“¡Resucitá, machito! ¿Qué te cuesta?”. Así concluye La Novela de Perón, el libro de Tomás Eloy Martínez. Es la última frase, de una devota del General, una mujer ya sin lágrimas y en tono de plegaria junto al féretro, en el multitudinario funeral.

Desde hace un año, esa frase me es recurrente. Por la fe y el amor inmenso, sin límites ni fronteras. Por la convicción de que sólo alguien así podría hacerlo, por el peso de su voluntad y del clamor popular. Desde hace un año, desde la muerte de Diego Maradona.

Ahora reparo que La Novela de Perón y La Mano de Dios son frases con la misma cantidad de palabras. Y que Perón y Diego se escriben con cinco letras. Y siempre supimos de la conexión, porque Maradona era peronista y Perón habría sido maradoniano.

Dos personas tan amadas como reprobadas, y jamás indiferentes. Íconos. Ineludibles. Nadie podrá sostener, aún impulsado desde el desprecio, de que fueron parte del pueblo. De sus sueños y conquistas. De sus desvelos y alegrías, quizá efímeras, o para toda la vida.

Porque en este año desde ocurrida su muerte, y aún desde antes de pasar a otro plano, los carroñeros se ensañaron con Diego. Que no era un santo ni mucho menos, claro está. Pero tanto dedo acusador, tanto resentimiento, tanto tono admonitorio acusando por sus faltas, errores y pecados. Con pulsión, avidez y gozo. Riendo desencajados, sintiendo como victorias propias cada falla de Diego. Tantos tipos chiquitos escupiendo sus miserias por ahí. Basuras. Ni aún en su cenit llegarán a la sombra de un Maradona fallecido.

No resucites Diego. Te desbordaría la bronca de comprobar cuántos son los que prefieren verte muerto. Los que disfrutan pegándote en el piso, bajo tierra, con el cuerpo todavía sin enfriarse, ya sin defensa posible. Las hiciste y las pagaste, te fuiste no sin antes sufrir, y te llevaste muchos secretos dolorosos, inconfesables. Pero los jueces demandan que no es suficiente castigo, por haber sido Maradona.

Ahora hablando en serio, el deseo de que resucites es más fuerte, de muchos más. Incontables. Porque al Diego de la cancha, al Diego del fútbol, la copa y la pelota, no se lo cuestiona. A ese Diego lo lloramos desde hace ya un año y lo culpamos sólo por habernos dejado en el desaliento y por quererlo tanto. A ese Diego sí le diríamos “dale, que te cuesta”.