Es domingo una vez más.

Uno muy especial para los creyentes.

Me pareció una excelente oportunidad para hablarte de perdonar.

Del perdón no como opción sino como una necesidad.

Para sanar, para seguir y para volver a empezar.

Estoy convencido de que una de tus primeras lecciones de niño fue aprender a pedir

perdón; ya sea al cometer un error o al provocar un daño.

A decir “lo siento” e intentar hacer algo por remediar el mal causado.

Aunque sea irremediable y no haya vuelta atrás.

De niño te enseñaron a pararte adelante del otro y decirle: “lo lamento”.

Aún cuando te diera miedo o vergüenza.

En contraposición, también te deben haber enseñado a perdonar.

Si me preguntás, cada persona tiene una de las dos que les resulta más difícil.

Así como hay quienes no saben pedir perdón porque su orgullo no se los permite, están

quienes nos son capaces de perdonar.

Los dos casos son terribles.

No poder hacerte cargo de tus errores te lleva a no ser capaz de hacerles frente; por lo

que no podrías cambiar tu manera de actuar. Lo que te llevaría a repetir las mismas

falencia una vez más.

Por otro lado, no saber perdonar puede llevarte a guardar rencor.

A acumular viejas historias que terminen volviéndose tan pesadas que no te permitan

avanzar.

Es tan importante saber pedir perdón como saber perdonar.

Saber aceptar que se estuvo mal, que se lastimó al otro, que se hizo lo que no se debía;

y tener la valentía de decirlo.

De animarte a plantarte delante de quien perjudicaste y decirle que lo lamentás y

aceptás tu responsabilidad.

De hacerte cargo de tus acciones, que esa es la inevitable consecuencia de crecer.

No poder usar más tu niñez e inexperiencia como justificación.

Ser capaz de aceptar la disculpa, aunque te haya dolido, aunque te hayan partido el

corazón a la mitad.

Sin guardar rencor, sin odiar a nadie.

Aceptar que lo sucedido no se puede cambiar y que, hagas lo que hagas, odiar no va a

hacer que no duela más.

Perdonar es el primer paso para sanar.

El primer paso para volver a empezar.

Para hacer un cambio de página y arrancar a escribir de nuevo.

Te lo digo, perdonar no solo es bueno sino necesario.

Es ser consciente de que vos también te podés equivocar.

Así es como te das cuenta de que aprendiste la lección, cuando ya nadie tiene que

obligarte a pedir perdón y aceptarlo, sino que lo hacés por propia voluntad.

Saber pedir perdón y perdonar es crecer.

A pesar de todo, lo cierto es que el desafío más grande siempre va a ser perdonarte

a vos.

Y en la vida ser capaz de hacerlo es casi tan necesario como respirar.

Buen domingo,