Por Jorge A. Mendía, presidente de la Fundación del Bicentenario.


A casi tres mil doscientos metros de altura, dentro de la región del Potosí, todavía vive Manuel Belgrano en Tinguipaya. Lugar ancestral donde supieron esconderse, tras la derrota de la batalla de Ayohuma, aquellos caudillos que lucharon por la independencia y dirigidos por Belgrano. Allí descansaron y encomendaron nuevamente sus tropas a la Virgen.

Más de 200 años después nos encontramos en este lugar con una famosa fiesta: la fiesta de Guadalupe, uno de lo más sentidos festejos de los ayllus de Tinguipaya que cada 8 de septiembre reúne a sus devotos con sus ‘mamitas’, las vírgenes, donde cada una de ellas tiene una historia singular relacionada a su primera aparición. Entre estas vírgenes, una, la virgen de Jawaqaya, es la única acompañada por una bandera de color rosado y celeste.

El historiador Vincent Nicolas ha constatado en la generalidad de la comunidad de Tinguipaya que no se hayan recuerdos de la sublevación que alguna tuvo aquel Ayllu ni tampoco sobre los orígenes de aquella bandera. Ello, en gran medida, se relaciona con la gran deuda de la historia para con el pueblo indígena, que no sólo ‘apoyó’ los ejércitos independentistas sino que tomó parte activa e impulsora en las luchas.

Particularmente el ejército de Belgrano fue uno de lo que más apoyo obtuvo porque el General buscó siempre coordinar con los líderes de los ayllus los movimientos de las guerrillas. En tierras desconocidas entendía perfectamente que la comunión hace a la fuerza. No hubiese sido posible tal avance de las Campañas del Norte si no hubiesen existido los víveres, forrajes y ante todo la guía de los pueblos indígenas que, nacidos en esa tierra, carecían de los recursos para vencer a sus enemigos pero no de su capacidad para hostigarlos, ni aún menos de aquello que los impulsaba, es una y la misma: la independencia que buscaba Belgrano.

Sin embargo, aún cuando la memoria no se reflexiona a sí misma, tiene la característica de colarse en los costados más recónditos de nuestras costumbres. El ritual escenifica una memoria que es la memoria de los tiempos de Belgrano y de la bandera de Ayohuma escondida en la capilla de Titiri y encontrada casi setenta años después detrás de dos lienzos de Santa Teresa de Jesús por el padre Martín Castro cuando realizaba una limpieza del lugar. Cuando el sacerdote descolgó los cuadros notó tras los marcos una tela arrollada. Cuando la desenrrolló lo que encontró fue una bandera derruida por el combate, celeste, blanca y celeste.; la otra, descolorida con tres franjas horizontales roja, celeste, roja. Pero este rojo no era su color original, tiempo después se descubre que se debía a la pintura colonial del paño que la cubría y que después de tantos años se había pegado. Hoy esta bandera descansa en la Casa de la Libertad en Sucre con sus franjas blanca, celeste y blancas.

La historia de cómo fue encontrada la bandera que Belgrano con tanto cuidado resguardó de las fuerzas realistas es la misma historia que hallamos hoy y todavía en Tinguipaya, enarbolada durante la fiesta de Guadalupe, permaneciendo una memoria que se reconcilia con su verdad en los planos de lo simbólico.

Desde la Fundación del Bicentenario estamos convencidos de la importancia vital al recuperar estos capítulos de nuestros orígenes y que son sólo la primera tarea que podemos encomendar a nuestra memoria: una pequeña parte de los laureles que supimos conseguir. Lo que resta es hacerle justicia: tomarla, interpretarla, insuflarla de vida y devolverla al único camino que siempre le perteneció, el de la lucha y la esperanza inagotable de libertad.




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