Milagro de los Andes

Setenta y dos días en el infierno

por Mariana Valle-Riestra

En diciembre de 1972, una noticia daba la vuelta al mundo: tras la caída de su avión, un grupo de rugbiers uruguayos había sobrevivido dos meses en plena cordillera de Los Andes. Casi medio siglo después, Coche Inciarte, uno de los protagonistas, arroja nuevas luces sobre lo que ocurrió en la montaña. 

Al comenzar el viaje, en el avión había un jolgorio total. Pero un primer pozo de aire logró lo que no habían conseguido las reiteradas exhortaciones del personal a bordo: que todos nos sentáramos y nos abrocháramos los cinturones de seguridad. ‘¡Dame potencia!’ se oyó desde la cabina de pilotos, y acto seguido el sonido de los motores exigidos a su máxima fuerza. ¡Todo vibraba! Por las ventanitas no se veía nada, solo la blanca nubosidad. Sobre el ruido de los motores a toda potencia, se oyó de pronto como una gran explosión. ¡Habíamos chocado contra la montaña en plena Cordillera de los Andes!”. Así relata José Luis “Coche” Inciarte –en su reciente libro Memorias de los Andes, 46 años después– el inicio de esta historia destinada a conmover al mundo.

Aquel viernes 13 de octubre del ‘72, cuarenta y cinco personas habían abordado el avión Fairchild de la Fuerza Aérea Uruguaya con destino a Santiago de Chile. La mayoría eran jugadores de rugby del club de exalumnos del Colegio Stella Maris de Montevideo, pero con ellos viajaba también una hinchada compuesta por familiares y amigos que los acompañarían en el partido que iban a disputar en Chile.

El impacto contra la montaña mató a dieciocho de los pasajeros. Dos semanas después, una avalancha de nieve sepultó al grupo dentro del fuselaje del avión y, sin poder salir durante tres días, varios más murieron de asfixia. “Fue lo peor de todo, espantoso, terrible, solo sufrir y sufrir. Sin oxígeno, los vivos y los muertos apretados unos contra otros sin posibilidad de estirar ni una pierna”, cuenta Coche en su libro. Finalmente, fueron dieciséis los jóvenes que sobrevivieron en la helada montaña, luchando durante más de dos meses contra la hipotermia, el hambre y la locura.

A las dos semanas del accidente, la gangrena invadió una de las piernas de Coche. Inmovilizado, se convirtió en un mero observador de lo que pasaba a su alrededor: “Y en lugar de abandonarme a mi suerte, todos vinieron a mí como si fuera el hombre más importante de esa montaña”, recuerda. “A ellos les debo todo”.

Saliste ileso del impacto, sobreviviste a la avalancha y a la gangrena. ¿Te preguntas “por qué yo”?

Sí, y no encuentro respuesta. Tuve “suerte” –que yo llamo Jesucristo– pero no sé por qué me eligió a mí.

Al abordar, iba a sentarme en la última fila y al final no lo hice. Cuando el avión chocó, los de esa fila salieron disparados al aire y murieron en el acto. Días después, el capitán del avión me pidió cambiarle de sitio en el fuselaje. Cayó la avalancha y él murió en el exacto lugar donde yo había estado hasta hacía unos minutos.

¿Después de encontrarte tan cerca con la muerte, hoy le tienes menos miedo?

Ningún miedo. Desde que nació mi primer hijo, mi único temor es que a mi familia le pase algo. A mí ya no.

¿Qué tuvo de especial el grupo para lograr sobrevivir a situaciones tan extremas?

Nos transformamos en un equipo formidable, con reglas no escritas pero que todo el mundo respetaba. Empezaron a aflorar valores como el honor, el orgullo, la pasión, el amor y la misericordia. Hubo momentos de gracia sublime, en que sentías la presencia de Dios y sabías que no estabas solo. Pero más allá de eso, yo creo que esta es una historia extraordinaria porque fue vivida por gente común y corriente. No es exclusiva de una clase social, una religión, un colegio o un deporte, sino del ser humano. Creo que cualquiera en nuestro lugar, con miedos y todo, se hubiera comportado igual.

En un pasaje de Memorias de los Andes, Coche se refiere a uno de los detalles en los que más se concentró la atención de la prensa internacional y la curiosidad del público: la necrofagia.

