A diario nos enfrentamos a distintas ocasiones en las que hay que elegir el curso de acción.

Tomar una decisión por sí o por no.

Ir o no ir.

Hacer o no hacer.

Elegir una opción.

¿Cuántas veces entramos en crisis al tener que elegir? Porque ¿quién no intenta determinar cuál es la opción correcta antes de decidir?

Entonces empieza la búsqueda de la verdad.

El pedir opiniones, rememorar otras situaciones similares, pensar en las posibles consecuencias y hasta seguir la intuición.

Lo cierto, cariño, es que no hay manera de determinar de antemano las consecuencias de las cosas. Salvo específicas situaciones.

Elegir una opción es descartar otra (u otras). Y esta actividad poco feliz resulta ser parte fundamental de la vida.

Pues, a nadie le gusta tener que elegir.

En general, nadie quiere descartar ningún posible curso de acción.

Pero, te lo digo, cariño. La vida funciona así.

De que elijas A en lugar de B y que te hagas cargo de lo que resulte de esa decisión.

Lo importante es que recuerdes que, al final del día, más que lo que decís o sos capaz de hacer, sos la decisiones que tomás y la manera en que las enfrentás.

Nadie puede elegir por vos.

La palabra final es tuya.

Porque es tu vida y de nadie más.

Aunque a veces de un poco de miedo el pensar qué puede llegar a pasar, respirá hondo, pensalo bien, buscá el método y elegí.

A consciencia y con el corazón.

Que como te digo, tus decisiones a lo largo del tiempo no son otra cosa que un reflejo de lo que sos.

Cuando se trata de elegir, todo depende de vos.