Esta semana circuló por las redes sociales, principalmente por Whatsaap, el video de un joven tresarroyense siendo víctima de acoso, abuso y hostigamiento por parte de dos adolescentes, con ribetes violentos y amenazantes y comentarios que afectaron su integridad sexual.

El hecho no deja de ser repudiable tanto como lo fue la viralización del video.

Se puede comprender que, en algunos casos, el video fue compartido con las buenas intenciones de prevenir, dar a conocer la situación  y alertar a los allegados sobre lo que había sucedido, pero tampoco me cabe la menor duda que en muchos otros casos, el video se viralizó por diversión.

En cualquiera de los dos casos, compartirlo estuvo mal.

No quiero caer en argumentos morales para decir que: lo que está mal, está mal; y hay que pararlo y señalarlo sin importar quien lo diga, quien lo haga o las buenas intenciones que se tuvieron al respecto.

Por eso, para argumentar, voy a apelar a nuestra parte más egoísta: Está mal porque nos puede pasar a cualquiera de nosotros; a nuestros hijos, a los hijos de nuestros amigos, allegados y conocidos y a nadie le gustaría atravesar por una situación similar.

El escritor Fabián Casas dijo: “Una de nuestras máximas es ‘hay que hacer algo para parar esto porque le puede pasar a cualquiera’ ¿No es genial? La gente se opone a las cosas, cuando pasan de castaño oscuro, porque le puede pasar a cualquiera, es decir, a uno. Y eso es lo peor de todo, que le pueda pasar a uno. No se oponen porque está mal y hay que oponerse al mal, sino porque ese mal puede llegar como un dardo envenenado hasta nuestra morada.”

Y si la moral o el egoísmo no alcanza para reflexionar, apelaré a la empatía: quiero que se pongan por un momento en la piel de ese chiquito, que además de la humillación y el hostigamiento sufrido, a tal punto que no fue capaz de contarle a sus padres lo sucedido, tiene que soportar saber que el peor momento de su vida está siendo reproducido una y otra vez en todos los teléfonos de los tresarroyenses y vaya uno a saber con qué otro alcance, alimentando aún más, su humillación y su daño psicológico.

Compartirlo fue una irresponsabilidad, una clara muestra de falta de solidaridad y respeto por el prójimo.

Existe una crueldad distinta y menos visible a la que cometieron estos adolescentes, que abusaron y mancillaron la honra de este chiquito, pero no por eso exenta de daño; y es la falta de empatía para ponerse por un instante de reflexión en la piel del otro.

La Fiscal Natalia Ramos, quien actuó de oficio en el caso porque la familia no estaba al tanto de lo que había sucedido, indico que: “es un caso que no se configura en principio como Bullying, que se da más en el ámbito escolar. Aquí, según creo, estamos frente a delitos penales, hay amenazas, un abuso sexual. Al tratarse de menores de edad, se pasó la causa a trabajar en el Fuero de Responsabilidad Juvenil” -indicó.

Lo mejor en estos casos, si se recibe por las redes sociales material de este tipo que puede variar desde “porno venganza” (como ha sucedido años atrás en Tres Arroyos) o situaciones de violencia o abuso, es no difundirlo o simplemente hacerlo llegar únicamente a las autoridades pertinentes, de no ser posible, enviarlo al medio de comunicación de su preferencia para que, a través de ellos, el video  llegue a manos de la justicia, para que actué en el caso si lo considera necesario.

No podemos saber que les pasó por la cabeza a estos adolescentes para que les resulte gracioso, semejante comportamiento y  el daño que le han causado a un prójimo de su misma edad, pero si podemos saber cómo actuar como sociedad responsable ante estos hechos.

Sumarnos al morbo y a la falta de empatía, nos destruye como sociedad y, como dice el slogan lo que hay que viralizar es la responsabilidad.

Si queremos construir una sociedad mejor, los cambios empiezan por nosotros.