Durante décadas, la empresa fue pensada casi exclusivamente como una herramienta para generar ganancias. Su éxito se medía en números, balances y crecimiento económico. Sin embargo, esa mirada comenzó a cambiar cuando la sociedad empezó a preguntarse a qué costo se produce, quiénes se benefician y qué impacto dejan esas decisiones en el ambiente y en la vida de las personas.
Hoy hablar de organizaciones sostenibles implica pensar en equilibrio. Un equilibrio entre tres dimensiones que no pueden separarse: la económica, la social y la ambiental, a las que incluso podría sumarse una cuarta, la institucional. Sin esa articulación, ningún modelo de desarrollo resulta viable a largo plazo.
La historia empresarial refleja con claridad esta transformación. Desde el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX, la lógica dominante fue el crecimiento económico, relegando cualquier consideración social o ambiental. La responsabilidad social empresaria no formaba parte de la agenda y los impactos negativos quedaban invisibilizados o naturalizados.
Recién en la primera mitad del siglo XX comenzaron a aparecer algunas acciones vinculadas con la comunidad, aunque de manera aislada y principalmente filantrópica.
No se trataba todavía de un compromiso surgido como parte de la gestión empresarial, sino de intervenciones puntuales.
Fue recién a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando la sociedad empezó a ejercer una mayor presión sobre las empresas, reconociendo el enorme poder que estas tienen para influir en la vida de las comunidades.
En ese contexto, la dimensión social comenzó a ser un factor relevante en la reputación y legitimidad de las organizaciones, comenzando a gestarse un nuevo concepto de empresa.
Como señalaba Peter Drucker, uno de los pensadores más influyentes en materia de gestión, “la mejor manera de predecir el futuro es crearlo”, una idea que desde entonces interpela directamente a las empresas y a su rol en la construcción de un desarrollo más sostenible.
Desde la década de 1960, la preocupación por el cuidado del ambiente aumentó sensiblemente. La preservación de los recursos naturales dejó de ser una cuestión marginal para convertirse en un elemento estratégico, no solamente por razones éticas, sino por la necesidad de garantizar el abastecimiento de materias primas para la continuidad de los procesos productivos. La contaminación, el agotamiento de los recursos y el deterioro ambiental se volvieron cada vez más evidentes. La aparición de normas y leyes ambientales, antes inexistentes, impulsó un cambio profundo en las conductas empresariales.
Esta evolución da lugar al concepto de empresas de triple impacto, que son aquellas que generan valor económico al tiempo que cuidan el ambiente y fomentan el compromiso social. Para visibilizar y respaldar este enfoque surgen certificaciones que van más allá de acreditar una etapa del proceso productivo, como ocurre con las normas técnicas tradicionales.
Estas nuevas certificaciones evalúan la relación de la empresa con todos los actores involucrados en su cadena de valor. Un ejemplo de ello son las Empresas B. En este sentido, como expresó Pedro Tarak, cofundador de Sistema B Argentina, “las empresas existen dentro de un ecosistema, y aquellas que generan un impacto positivo necesitan uno que las premie, las valore y las favorezca”.
Este cambio de paradigma también se refleja puertas adentro. El concepto de empleado fue sustituido por el de colaborador, reconociendo el rol central de las personas en el desarrollo de las organizaciones. Pero el compromiso no se limita al interior de la empresa: se extiende a la relación con proveedores, clientes y comunidades.
En este proceso, el consumidor ocupa un lugar clave. Hoy contamos con acceso a información que nos permite conocer el origen de los productos, como fueron producidos, como gestionan sus residuos y las políticas empresariales.
Esa información nos da poder de elección y nos convierte en actores activos del cambio.
Hoy no miramos solamente el precio o la marca al momento de adquirir un producto.
Leemos etiquetas, investigamos y elegimos aquello que representa nuestros valores.
En ese gesto cotidiano, aparentemente simple, se juega una transformación profunda.Porque, en definitiva, la sociedad elige. Y cada elección define qué empresas prosperan y qué tipo de futuro estamos dispuestos a sostener.






















