Julio Romero (6º Dan de Karate Kyokushin) tiene 61 años, lleva 42 practicando karate y 36 como maestro. Podría decirse que llegó al mundo de las artes marciales de la mano del arte: Harry White, Kung Fu, el cine de Kurosawa. Había algo en esos universos literarios y estéticos disímiles que le atraía especialmente. Siendo un adolescente jugaba en la liga amateur de fútbol platense pero corría 1979 cuando su club cerró y, para mantenerse activo físicamente, acompañó a un primo a karate. Allí empezó su propia historia.

Siete años más tarde, durante los cuales nunca dejó de practicar “estilos tradicionales” del karate, la historia tendría un nuevo comienzo cuando– inspirado por aquellos personajes de ficción y por todo lo que había leído sobre artes marciales y cultura japonesa – decidió viajar a Mendoza en busca de Jorge Raúl Arturo, el maestro que en 1973 había introducido el Karate Kyokushin en la Argentina, que desde entonces él representa y enseña a nivel internacional.

El "kata" es la esencia del karate e involucra técnicas de defensa y ataque.Imagen: Natalia Bohdan

¿Cómo explicarías qué es el karate y cómo se practica?

Lo primero que ofrece el karate es salud física, una rutina que permite desarrollar la flexibilidad, la coordinación, manteniendo una regularidad y una conducta. Hay diferentes maneras de practicarlo. El “kata” es la esencia del karate, involucra técnicas de defensa y ataque, donde es muy importante la coordinación, la concentración, el tono muscular. Se trabaja la parte mental, la parte física, el ritmo, la velocidad, la respiración. A mí me interesa la parte visual de las artes marciales, algunos se inclinan a desarrollarse en los “kata”, que son las técnicas o las formas, a otros el combate, pero es importante que ambas vayan unidas. Uno lo descubre a partir de que lo practica. En la parte de combate siempre se trabaja con protecciones, solamente para evitar lesiones innecesarias. No era así en mis tiempos, era mucho más duro. Se fue practicando cada vez con más seguridad, y es bueno porque el físico se fortalece gradualmente.

¿Cualquier persona puede aprender y practicar karate?

Sí, sin ninguna duda. El karate es una actividad que uno puede hacer toda la vida. En estos tiempos que vivimos, ofrece un espacio de equilibrio porque uno puede exteriorizar la tensión mental y física del día en una práctica, con ciertas reglas que garantizan la seguridad del compañero y la propia, trabajando de modo sano. Uno va incrementando su energía física, técnica y mental a partir de la práctica. Eso en el aspecto personal. Pero también es un espacio que permite socializar.

Al ser una disciplina tan integral ¿Se vuelve también una manera de vida?

Uno empieza a descubrirse tanto física como mentalmente y con el tiempo, sin duda, se adquiere como una manera de vida. En mi caso, el karate es mi vida, hace 42 años que practico y comencé a enseñar como asistente muy pronto. Abrí mi escuela en 1986 y nunca imagine el recorrido que hice. Sólo buscaba aprender y encontrar ese conocimiento ancestral de las artes marciales y puedo decir con satisfacción que lo encontré.

En el karate es muy importante la coordinación y la concentración. Imagen: Natalia Bohdan

Si bien es un deporte individual, cuando varias personas realizan la misma técnica al mismo tiempo, también se vive como si fuera un ritual, algo colectivo…

Cuando varios practican una técnica (”kata” por ejemplo) donde se requiere de un ritmo específico, una sincronización precisa, la energía generada, respiración potente (”kiai”) y se produce casi como un “mantra”, una energía que une a los que lo practican y compromete a uno con otro. En nuestra escuela hay un ritmo determinado para cada kata, cada movimiento lento tiene una duración determinada. Es muy importante respetar el ritmo para no adelantarse a los compañeros, hacer al mismo tiempo cada técnica y cada “kiai”. Ver eso es muy atractivo, potente, estimulante.