“En la montaña, nuestro único objetivo era volver a ver a nuestras familias. Por eso, para sobrevivir, hicimos lo inimaginable, lo impensable”. Luego de largas y graves discusiones, el grupo había concluido que para sobrevivir, la única alternativa era alimentarse de la carne de sus compañeros fallecidos. “Pero entre decidir y ejecutar hay una distancia grande, porque la mano no te obedece al cortar, la boca no se quiere abrir y la garganta no traga”, recuerda el sobreviviente. “Por eso hicimos un pacto entre nosotros, que fue la cosa más honorable que vi jamás hacer entre hombres: cada uno se entregó al otro diciendo ‘si yo me muero, tú me tomas y me comes’. No consultamos a los muertos, pero sabíamos que hubieran estado de acuerdo”.

El camino de regreso

A diez días del accidente, la búsqueda del avión se había suspendido. El grupo escuchó la noticia a través de una pequeña radio de pilas. “Fue difícil evitar desmoronarse. Pasamos los setenta y dos días sin un solo segundo de paz, pero lo más angustioso era no saber hasta cuándo nos quedaríamos ahí”, relata Coche. Pese al horror, las fotos que registran sus días en la montaña muestran a un grupo alegre. Flacos y demacrados, los muchachos posan sonrientes en medio de la nieve o refugiados en el fuselaje del avión. Creyendo que no sobrevivirían, se esforzaron por no entristecer más a sus padres y hermanos cuando encontraran las fotos.

Tras una larga carrera como ingeniero agrónomo, Inciarte dejó los negocios en 2012 para dedicarse a viajar por el mundo dando charlas sobre su experiencia en los Andes. “Fuera de esos días en la montaña, soy un hombre común y corriente”, afirma hoy, con 70 años. “Pero siento que mi obligación es transmitir que las cosas más sencillas son las más importantes y que, por poco que tengas, lo que tenés es más que suficiente para vivir bien y para compartirlo”.

¿Por qué escribir sobre el accidente 46 años después?

Fue muy duro empezar a rememorar, porque vuelven los olores, los ruidos del metal del avión deslizándose sobre la nieve y hasta las voces de los compañeros que no volvieron. Pero quise escribir un libro que no fuera tanto una narración de cómo sobrevivimos, sino que explorara el sentido de la tragedia. Lo que la montaña nos dejó fue el orgullo de ser hombres, el valor de la vida y el recuerdo de aquellos que se entregaron.

Cuentas en el libro que, tras el rescate, ninguno sufrió secuelas psicológicas. ¿Cómo se explica?

Es que setenta y dos días es mucho tiempo. La terapia la hicimos allá arriba. Una sola vez nos juntamos todos con una psiquiatra. Pasaron 15 minutos y nadie hablaba, hasta que Zerbino dice ‘che qué embole esto, vámonos a la mierda’ y nunca más volvimos [risas]. Algunos hicieron terapia después, pero fue por otros motivos. “No le echen la culpa a la montaña”, digo siempre.

Han vuelto varias veces al lugar donde cayó el avión. ¿Qué te generó el primer reencuentro?

Fue algo muy especial porque la tumba de nuestros amigos está en un cerrito al lado de donde estaba el avión. Fuimos a dejarles flores y nos quedamos un par de horas quietos alrededor de las tumbas, hablando con cada uno y contándoles lo que habíamos hecho con la vida que nos regalaron. “¿He vivido la vida dignamente para merecer lo que hicieron por mí?”, les pregunté. Siempre me preocupé por que así fuera.

¿Te arrepientes de algo?

Sí. De no haberme dado más a los demás. Mi amigo Numa Turcatti también tuvo gangrena y murió porque fue mucho más generoso con su energía que yo. Yo la administré, fui más tacaño. Por eso sobreviví.

¿Cómo se hubiera podido evitar el accidente?

Fue un error humano, como suele ocurrir. Calcularon mal el tiempo que demora cruzar los Andes. Ninguno de los cinco tripulantes se dio cuenta de que estaban doblando hacia Malargüe 20 minutos antes de tiempo. Empezaron a descender a Santiago de Chile y fue ahí cuando los agarraron los pozos de aire. •