Una tragedia se define como una situación o suceso luctuoso y lamentable, que afecta a personas o sociedades humanas.

Genuinamente, lo que pasó el 8 de junio de 1982 durante la guerra entre Argentina y Gran Bretaña por la soberanía de las islas Malvinas fue una tragedia, como el conflicto mismo.

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Lo fue desde el punto de vista humano, que es el que trasciende; el que reina finalmente en el corazón y en el alma de los hombres que han vivido una guerra. El mismo sentido humano que enaltece el sacrificio de quienes cayeron cumpliendo con sus convicciones; la mayoría de ellos, muy jóvenes.

Más de medio centenar de muertos y, al menos, 150 heridos, fue el tristísimo saldo de un certero ataque de la Fuerza Aérea Argentina a tropas del Reino Unido, que se encontraban desembarcando en un paisaje de ensueño, como es cualquier paraje de las islas del Atlántico Sur, al que sus habitantes (que manifiestan su voluntad de ser británicos) llaman Falklands.

Aquel día, aquel martes 8 de junio del ’82, Bahía Agradable, una entrada natural de mar en la costa entre Fitz Roy y Bluff Cove, a unos 20 kilómetros al sudoeste de la capital del archipiélago -hacia donde avanzaban las fuerzas del Reino Unido- primero tembló. Después, se tiñó de sangre.

Sucesivas oleadas de aviones de las distintas brigadas de la Fuerza Aérea Argentina, que despegaron respectivamente desde las bases de Río Grande, Río Gallegos y San Julián, bombardearon dos buques de la Real Flota Auxiliar, que transportaban efectivos de la Guardias Galesa, Escocesa y también del 7° Regimiento de Fusileros Gurkhas “Duque de Edimburgo”: el RFA Sir Galahad (L3005) y el RFA Sir Tristam (L3505).

El buque Sir Galahad, en llamas. Transportaba principalmente a efectivos de la Guardia Galesa, además de vehículos de combate, logísticos y municiones. Tenía 15 años de antigüedad; su casco fue remolcado por el submarino HMS Onyx mar adentro hasta su reposo final, declarado Tumba de Guerra por el Ministerio de Defensa británico 20 años después del conflicto. BBC | BBC

Las explosiones y los incendios posteriores en cada uno de los barcos provocaron 48 muertos en el Galahad y dos en el Tristam. Los numerosos heridos presentaban, principalmente, quemaduras de gravedad. Ese mismo día, en otros escenarios de la guerra, se producían mientras tanto más bajas en ambos bandos.

Memorias de horror y valentía

Thomas Navin, paramédico -en ese momento de 18 años- que estaba embarcado en el Galahad, le brindó a Vía Córdoba su testimonio. “Me encontraba en un alojamiento al lado de la bodega, que estaba lleno de municiones, junto al pelotón de morteros de la Guardia Galesa y partes de nuestra Unidad del Cuerpo Médico del Ejército Real. Sentí el terremoto del barco, escuché un terrible ruido dos veces. Intentamos salir inmediatamente, pero no pudimos, ya que había un gran agujero en el lugar donde debían estar las escaleras”.

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Navin, nacido en Manchester, continúa relatando: “Giramos a la derecha y abrimos las puertas de la bodega, justo donde las bombas estaban explotando. Algunos muchachos pasaron por delante de nosotros en llamas. Los seguimos y trepamos por donde las escaleras habían sido voladas antes de llegar a cubierta. Nos costó bastante tiempo poder escapar; estaba oscuro y pasaron muchas cosas”.