“Kyokushin” significa “la última verdad”, cuenta Julio. Se trata de “buscar, el máximo rendimiento propio, pulir ese detalle microscópico a mejorar en un arte, profundizar la corrección lo más posible, como el punto más alto de la montaña o el más profundo del mar, como dijo algún monje”. Así resume la filosofía de su Escuela, que propone un entrenamiento de mucha intensidad. “¿Están cansados? Entonces sigan”. Con esta frase suele alentar a sus pequeños alumnos.

Muchos de ellos, llegan al “dojo” inspirados por las escenas de Cobra Kai, la serie del momento que continúa en parte la historia de Karate Kid. Julio lo sabe y lo entiende: le hace recordar sus tardes leyendo los episodios de Harry White (Robin Wood - Mangiarotti), aquel piloto de la Segunda Guerra Mundial que, perturbado por haber participado del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima, decide refugiarse en un monasterio japonés donde aprende técnicas de lucha oriental. “Me atraía ese personaje que luego volvía a su tierra y viajaba en moto llevando un bō (vara larga de madera que es un arma tradicional del karate y, en estos días, sólo se utiliza como una forma de preservación de la tradición)”, recuerda y asume que hay en su vida un puente constante entre el karate y el lenguaje artístico, que también es parte de su vida cotidiana a través del dibujo y la música. Con sus alumnos de karate también organiza jornadas vinculadas a las artes.

Harry White, por Robin Wood y Mangiarotti.https://aquelloscomics.blogspot.com/

Mientras transcurre esta charla, comienzan a llegar los practicantes infantiles al “dojo” de Villa Elisa. Los recibe Jerónimo Romero, el hijo de Julio que tiene 20 años y, entre otros títulos, es campeón sudamericano de Karate. Entrena con su padre desde los cuatro y desde hace algunos años lo ayuda con las clases.

Desde que volvió la actividad en forma presencial, las clases son al aire libre. ”Este contexto nos obligó a hacer karate al aire libre y para mí es como volver a las fuentes. La práctica de karate en la naturaleza es una maravilla, yo recomiendo que se haga al aire libre”, dice Julio y cuenta que durante los meses de asilamiento más estricto no dejaron de dar clases junto a Jerónimo a través de internet, tanto a alumnos de La Plata, San Juan, Entre Ríos, como también de Chile, Costa Rica, Venezuela y Colombia.

Además, desde que volvieron las prácticas presenciales, todas las semanas se suman alumnos nuevos. Julio se encarga de explicarles que lo que van a aprender no tiene nada que ver con fuerza bruta ni enfrentamientos. “Busco que los alumnos no vean al otro como un oponente, sino que el otro funcione como una referencia de su rendimiento, como un espejo: el compañero me devuelve una imagen de mi performance, de lo que debo corregir gracias a lo que observo en él. Lo contrario no ofrece una visión integradora”, resume y recuerda a un Samurai que dijo: “Yo no sé nada acerca de cómo superar a otros. Sólo conozco el modo de superarme a mí mismo”.

Julio Romero (61). En 1986 se incorpora a la International Karate Organization Kyokushin Kai Kan (IKO), dirigida Por Jorge Raúl Arturo, quien introdujo Kyokushin en Argentina. En 1995, se une a la International Federation of Karate do Kyokushin (IFK), fundada por Steve Arneil 10º Dan. Funda la filial Argentina de IFK Kyokushin, junto a María Laura López Goñi, Mariano Porcel y Vïctor Varone. Entrenó alumnos que participaron en los Mundiales de Japón, Rusia, Suiza, Gran Bretaña, entre otros.

Jerónimo Romero (20). Campeón Sud Americano de Kata en 2016, Argentina; Campeón Sudamericano Juvenil de Kumite en 2017, Uruguay; Campeón Sudamericano adultos Kumite en 2019 (Chile); campeón en Torneo de las Américas en 2020 (torneo virtual de Kata).