Parafrasear aquella frase de Roberto “Mano de Piedra” Durán “viejo es el viento y todavía sopla” es la mejor manera que encontré para iniciar este relato, porque, a las claras, no todo lo viejo está obsoleto, no todo lo antiguo es descartable y no siempre lo más moderno funciona mejor.
“Viejo es el tiempo y todavía corre” o “No todo lo viejo es obsoleto” son frases que caben para cosas, objetos o humanos.
Desde que el mundo es mundo el hombre ha intentado “encapsular” al tiempo, medirlo de manera arbitraria, encontrar la forma de apropiarse de su esencia, fragmentarlo, dividirlo, manejarlo a su placer, aunque sea de una manera ilusoria.
Los ciclos lunares fueron los primeros intentos. El Calendario Lunar se convirtió en la herramienta para sistematizar el paso del tiempo y organizar cronológicamente las actividades sociales, religiosas, comerciales o administrativas.
A los sacerdotes babilónicos les debemos la subdivisión del día en 24 horas, que data más o menos del tercer milenio antes de Cristo.
Para cuando los Egipcios descubrieron las discrepancias entre el calendario lunar y el paso de las estaciones, sus estudios derivaron en una nueva medida: el calendario Solar.
Nuestro calendario tiene su origen en el Calendario Romano que era 100% lunar y estaba compuesto por 10 meses de 30 y 31 días. El año comenzaba en marzo.
Luego se agregaron los meses de enero y febrero para sincronizar mejor el año con las estaciones, pero con el paso de los años el desfasaje de los días con las estaciones continuaba, aumentaba y se volvió un verdadero descalabro.
Fue Julio Cesar quien solucionó el problema adoptando el Calendario Solar egipcio de 365 días dividido en 12 meses, 7 de 31 días, 4 de 30 días y uno de 28. La sincronía con el año solar se conseguía intercalando un día adicional cada cuatro años en el mes de febrero (año bisiesto).
Para lograr la sincronización casi definitiva a ese “primer año” se le agregaron por decreto 90 días.
Eso sucedió en el año 46 a. C. El Calendario Juliano gozó de buena salud hasta el año 1582 cuando a instancias del Papa Gregorio XIII “borró de un plumazo diez días.
El 4 de octubre de 1582, por orden del papa Gregorio XIII se instituyó un nuevo calendario que ajustaba en 10 días el Calendario Juliano. El año Juliano tenía 11 minutos y 14 segundos más que el año solar gregoriano que continuamos usando hasta hoy.

Es tiempo de los relojes
Los primeros intentos de medir las horas, fueron a través del sol.
Los antiguos egipcios son los responsables de la invención del reloj de sol, que data del año 1500 aC. Originalmente estaba compuesto por una estaca clavada en el suelo, llamada gnomon, que indicaba la hora dibujando una sombra diferente según la posición del sol. Sin embargo, esto lo hizo inutilizable por la noche o en los días nublados.
Para superar el problema los egipcios inventaron el reloj de agua o clepsidra. Era un recipiente que se llenaba de agua, la cual era evacuada por un pequeño orificio y su flujo se medía a través de marcas en su interior que señalaban el paso del tiempo.
Las noticias más antiguas que tenemos de un Clepsidra proceden de un texto jeroglífico hallado en la tumba de Amenemhat (Luxor, Egipto). Allí, Amenemhat se presenta como inventor de lo que él llama merkhyt, una clepsidra diseñada en honor al rey Amenhetep I (1514-1494 a.C.).
Había también otra variante en el cual el reloj utilizaba dos recipientes, con el agua goteando de uno a otro, y el tiempo se medía por el volumen de agua en el primero (relojes de salida de agua) o en el segundo (relojes de entrada de agua).
El clepsidra de karnak es el reloj de agua más antiguo que se ha encontrado hasta el día de hoy y data del año 1400 A.C.

Luego llegó el turno de los relojes de arena y en el siglo XIII aparecen los primeros relojes mecánicos, que se instalaban en los campanarios de las iglesias. Estos mecanismos estaban equipados con una sola manecilla para las horas y también eran extremadamente imprecisos.
Tres Arroyos y sus relojes
Sabrán disculpar, estimados lectores, una introducción tan larga para volver al inicio y a las primeras líneas de este artículo.
“Viejo es el tiempo y todavía corre” o “No todo lo viejo está obsoleto”. Así lo demuestra el único reloj que hay en la ciudad y que continúa funcionando (al menos hasta la primera versión de esta nota publicada en 2024 cuya redacción hemos actualizado para “hacer justicia” a las nuevas puestas a punto de algunos relojes de la ciudad)
Claramente que al reloj digital de la Plaza San Martín, lo hemos dejado fuera de competencia, por “moderno”.
Se trata de un reloj de sol que se encuentra en la intersección de las calles Brandsen e Istilart. Construido seguramente hace más de 50 años y probablemente cerca de 80.

