para cosechar, así que agarran dos canastos grandes y salen por la orilla de la laguna. Los frutales están un poco descuidados porque desde la cosecha de duraznos no habían vuelto a hacerse cargo, así que pasan un tiempo desmalezando y revisando que los árboles no estén abichados y tratando los que si lo están. Una vez terminado el mantenimiento y mientras llenan los canastos, la madre le pregunta al chico si le gustaría tener un hermano. Él no contesta y sigue juntando peras en silencio, incluso cuando le repite la pregunta.
En el camino de vuelta pasan por la laguna y se para un momento a mirar los pájaros en la otra orilla. La cigüeña está entre los flamencos cazando, y al chico le parece que lo está mirando. Al día siguiente el patrón llega al campo a buscar las peras y los dulces, así que el chico se queda solo una vez más. Sin pensarlo demasiado va a la laguna, directo a la orilla de los pájaros, y ve a la cigüeña cazando entre los flamencos. Se para frente a la bandada y mira. La cigüeña clava su ojo en el chico y levanta la cabeza del agua, con el pico enrojecido por los peces. Sin quitarle la vista al pájaro, el chico agarra una piedra del suelo y la hace girar con los dedos, palpando la superficie suave por el agua.
Los Flamencos siguen comiendo bichos y algas, moviéndose de un lado a otro, sin alterarse con la presencia del chico, pero entre ellos la cigüeña está quieta en el lugar, y erguida por encima de la bandada mira al chico, alerta. Entonces el chico tira la piedra a pocos centímetros de los pájaros, haciendo volar a los flamencos, pero la cigüeña se gira para enfrentarlo, sacude el agua de las plumas, y despliega las alas negras con el pico en alto, estirando la sombra sobre el agua casi hasta donde el chico está parado.
En ese momento, el chico se agacha una vez más y agarra otra piedra del tamaño de una pera, y con la mandíbula apretada lleva el brazo hacia atrás, sin dejar de mirar al animal a punto de levantar vuelo para volver al sauce, y la tira directo en el centro del ala derecha, haciendo caer a la cigüeña de lado en el agua.
El chico empieza a correr en dirección al pájaro, que está poniéndose en pie como puede, y agarra otra piedra por el camino, más filosa y puntiaguda que las anteriores. Cuando está cerca, el pájaro abre el pico haciendo chasquidos lastimeros, batiendo el aire con el ala izquierda, girando el cuello alrededor de su cuerpo, los ojos más rojos que de costumbre.
El chico frena a pocos metros, la mira un momento, y finalmente tira la piedra y le da en la cabeza. La cigüeña cae al agua, sacudiéndose unos segundos antes de quedar flotando en la superficie. El chico deja pasar un momento antes de acercarse más y ver que el pájaro no se mueve.
Los flamencos empiezan a bajar a su alrededor y siguen comiendo algas y bichos. Mira al sauce y ve la maraña de ramas que armó la cigüeña en la copa. Sale del agua, se dirige al árbol y empieza a trepar. El nido en la copa es casi tan grande como el chico. Se acomoda con cuidado entre las ramas y estira el cuello. Adentro hay un solo huevo, grande casi como su cabeza. Estira el brazo sin soltarse con el otro, agarra el huevo y lo mira. Finalmente vuelve la vista a la cigüeña flotando entre los flamencos, y tira el huevo al agua, que se hunde y se pierde de vista. Baja del sauce, se acomoda la ropa y empieza a caminar hacia la casa grande.
Sobre el autor
En sus propias palabras Tomás Desperes indica:
Soy tresarroyense, tengo 32 años, soy arquitecto, y mi primer contacto con la escritura lo tuve en la materia taller de literatura con Marisa Lavayen en la EATA en 2009, cuando tenía 16 años. A partir de esa experiencia escribí algunos cuentos para mí, y cuando volví a Tres Arroyos en 2023 como profesional independiente me inscribí en el taller de Sandra Staniscia para retomar contacto con la escritura, que hacia varios años había perdido.
Este año también participe de 3 encuentros del taller de escritura artística para arquitectos de Julio Mandelbaum.
Escribo porque me gusta, y si bien no tuve publicaciones ni participaciones en concursos hasta el momento, estoy abierto a todo lo que pueda surgir en ese sentido
El cuento “Los pájaros ponen huevos” lo escribí en el marco del taller de Sandra Stanicia, en el modulo dedicado a animales, y es una mirada sobre el mito de la cigüeña.