38 años después. Un combatiente cordobés y uno inglés hicieron las paces. Espero que sea el comienzo de una larga amistad, le dijo Paul McKay a César Moreno. Esta es la historia que los enfrentó el 15 de mayo del 82 y que hoy los une.


Cada uno confió a Dios su vida aquella madrugada del sábado 15 de mayo de 1982, durante la guerra de las Malvinas. Ambos están vivos de milagro. Así, lo reconocen.

Había entrevistado a Paul McKay semanas atrás, en ocasión de un nuevo aniversario del ataque y hundimiento del Crucero ARA General Belgrano. Entonces teniente de la Royal Navy (Armada Real británica) y sensiblemente apenado por las pérdidas humanas que provocó el conflicto, Paul había tenido participación en un plan ofensivo alternativo contra el buque argentino, que se realizaría con helicópteros.

Días después de aquella entrevista, me pidió si podía ayudarlo con algo que lo perseguía durante largos y oscuros años. Como una tormenta que nunca se disipó en el cielo de una traumática posguerra. Fantasmas que llegaron a dejarlo al borde de la muerte mediante el suicidio.

Su mensaje fue: “Quisiera poder tener alguna certeza sobre si maté o herí a alguien durante un ataque que hicimos con helicópteros en la madrugada del 15 de mayo del ´82, en Bahía Fox, buscando dejar fuera de servicio al buque de reaprovisionamiento ARA Bahía Buen Suceso. Descargué dos cartuchos de ametralladora contra posiciones argentinas, desde las que nos tiraban un intenso fuego antiaéreo. Escapamos de ahí de milagro. Aquí, en Gran Bretaña, no hay prácticamente información respecto de aquella acción”.

La misión de ayudarlo fue un privilegio desde el punto de vista humano. Sin ni siquiera pensar en cómo le expondría la verdad en caso de que en aquel combate se hubieran registrado muertos, y teniendo mucha fe en que pudiera decirle que no los había habido, me puse a investigar.

Localización de Bahía Fox, una de las principales comunidades de la Isla Gran Malvina, al oeste del archipiélago austral. Allí, durante la guerra del ’82 estaba apostado el RI8 y una compañía del Batallón de Ingenieros 9.

Sabía que en Bahía Fox había estado apostado el Regimiento de Infantería 8 (RI8) “General O’Higgins”, unidad del Ejército Argentino que llevó un millar de hombres a las Malvinas, la gran mayoría de ellos jóvenes cordobeses, que por entonces cumplían con el servicio militar obligatorio. Conocía a varios veteranos de guerra del RI8; entre ellos, Jorge Alberto Racca, autor del libro “Diario de Malvinas, 77 días entre el miedo y el valor”, valiosa obra en la que plasmó sus vivencias como soldado de 18 años durante la contienda bélica y que gentilmente me había obsequiado.

Busqué su testimonio del 15 de mayo del ´82. En un fragmento, decía: “…Mientras estaba durmiendo lo más piola, vino el imaginaria de 4 a 5 a despertarnos porque había alerta aéreo… Así que nos levantamos y nos abrigamos… Mientras nos cambiábamos, sentimos un ruido tremendo; era un helicóptero que pasó a unos 70 metros de la casa. Le dispararon al helicóptero desde aquí… No divisamos si era propia tropa o ingleses… Yo no lo vi, pero según los que lo divisaron era uno parecido al de los ingleses… Un soldado fue alcanzado por una bala en el músculo de la pierna, pero por suerte no le tocó ni un hueso. Solo el músculo. Y le pudieron sacar el proyectil…”.

Llamé a Racca. Le pregunté si recordaba quién había sido aquel soldado herido. Enseguida, quiso colaborar; preguntaría en grupos de WhatsApp. Paralelamente, le consulté a otro veterano de guerra –de la Compañía de Comandos 601- quien prácticamente me aseguraba que aquel día no había habido muertes, ni entre los efectivos del RI8 ni entre los de la Compañía del Batallón de Ingenieros 9, que también había estado en Bahía Fox, me recordó.

