¿Nos amigamos con la minería?

El análisis de la experta en Gestión Ambiental María Inés Canelada Lozzia.

¿Nos amigamos con la minería?
Mina de carbonato de litio en Catamarca.

La pregunta es incomoda. Y la respuesta, aunque parezca obvia, no lo es tanto. Vivimos una crisis ecológica profunda, un despertar colectivo en el que muchas de las advertencias sobre el futuro del planeta dejaron de ser profecías para convertirse en hechos cotidianos. Récords históricos de temperatura, eventos climáticos extremos, la aparición de enfermedades antes ajenas a nuestras latitudes: escenarios que alguna vez conocimos por textos o relatos, hoy forman parte de nuestra realidad.

En este contexto, como sociedad comenzamos (no sin resistencia) a comprender la importancia del uso racional de los recursos naturales, a asumir su finitud y a cuestionar la sostenibilidad de múltiples actividades productivas. Entre ellas, la minería.

La minería es, por definición, una industria extractiva. Dura. Su avance fragmenta el suelo, pero también, en muchos casos, rompe tejidos sociales, modifica formas de vida y divide a las comunidades. Genera impactos ambientales visibles, altera paisajes y plantea una dicotomía compleja: la promesa de un desarrollo económico y empleo frente a la preservación del territorio y de los ecosistemas que lo sostienen.

No podemos ser indiferentes a las transformaciones que se producen cuando las empresas avanzan con proyectos de extracción, especialmente en la minería a cielo abierto. Las imágenes de montañas dinamitadas y suelos removidos evocan escenarios de devastación que bien podrían pertenecer a una película de fantasía, pero que existen aquí y ahora, en nuestros propios territorios.

En el contexto global, el sector político avanza y se afianza con proyectos que priorizan el crecimiento económico a cualquier costo, sellando alianzas que relegan la salud ambiental, profundiza un modelo que concibe a la naturaleza como un recurso ilimitado y no como el sistema del cual los seres humanos somos parte.

Frente a este escenario, nos debemos preguntar ¿Cómo nos posicionamos como sociedad frente a la minería? La respuesta contempla múltiples aristas.

Hoy dependemos de los minerales para sostener el desarrollo tecnológico. La transición energética, tan mencionada como necesaria, es impensable sin minerales. ¿Estamos dispuestos a prescindir de los teléfonos celulares, las computadoras o las energías renovables? ¿Es una opción seguir sosteniendo una matriz energética basada en combustibles fósiles, con consecuencias que resulten aún más graves?

La historia demuestra que la demanda de minerales no es eterna ni estática. El wolframio, por ejemplo, tuvo su pico de extracción durante la Segunda Guerra Mundial, cuando era un insumo estratégico para la industria bélica. Hoy su importancia es menor. Esto demuestra que las necesidades cambian, y elementos que resultan críticos en un momento pueden dejar de serlo, perdiendo rentabilidad su extracción.

Sabemos que no existe la minería sustentable en términos absolutos. Pero sí puede y debe ser responsable. Con controles estrictos, participación real de las comunidades, transparencia, respeto por los territorios y límites claros que prioricen la vida.

Amigarnos con la minería no debería significar aceptarla sin cuestionamientos, sino debatirla con información de calidad, conciencia ambiental y justicia social. Porque el verdadero progreso no se mide solamente en toneladas extraídas, sino en la posibilidad de sostener comunidades, territorios y un futuro próspero para la región.

María Inés Canelada Lozzia

Consultora Ambiental. Diplomada en Gestión de Riesgo y Adaptación al cambio climático. Turismo Sostenible. Periodismo y comunicación Ambiental. Gestión inteligente del Agua.