Thomas, en 2012 de regreso a las Malvinas, en el 30° aniversario de la guerra. junto a una placa conmemorativa en el Red & Green Life Machine Field Hospital (el hospital de campaña en el que trabajó después del trágico suceso del 8 de junio). El lugar, un antiguo frigorífico, permanece en ruinas. Thomas Navin | Gentileza Thomas Navin

Del recuerdo de aquellos momentos de tragedia, emerge ahora lo que más conmovió a Thomas en esas horas y en las posteriores: “Lo viví en la bodega, cuando creí que no iba a escapar. Y pensé en mi familia. Fue más aceptación que miedo. Las vidas que se perdieron me entristecieron. Quiero recordar a algunos de nuestros muchachos caídos: Scouse, con quien me había ido de franco en un tren rumbo a casa; Kenny Preston, que era un muchacho muy agradable; y Roger Nutbeam, el segundo al mando de la unidad y, en cierta forma, una figura paterna para todos nosotros. Volviendo a aquel momento, sabía que teníamos que continuar intentándolo o no sobreviviríamos”.

Cuando finalmente pudo salir, Navin comenzó a trabajar de manera incesante en la evacuación de heridos, que eran transportados hasta la costa en helicópteros. “Así, hasta que en un momento, me di vuelta y el barco ya estaba vacío. Fui el último en dejarlo. Bajé a una balsa salvavidas, con la que llegamos hasta la costa”.

Navin (a la izquierda, próximo al hombre de barba), luego de dejar el Sir Galahad, en una de las balsas salvavidas y junto con sus camaradas sobrevivientes.ITN | ITN

A pesar de su denodado esfuerzo en las tareas de evacuación, que sirvieron para salvar muchas vidas, Thomas no recibió ninguna condecoración tras el conflicto. “Solo un médico fue condecorado. Vi muchos actos valientes, que deberían haber sido reconocidos, pero lamentablemente no se los distinguió. Me rompe el corazón que tantos hombres valientes no hayan sido reconocidos por anteponer la vida de los demás a la suya propia”, confiesa.

El buque Sir Tristam, fotografiado un año después de finalizada la guerra. Para el historiador militar británico Ricky Philips, lo que sucedió el 8 de junio del '82 "se podría haber evitado fácilmente. El hecho de que las tropas permanecieran sin desembarcar tanto tiempo permitió que la aviación argentina fuera alertada y atacara. Fue algo previsible".Ken Griffiths | Ken Griffiths

Después del ataque del 8 de junio, Navin trabajó intensamente en el hospital de campaña que el Ejército británico había montado en Bahía Ajax (en las proximidades de San Carlos, donde tuvo lugar la mayor operación de desembarco de tropas dos semanas antes, el 21 de mayo). En las viejas instalaciones de una planta frigorífica, el hospital, bautizado “Red and Green Life Machine” (Máquina de vida roja y verde, por el color de las boinas que llevaban respectivamente los paracaidistas y los comandos de su Ejército) se atenderían heridos tanto británicos como argentinos. “Todos, de acuerdo con su estado. Se les daba prioridad según su gravedad no su nacionalidad”, rememora Thomas.

“Por qué no se va un poco a la mierda…”

Mario Jorge Caffaratti nació en Villa María y se formó como piloto de la Fuerza Aérea Argentina en la Escuela de Aviación Militar, ubicada en la ciudad de Córdoba. Destinado en la IV Brigada Aérea, con asiento en Mendoza, participó como jefe de escuadrilla en numerosas misiones durante la guerra de las Malvinas. Él y sus hombres volaban aviones A4-C Skyhawk (de fabricación estadounidense y adquiridos por Argentina en los años ’60), desde la base localizada en San Julián, provincia de Santa Cruz.

Caffaratti, 20 años después de la guerra, junto a uno de los aviones exhibidos por la Fuerza Aérea y que tomaron parte de las acciones. Tras el conflicto del '82, el oficial cordobés continuó con su carrera militar hasta su retiro.Gentileza Jorge Caffaratti

Antes del 8 de junio, Caffaratti había recibido una de las órdenes más controversiales del conflicto y que llegó a poner en serio riesgo el prestigio de la misma Fuerza Aérea Argentina; una directiva que de haberse cumplido, seguramente hubiese provocado una condena internacional a la institución. El 28 de mayo, se le ordenó junto a su escuadrilla bombardear el buque hospital británico Uganda; ciertos rumores indicaban que en vez de para hospital al navío se lo empleaba para transporte de tropas y municiones. Pero era un rumor, nada cierto; y sin dudas, el ataque a un barco identificado como hospital hubiese representado una violación de la Convención de Ginebra, referida a las leyes de la guerra.