El barco Bahía Buen Suceso, en el principal muelle de Bahía Fox, durante una nevada jornada del mes de mayo del ’82.

Mientras Racca seguía averiguando, le consulté a Sergio Gigena, también combatiente cordobés del RI8. “Me acuerdo bien de aquella acción; me tocó vivirla en primera línea. No hubo que lamentar decesos. Y el soldado herido fue Moreno, César”, me dijo, con el particular nombramiento de las listas de asistencia. Racca, mientras, ya había dado con el mismísimo Moreno, quien aguardaba mi llamado.

Antes de hablar con César, quise escribirle a Paul. Ilusamente, como si unas horas o un día pudieran contrarrestar la acción fantasmagórica de 38 años en ese ser humano que buscaba la paz interior y abrazar a su enemigo de entonces. Le transmití el dato, que celebró desde su corazón; y me pidió si era posible dar con César, comunicarse con él. Además de comprometerme a tratar de hacerlo, arriesgando a pensar en lo saludable que quizá también sería para la paz de mi compatriota, le pedí que me describiera cómo había sido aquella misión. Para tratar de comprender por lo que ambos habían pasado. Para contarlo.

“Fue algo bastante alocado”, recuerda McKay. “Pero en la guerra, muchas veces los ataques alocados producen resultados exitosos”, agrega el militar retirado inglés, que durante la guerra de las Malvinas tenía 28 años, incluidos ocho de servicio en la Armada de su país. “Un par de helicópteros debíamos volar de noche y llegar a Bahía Fox, donde nuestra inteligencia nos había informado que un barco de transporte y reaprovisionamiento (posiblemente nos dijeron el Bahía Buen Suceso) estaría descargando material bélico y provisiones a las tropas allí apostadas”.

Años antes de la guerra y entre otros tantos viajes entre el continente y las islas, el Bahía Buen Suceso había transportado a las Malvinas la planta de combustible Antares, de YPF. La población isleña, en su gran mayoría descendiente de británicos, se vio beneficiada en los años ´70 por los continuos aportes de este buque argentino.

“El objetivo de la misión era, después de reconocer si efectivamente se trataba del Bahía Buen Suceso y no del buque hospital Bahía Paraíso, lanzarle una bomba que hiciera estallar el material bélico que la nave tuviera a bordo y dejarlo fuera de servicio”. Y continúa Paul: “Se descartó el uso de misiles, tanto desde los helicópteros como desde la fragata (la base de las dos aeronaves Lynx que se utilizaron en el ataque era la HMS Brilliant), debido a los posibles daños que éstos podían producir en el caserío y la población civil de Bahía Fox, en caso de que no fueran precisos sus impactos”.

Uno de los dos helicópteros Lynx británicos, que despegarían desde la cubierta de la fragata tipo 22 HMS Brilliant rumbo al ataque sobre Bahía Fox. Cada uno estaba tripulado por cuatro personas. Una de las naves transportaba la bomba que no pudo ser lanzada sobre el Bahía Buen Suceso. Ambas naves pudieron regresar y sin bajas a la fragata.

Volando muy bajo, completamente a oscuras, con la asistencia de la computadora de navegación, los helicópteros británicos entraron al estrecho de San Carlos (entre las islas Gran Malvina –donde está ubicada Bahía Fox- y Soledad-) y tomaron rumbo al lugar del objetivo. Por ser las 4 de la mañana, pensaron que tomarían a las tropas argentinas por sorpresa, con la mayoría durmiendo. Sin embargo, 60 segundos antes de llegar al barco que debían identificar, fueron recibidos por el fuego del RI8 y de la Compañía de Ingenieros 9, que se volvió sumamente intenso en instantes.

El 16 de mayo, al día siguiente del frustrado ataque de los helicópteros británicos, aviones Harrier que despegaron del portaaviones Hermes lanzaron cohetes sobre el barco argentino. La ilustración representa aquella acción diurna, en la que también se destacó el fuego antiaéreo defensivo.

