[VIDEO] Fue hallado en las Altas Cumbres y gracias a una cadena de favores protagonizada por una mujer comprometida, biólogos, y un guardaparque, el pichoncito tuvo su final feliz.


El pequeño vencejo de collar hallado por un turista (ver nota) cerca del puente colgante de las Altas Cumbres el pasado 2 de enero, y que luego fue llevado a las manos de Mariela Rojas, una empleada de las Oficinas de Turismo de San Antonio de Arredondo, fue el inicio de una historia protagonizada por una tenaz y comprometida cadena de favores que culminó con la devolución del pichón a su hábitat natural.

El día en que el vencejito llegó a las manos de Mariela.

Una vecina responsable y voluntariosa, un biólogo que desde el otro continente de inmediato aportó sus conocimientos y contactos, un guardaparque que ama lo que hace y que rápidamente brindó su ayuda, conteniendo y alimentando al pichón por 18 días, fueron los artífices fundamentales del progreso de este vencejito, un ave poco usual de encontrar al alcance.

VíaCarlosPaz siguió paso a paso cada uno de los momentos, tomando en cuenta que el objetivo desde un comienzo era ayudarlo para que se fortaleciera y pudiera volar, un factor fundamental para su supervivencia.

Fue por eso que el lunes 20 de enero, y luego de jornadas enteras de cuidados, de una alimentación exclusiva a base de insectos y lombrices, y de una hidratación permanente, el pichón de vencejo ya estaba listo para retornar a su hábitat.

De izquierda a derecha: la vecina y docente Mariela Rojas, El biólogo y profesor Walter Cejas, el guardaparque Pablo Morales, y la bióloga Maricel Lanza.

Fue entonces que Mariela Rojas, la principal involucrada; Walter Cejas, un biólogo y docente que trabaja en el Museo de Zoología de la Universidad Nacional de Córdoba y en la Agencia Córdoba Turismo, y quien adelantó una semana su regreso al país con el único fin de estar presente y conocer al vencejito; y Pablo Morales, guardaparque de la Reserva Natural Urbana San Martín de la ciudad de Córdoba y voluntario en el cuidado de aves silvestres, eligieron una de las “7 Maravillas” de Córdoba (según los propios cordobeses), para que el pichón vuelva a su hogar: la Cueva de los Pajaritos.

Y llegó el lunes, el cielo estaba gris, alguna tormenta que a lo lejos parecía amenazar con truncar una acción que fue planificada durante días, y que además, contó con la participación de otras dos biólogas que se sumaron a la iniciativa, Julieta Passeggi desde Santa Fe, y Maricel Lanza oriunda de Córdoba Capital.

La cita estaba prevista para las 17:30 horas en la conocida “Cueva de los Pajaritos”, ubicada en Mallín, a unos 15 kilómetros sierras adentro desde la ciudad de Cosquín.

Walter realizándole las mediciones de rigor.

Llegamos todos, y el pichón de vencejo se encontraba entre las manos de su “salvadora” Mariela, quien estaba acompañada de los otros protagonistas de una historia que poco a poco, llegaba a su fin.

¿Un final anunciado?

Y sí, se sabía y era necesario que el pichón retornara a su hábitat natural para que se uniera a su grupo y así, realizara su “vuelo de bautismo”.

El pequeño vencejo con su anillo identificatorio color verde.

Hubiese querido contar que llegamos, nos despedimos de él, lo fotografiamos y así, como por arte de magia, desplegó sus alas y empezó a volar. Pero no, la historia fue muy diferente.

Tras unas tres horas de espera, de darle de comer algunos insectos, luego de que Walter mediante todos los instrumentos que llevó consigo, le efectuara las mediciones pertinentes y que lo colocara un anillo color verde en una de sus extremidades para que luego pueda ser identificado con mayor claridad, el pichoncito parecía no estar seguro de volar.

Es por eso que luego de varios intentos, los profesionales decidieron dejarlo en el sitio de donde nunca debería haber salido. Entonces, apenas pasadas las 19:30 horas y antes de que la bandada de su misma especie se instalara, el vencejito fue dejado dentro de la cueva en una zona más bien inhóspita, muy húmeda, y oscura.

Y ese momento, ese final feliz pero incierto, quedó registrado ante una Mariela que sollozó su partida, un guardaparque visiblemente movilizado pero que sabía que era necesario hacerlo, y un biólogo que cruzó el continente y pudo tener entre sus manos a una especie poco investigada por lo complejo de su avistamiento.

El momento exacto en el que era dejado del sitio de donde nunca debió haberse ido.

¿Por qué final incierto?

Porque cada uno de los presentes tuvimos la esperanza de verlo volar por primera vez y unirse a su bandada. Pero no fue así, el vencejito se quedó solito en ese sector oscuro de la cueva, y al parecer, fue bien recibido por sus pares.

Pasaron las horas, y ya en medio de la profunda oscuridad de la noche, tanto Walter como Pablo, se rehusaban a irse, esperando que el pequeño verdaderamente estuviera bien. Es por eso que retornaron al día siguiente, y también este miércoles, con el único objetivo de observarlo de cerca y asegurarse de que efectivamente el vencejito mimado por tantos días, se encontrara sano y salvo, ya inmerso en el destino que la propia naturaleza le depara.

Este martes por la tarde, el pequeño fue visto cómodo y bien recibido.

Cabe destacar que el vencejo de collar es un ave depredadora, caracterizado por vivir el 90 por ciento de su vida en vuelo. Se alimenta de insectos, y además, habita en las Sierras Grandes como en las Altas Cumbres o en las Cataratas del Iguazú.

“Que vuelen los vencejos no significa que se tenga que bordar el cielo de lucecitas o que se pinte la luna de cuarto creciente. Que vuelen los vencejos no le importa al cielo. No le importa o le importa tanto que cuando los vencejos se van al cielo, se queda llorando. Y después de todo esto, dígame usted si el vuelo de este vencejo no significa nada“, citó Walter Cejas, parte de la letra de “Los Vencejos”, un conocido tema del gran Joan Manuel Serrat.




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