La primera vez que uní la poesía a las sensaciones fue cuando siendo muy chica, en la casona de Cabana, me desperté con el sonido de la lluvia en el techo de zinc. Era tan sedante y armonioso el murmullo, que no pude recuperar el sueño. Llovió todo el día y esa sensación no me abandonó. Recuerdo que con Eduardo –ambos nos llevábamos pocos años– nos la pasamos asomados a las ventanas, un poco inquietos porque ese día no podríamos continuar con la casita que armábamos arriba de un árbol.

A la tarde, en esas horas en que mamá nos leía, tomó un libro de poesía de Juana de Ibarbourou y nos leyó un texto que atravesó mi corazón. Era "Noche de lluvia", que comienza: "Llueve… espera, no duermas. Estate atento a lo que dice el viento, y a lo que dice el agua que golpea con sus dedos menudos en los vidrios…" Y casi al terminar el poema: "…Cómo estará de alegre el trigo, amante. Con qué avidez se esponjará la hierba, cuántos diamantes colgarán ahora del ramaje profundo de los pinos…" Años después, siendo una jovencita, Louise May Alcott y la inefable familia March me recordaron, en algunas cosas (rivalidades de hermanas, la efervescente vocación de Jo de escribir, el hecho de enviar un cuento a una revista juvenil y verlo en letras de molde), que era posible alcanzar el sueño de editar.

Y la adorable e inquieta Anne, de Lucy Maud Montgomery, la que vivía en Tejados Verdes, me enseñó que podía ser ingeniosa sin ser aburrida y que el ingenio es algo no sólo deseable, sino valorable, en una mujer de carácter.

No pasaron muchos años hasta que sentí el aroma del pan recién amasado en los versos de Gabriela Mistral, y copié en un cuadernito especial el poema de ella a sus libros, y sin que mi madre supiera, ni mis profesoras, el poema en que habla del suicidio del hombre que amaba, que nos prohibían leer: "¿Cómo quedan, Señor, durmiendo los suicidas? ¿Las dos sienes vaciadas, las lunas de los ojos albas y engrandecidas, hacia un ancla invisible las manos orientadas? ¿O Tú llegas después que los hombres se han ido, y les bajas el párpado sobre el ojo cegado, y entrecruzas las manos sobre el pecho callado?" Aquel poema no sólo me mostró la crudeza de la muerte, de perder al hombre amado, sino que me dejó un mensaje: la inmensa misericordia del perdón divino.

Sufrí mis primeros desamores con la Storni y, un poco antes, las hermanas Brontë –Charlotte, Anne y Emily–, además de Margaret Mitchell, despertaron en mí el gusto por los novelones; Agatha Christie me hizo adicta a los libros de suspenso. Encontré a Katherine Mansfield y a mi querida Emily Dickinson en una de las revistas femeninas que compraba mamá, y descubrí a Sor Juana Inés de la Cruz en un libro del secundario.

Todas y cada una de ellas dejaron en mi corazón y en mis pensamientos una forma de goce, algún ejemplo de vida; me mostraron pasiones, engaños, sufrimientos y alegrías. Me enseñaron a vivir y a escribir sobre tiempos pasados, como Jane Austen y Margaret Yourcenar; reforzaron mi fe, como Santa Teresa de Jesús; me mostraron un país de novela, como Beatriz Guido, o me guiaron hacia otros autores, como hizo Victoria Ocampo acercándome a Tagore y Graham Greene.

Por eso, en la vejez, las invoco como musas, maestras, amigas, hermanas…

Sugerencias:1) Poner al alcance de nuestros hijos y nietos libros de poesía, cuyo recuerdo los acompañará siempre;

2) En cuanto a narrativa, existen muchas y muy buenas miniseries clásicas que les despertarán interés por el libro.