Desde el arranque de la pandemia, el partido tuvo 18 casos positivos y cuatro recuperados por el coronavirus.


Cien días encerrados. Los azuleños estamos cerca de Capital Federal, pero al mismo tiempo lejos. Hasta el brote de Olavarría, y al igual que muchos municipios del interior de la provincia de Buenos Aires, la situación epidemiológica del partido de Azul venía relativamente tranquila, salvo por las polémica de los trabajadores que fueron llegando del AMBA para desempeñarse en las industrias esenciales.

Los dos primeros casos llegaron temprano: el 26 de marzo, apenas seis días después de iniciado el ASPO, un matrimonio azuleño debió ser internado en el Hospital Pintos luego de un viaje a Europa del que volvieron con COVID-19. La pareja hizo correctamente el aislamiento tras volver del exterior y no tuvieron contactos estrechos. Afortunadamente, María Emilia y Raúl se recuperaron y tuvieron sus 15 minutos de fama al ser entrevistados por diferentes medios nacionales.

Tras la cura de ambos pacientes, el partido entró en una especie de limbo en la que la cuarentena empezó a cumplirse poco y la situación se relajó. De a poco, y con varias ideas y vueltas, volvieron a funcionar los comercios pero nunca llegaron a permitirse las salidas recreativas. A pesar de la autorización de la provincia, el intendente Hernán Bertellys decidió no aprobarlas, aunque también fueron haciéndose más laxos los controles. Según la última actualización, en todo el partido de Azul se infraccionaron 1.262 personas por romper el aislamiento.

Mientras el virus crecía en el AMBA, la paz se mantuvo durante bastante tiempo en Azul. Sin embargo, el 18 de mayo una luz encendió todas las alertas: un trabajador del Parque Eólico Los Teros, oriundo de Brasil y que vivía en Azul desde enero, dio positivo. En realidad, era un caso dudoso pero ante la duda se decidió aislarlo. Bertellys confirmó que el operario había estado en Ezeiza y se armó una gran polémica sobre los trabajadores esenciales en la ciudad. Finalmente, el segundo testeo dio negativo y tras ser derivado a La Plata se supo que el brasileño tuvo fiebre hemorrágica argentina.

Controles en el ingreso de la Ruta 3.

Esta vez, la calma duró menos: dos semanas después del falso positivo, otro trabajador de Los Teros dio positivo. Se trata de un operario que vive en Ituzaingó que llegó a la ciudad para trabajar en el parque eólico. El hombre, que nunca llegó a salir del alojamiento porque estaba cumpliendo la cuarentena, fue diagnosticado con COVID-19 y debió aislarse. Junto a el, sus compañeros de trabajo y empleados del Gran Hotel Azul. El aislamiento y los cuidados salieron bien. Solo hubo un contagio: otro trabajador de YPF Luz que compartió el desayuno con el infectado.

El brote de Olavarría puse en alerta a todos los azuleños.

A pesar de contar con dos casos, la situación en Azul estaba controlada pero todas las miradas se posaron en Olavarría. En tan solo 4 días, la ciudad cementera tuvo un brote que llegó a más de cien casos positivos activos en simultáneo, y con el aumento de contagios llegó la triste noticia del fallecimiento de tres ancianos.

El fantasma olavarriense estaba muy cerca, y dos médicas azuleñas, que se desempeñan en la ciudad vecina resultaron infectadas con COVID-19. Después de las profesionales de la salud, las alertas sonaron en Cacharí: un hombre que trabaja en la ciudad de Buenos Aires se infectó del virus y contagió a su mujer y su hija. De la nada, Azul tenía cinco positivos.

Bertellys durante una conferencia en Chillar.

Sin embargo, lo más complicado llegó después: la aparición de varios casos en Chillar sin nexos epidemiológicos evidentes. Primero un hombre, después dos de sus contactos estrechos y ahora nuevos contagiados. Este viernes se confirmaron que hay -en total- 9 positivos en la localidad azuleña de tres mil habitantes.

A cien días de iniciada la cuarentena, Azul tiene 18 casos positivos, cuatro personas curadas y más restricciones que muchos partidos vecinos como Tandil y Tapalqué.


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