Lo de “continúa funcionando” tómenlo entre pinzas, porque los muchos cambios de husos horarios que se sucedieron en la Argentina lo hacen trabajar desfasado una hora, pero no es su culpa. El amigo, si el sol sale, trabaja.
Trabaja y de mejor y más eficaz manera que el reloj de la cúpula de la Municipalidad, eternamente clavado por más de 10 años a las 10:33 horas.
A principios de 2024 se trabajó en su reparación y durante algunos meses volvió a funcionar, pero contradiciendo a la frase con la cual iniciamos este relato o dando por tierra lo que nos quisieron hacer creer desde la serie “El Eternauta” no todo lo viejo funciona, y nuevamente el reloj de cuatro esferas de la Municipalidad dijo “Basta, no tengo más tiempo para dar” y volvió a detenerse, esta vez, quizás para siempre.

Su colega del Banco Nación, sin reparaciones de por medio eternamente quedó olvidado a las 4 menos cinco.
El reloj de La Perseverancia sin agujas, no marcaba la hora ni siquiera dos veces al día, pero para el 120 aniversario de la entidad cumplidos durante el 2025, con buen criterio, sus responsables decidieron “volver a darle cuerda” y desde hace ya algunos meses volvió a dar la hora con exactitud suiza.
El reloj del edificio de los Grandes Almacenes el ABC sobre calle Maipú ni siquiera conserva sus agujas como para desorientar temporalmente a algún transeunte al menos un par de veces al día.

Lo que ayer era simplemente un recuerdo hoy de nuevo es una realidad. El recuerdo a la hora de escribir esta nota, como mencionabamos anteriormente, allá por el 2024, decía así: Hubo otros relojes en la ciudad. Recuerdo los 10 relojes cuadrados de Joyería Gatto, ubicada en la cuadra de Hipólito Yrigoyen del 0 al 100, que indicaban la hora de diferentes partes del mundo, aunque dudo que alguna vez hayan funcionado más que de adorno. diez relojes, ocultos detrás de la marquesina de un nuevo negocio.
Hoy los 10 relojes de Joyeria Gatto, volvieron a ver la luz del sol. Aquella marquesina ya no existe, un nuevo, pero emblemático negocio de la ciudad ocupó el local y tuvo el buen criterio, aunque los relojes nada tiene que ver con su rubro, de mantener aquellos relojes al descubierto.

Debemos mencionar aunque ya no exista el gran reloj de Casa Quintela que hoy forma parte de la colección del Museo Mulazzi.
Y por qué no, el de “mentirita” que formaba parte del cartel de la óptica Vilela y Barutti en calle Colón al 100.

Y aunque no esté en Tres Arroyos hay que mencionar al emblemático reloj de Claromecó, mojón de turistas y desorientados transeúntes de nuestra principal villa balnearia. Construido en 1942, demolido en 1960 y vuelto a construir en el 2000 en su ubicación de calle 9 y Costanera.
No recuerdo otros, no sé si los hubo, quizás la memoria de los lectores me ayuden en la tarea.
Sea como sea, los relojes seguirán marcando nuestros pasos, para hacernos correr a una cita a la que vamos atrasados.
Aunque en nuestras muñecas, y gracias a la existencia de los celulares, ya no sean una necesidad, sino un adorno.
“Nada más idiota que la experiencia del tiempo a través de los relojes y no obstante aquí estoy: temiendo que se me haga tarde” - dijo alguna vez Alejandra Pizarnik.
Quizás tenga razón, como quizás la tuvieron los griegos cuando dividieron al tiempo y lo definieron con dos palabras: Chronos y Kairos.
Chronos: alude al tiempo según el sol cruza los cielos. Es el tiempo cronológico y lineal tal cual lo conocemos.
Kairos: Es el momento en el que algo importante sucede. Es el momento adecuado, el tiempo en potencial, la mejor oportunidad para actuar o para realizar un acto. Es el momento necesario, el momento crítico, en el cual, uno debe subirse a la ola o ser arrastrado por ella. Kairos y la ola no esperan a nadie.
Quizás sea Kairos, ese tiempo sin relojes, el único que valga la pena medir y seguir, aunque su aceptación haga inútil esta nota.


