“En el medio de la balacera, apenas logramos situarnos al lado de la proa del barco e iluminar con un proyector que llevábamos el nombre de éste, que estaba escrito con letras blancas sobre fondo negro”, narra McKay. “Grité por el intercomunicador ‘¡Buen Suceso!’, ¡Buen Suceso!, ¡confirmado el objetivo!´. Pero inmediatamente, comenzamos a recibir del lado izquierdo un intenso fuego antiaéreo de munición gruesa. Empecé a pensar que, realmente, de allí no saldríamos vivos. Tomé la ametralladora del helicóptero y descargué dos cartuchos completos hacia unas figuras negras que se movían desde donde provenía ese fuego”.

Una de esas figuras y que les disparaba con un cañón antiaéreo automático monotubo Oerlikon calibre 20 mm era justamente Moreno. “Desde la loma en la que yo estaba, los veía sobre y al lado del barco, bamboleándose, mientras les tirábamos”, recuerda César, quien entonces tenía 18 años.

“En una de las maniobras evasivas, se acercan a mi posición, buscando irse por las alturas que estaban atrás mío. Fue entonces cuando recibí una ráfaga. Aparentemente, una bala pegó en el mismo cañón y rebotando me entró en la pierna izquierda”, rememora. “Me tiró del asiento del cañón. Caí al piso, con un fuerte ardor en el muslo, como si me atravesara un hierro caliente. En el mismo instante, otra ráfaga dio a menos de un metro mío y sacudió la arena a mi alrededor. Revolcándome en el suelo, apenas pude ver que el helicóptero se alejaba”.

César Moreno, junto a una figura de la Virgen María. “Toda la vida le he agradecido por el milagro de estar vivo”, confiesa el cordobés, que también destaca a sus compañeros Calcara, González, Rivero y Olivé, quienes lo asistieron tras ser herido en combate, así como al oficial Vechietti.

“De verdad, pensé que me moría”, confiesa el combatiente cordobés. “Pensé en mi madre. En lo que sufriría si yo no volvía. Por ella, no quería morirme. Y gracias a Dios y a la Virgen, sobreviví”, expresa César. “Con los años y sobrellevando lo difícil que es haber estado en una guerra, resignando algunos de los sueños más preciados de mi juventud como el de querer convertirme en un gran atleta profesional, valoré que vivo para recordar a quienes cayeron en las islas. Y agradezco que haya podido formar una familia”.

Ni César ni Paul volvieron a las Malvinas, algo que les gustaría concretar en algún momento. Por lo pronto, compartieron espontáneamente la vigilia de este viernes 15 de mayo. Desde el Reino Unido, McKay le escribió: “Cesar, tu familia seguramente debe sentirse muy orgullosa de vos… Sos un héroe… Me siento feliz de estar en contacto contigo y saber que estás bien… Espero que este sea el comienzo de una larga amistad entre nosotros…”.

Paul McKay nació en Inglaterra. Tenía 28 años cuando fue a la guerra de las Malvinas. Habiendo padecido como tantos veteranos el llamado síndrome de estrés postraumático (EPT), recién pudo hablar de lo que había vivido en la guerra casi 30 años después. Tiene dos hijos.

Ya casi a la misma hora en que sucedió el intercambio de fuego que buscó ser mortal aquella madrugada, César le contestó a McKay desde Córdoba: “Paul, creeme que me siento feliz por mi herida. Ser herido me permitió conocerte. Gracias por la foto en la que estás con uno de tus hijos, que según me contás tiene la edad que prácticamente teníamos nosotros en la guerra. Te abrazo con el alma…”.

Moreno, junto al comodoro retirado de la Fuerza Aérea Argentina Pablo Carballo, quien con su escuadrilla y entre otras misiones atacó el 25 de mayo del ´82 al Destructor tipo 42 Coventry, que resultó hundido, y a la fragata tipo 22 Broadsword, averiada. “Cada día, rezo por las pérdidas humanas de aquel ataque”, nos comenta siempre Carballo.




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