“Pasadas las 14 horas del 28 de mayo, sobrevolamos el Uganda. Lo reconocí por sus cruces rojas, que lo identificaban claramente como buque hospital. Ordené a mis hombres que no descargaran sus bombas. Recién me quedé tranquilo cuando escuché decir por radio a cada uno de mis pilotos ´¡Frío!´ (lo que significaba que no habían soltado sus cargas explosivas)”. Caffaratti y los demás pilotos de su escuadrilla vivían todo esto a casi mil kilómetros por hora, a muy baja altura, para no ser detectados por los radares enemigos.

Desde el comando, al aviador villamariense se le insistió en cumplir la orden. Y el aviador cordobés desobedeció. “Al aterrizar, fui cuestionado por un superior”, recuerda.

-¿Qué le respondió usted?

-Por qué no se va un poco a la mierda…

Las horas pasaban. Los días pasaban. La guerra seguía. Las fuerzas británicas habían logrado consolidar primero su cabeza de playa en San Carlos; del 27 al 29 de mayo, habían vencido en la batalla de Darwin-Goose Green; y ahora, cercaban la capital de las islas desde los montes aledaños, con el desenlace de la guerra cada vez más cerca.

El 8 de junio, después de los ataques que provocaron las explosiones y los incendios en los barcos Sir Galahad y Sir Tristam, Caffaratti comandó la última oleada de aviones argentinos sobre Fitz Roy y Bluff Cove. “Despegamos a las 15.36 desde San Julián. Después de reabastecer en vuelo, llegamos a las Malvinas. Nuestro objetivo ya no eran los barcos, a los que distinguimos incendiándose en Bahía Agradable; eran las tropas desembarcadas y sus pertrechos. Por eso, se nos colocaron bombas con espoleta SSQ (Super Super Quick). En el mismo momento en que tocaban algo, explotaban. Realmente, peligrosas para nosotros mismos también. Porque las esquirlas pueden alcanzar al mismo avión antes de que se aleje lo suficiente”.

Caffaratti, durante un reabastecimiento en vuelo, en el marco de una misión en mayo del '82. El 8 de junio de ese año, durante el ataque en Bahía Agradable, fueron abatidos por aviones Harrier británicos los pilotos argentinos Juan José Arrarás, Danilo Rubén Bolzán y Jorge Alberto Vázquez.Gentileza Jorge Caffaratti

Junto a los tenientes Atilio Victorio Zattara y Daniel Alberto Paredi, y al alférez Carlos Andrés Codrington, Caffaratti alcanzó el lugar ya prácticamente de noche. Arrojaron todos juntos sus bombas (tres por avión, sumando así un total de 12).

“Jamás, en estos 39 años, supe si explotaron o qué pasó. Las lanzamos y escapamos rumbo al continente. Puede haber sucedido tres cosas: o explotaron todas, o algunas o ninguna”.

-¿Usted qué preferiría que haya pasado?

-Estábamos en guerra. Se supone que uno sale a cumplir una misión. Hoy, cuando pasaron casi 40 años, lo que anhelo es que no hayan explotado. Por las vidas que podrían haberse perdido.

Thomas Navin y Mario Caffaratti se encuentran, se comunican, a través de esta nota de Vía Córdoba, que los invita a intercambiar algunas palabras. Ambos coinciden plenamente en lo que expresan: “Sinceros saludos y respeto para un camarada de guerra. Y el recuerdo y homenaje a los caídos. De ambos lados”.

El monumento que recuerda a los caídos británicos en Bluff Cove. Se encuentra exactamente donde sucedió aquella triste jornada de 1982. BBC | Twitter