Distintas agrupaciones y centros de veteranos, asistidos por médicos y psiquiatras, formaron una red de contención para ellos y sus familias.


Héctor Mastrulli  es veterano de Malvinas, y trabaja como captador en el “Programa de Salud del Veterano de Guerra Bonaerense” que funciona desde 1997 en el Hospital Ramón Carrillo, en Ciudadela, y recibe a 300 ex combatientes por mes.

Se trata de revertir el poco interés que en el pasado tuvo la sociedad con ellos, ahora trata de devolverles la calidad de vida a los ex combatientes y sus familias, y evitar muertes y enfermedades psiquiátricas o encubiertas.

Héctor Mastrulli, veterano de Malvinas

Se estima entre 350 y 400 los soldados que una ver finalizado el combate tomaron la decisión de suicidarse. Pero es llamativo que la tasa de suicidios de los ex combatientes ingleses sea menor a la de la población civil. Puede ser por encontrarse más entrenados, pero también porque recibieron una mejor contención al regresar. Cuentan con la organización Combat Stress, que se financia con capitales mixtos.

“Debería haber una cultura de comprometerse más. Nosotros, en la organización, pedimos plata al Estado, le hacemos entender que estamos haciendo su trabajo y es una buena inversión, pero también a las empresas y a los ciudadanos”, explica a Geoffrey Cardozo, oficial inglés retirado que, además de tener un rol clave en la identificación de los soldados argentinos en Darwin, trabajó durante 15 años con soldados afectados psicológicamente.

“Lo que le llama particularmente la atención es que en Argentina se piensa sólo en lo que debe hacer el Estado, y no también la sociedad civil”, concluye.

Soldados de Malvinas

El trabajo de Héctor Mastrulli consiste en contactarse con centros de ex combatientes y tratar de acercar al programa a los veteranos que necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica. También es a quien llaman si tienen una situación de emergencia o de suicidio inminente de un compañero. Su trabajo es ese: acercarse, entrar en confianza y contactarlo con un profesional.

El 11 de abril de 1982, a los 19 años, Héctor desembarcó en Malvinas con solo dos meses de instrucción militar. Permaneció en el conflicto hasta el 20 de junio, cuando vuelve en el Almirante Irízar. De allí lo trasladaron a Campo de Mayo y le hicieron completar un test en donde sus superiores lo obligaron a decir que “todo estaba bien”.

Héctor volvió con su familia y a la fábrica metalúrgica en la que trabajaba antes del conflicto. En agosto empezó a sufrir dolores de cabeza insoportables y mucho malestar estomacal. La empresa le puso un médico particular que detectó que lo que tenía era síndrome de abstinencia: durante su estadía en Malvinas sus superiores le habían dado metanfetaminas haciéndole creer que eran vitaminas para mantenerlo alerta. Le costó dos años desintoxicarse.

Con el tiempo, Héctor empezó a agruparse con otros veteranos para tratar de conseguir algunos beneficios y reconocimientos. De a poco se fue metiendo más y se encontró con muchos compañeros que sufrían y cuyas familias no entendían por qué. Por eso dejó su trabajo, hizo un curso de formación para ser captador y se sumó al programa.

Para un veterano, nada mejor que otro veterano. Yo me puedo acercar a ellos porque estuve ahí, en las islas, se lo que se siente. Siempre trabajamos de a dos. Lo primero que hacemos es escuchar, dejar que se desahogue. Muchos se sienten mal porque creen que fallaron, otros porque no pudieron abatir al enemigo y les mataron al compañero que estaba al lado. Esos recuerdos en algún momento te dejan mal”, explica Héctor.

El seguimiento, una vez que logran acercarlos al programa, es personalizado: él llama a los veteranos con frecuencia, les pregunta cómo les está yendo con la medicación, si tienen alguna, y los invita a charlar cuando necesitan.

“El momento de mayor dolor para Héctor es enterarse de que ha fallecido un compañero. “Todo nos cuesta tanto, todo llega tan tarde que cuando alguien se muere decís “¿Para qué tanta lucha?. Es muy doloroso ver que no cumplieron sus sueños.”






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