DEBATES

Quisiera ser papel para envolverte, bombón

por Adriana Muscillo

 ¿Cuál es el límite entre un piropo y una situación de acoso callejero? En nuestro país, existen proyectos de ley para penalizarlos. ¿Cuál es su tipificación? Y, más lejos aún, ¿cómo afectaría este y otros cambios similares en la concepción actual de la masculinidad?

“Piropo” es una voz latina que proviene de “pyros”, fuego y “ops”, cara. Antiguamente, era una variedad de granate de color rojo fuego, muy apreciada como piedra fina, por lo que autores como Calderón y Quevedo la usaron como metáfora para referirse al hecho de pronunciar palabras bonitas y, con este significado, pasó al diccionario en 1843.

Aunque no hay registros que indiquen desde cuándo existe el hábito, por parte de los hombres, de decir piropos a las mujeres en la calle, se sabe que es una práctica muy extendida en Iberoamérica. Sin ir más lejos, entre 1875 y 1968, vivió en la ciudad de Córdoba Fernando Albiero Bertapelle, un popular personaje apodado “Jardín Florido”, que se hizo curiosamente célebre justamente por sus elogios a mujeres que transitaban la vía pública durante la primera mitad del siglo XX. Incluso, se ha construido un monumento en su conmemoración.

Lo cierto es que esta costumbre masculina suscita reacciones diversas entre las destinatarias, dependiendo de varios factores como qué se dice, cómo se dice y si va acompañado de gestos, actitudes o contacto físico.

Es en este punto donde se hace evidente la pregunta: ¿Cuándo un piropo deja de ser un inocente halago para convertirse en algo molesto, grosero y, por lo tanto, punible?

La socióloga mexicana Patricia Gaytan, en su trabajo “Del piropo al desencanto”, explica que un piropo “mal dicho” estaría en el origen del acoso sexual. Pero ¿cómo podría una ley determinar cuándo un piropo está “mal dicho”?

El cordobés “Jardín Florido”, conocido por sus piropos a las mujeres.

Según Marcela Ojeda, una de las periodistas argentinas que participó en la gestación del colectivo #NiUnaMenos, es la subjetividad de quien lo recibe, la que determina el límite: “Una mujer se puede sentir halagada y otra, violentada (…) ya que es sabido que, después del piropo, viene el acoso y, posteriormente, el intento de abuso. El límite lo pone una”, dice aunque reconoce que “es muy difícil, para las mujeres, pararse ante esta situación porque, claramente, la asimetría de poder hace que tengamos miedo y pudor”.

Por su parte, el escritor Gonzalo Garcés, autor de Hacéte hombre -un libro que aborda la construcción de la masculinidad en nuestros tiempos- coincide en señalar que la percepción del piropo es subjetiva: “Es difícil saber dónde está el límite. Muchas mujeres aseguran que un piropo les alegra el día. Para otras, es una invasión y un abuso. Lo mismo vale para el tono: ¿qué es un piropo ‘elegante’, qué es una grosería o una agresión? Las definiciones que dan las mujeres ahí también varían. Yo no recuerdo haber dicho nunca un piropo en la calle, por miedo a molestar y, además, porque me parece un método poco eficaz para conocer a una mujer que me gusta. Pero, ante tanta subjetividad, tiendo a pensar que un límite que sirve para todos es el espacio personal: si sos una mujer que camina por la calle, un piropo que, por ser dicho muy cerca, por gritado o por insistente, te obliga a desviarte, parar o caminar más rápido, ya es abuso”, opina Garcés.

Entonces, ¿bastará con que la persona que lo recibe se sienta ofendida para que la ley considere culpable al autor de la ofensa?

La diputada cordobesa Olga Rista (UCR), impulsora de uno de los proyectos nacionales de penalización del acoso callejero, considera que “ninguna mujer denunciaría un caso de acoso si no se hubiera sentido ofendida”. Pero, ¿cómo se podría legislar sobre la base de un supuesto de buena fe? ¿Cuál es la tipificación concreta del delito?

El proyecto impulsado por la legisladora propone penalizar con multas de 3 mil a 30 mil pesos a “todo aquel que, mediante gestos, expresiones, palabras, contacto físico indebido o arrinconamiento, con connotación sexual, perturbare, en lugares públicos o de acceso público la dignidad, libertad, integridad física, psicológica, sexual o el libre tránsito de una persona, con motivo del género, identidad u orientación sexual de la persona ofendida”. El procedimiento para demostrar el delito, según Rista, incluiría fotografías, testigos y filmaciones de las cámaras de seguridad pública.

Tal como está planteada la cuestión, algo tan arbitrario como la subjetividad de las personas parece difícil de medir y tipificar en formato de ley. Si se trata de acoso o abuso, eso es fácilmente distinguible y demostrable. Pero, sigue sin quedar claro qué entiende la ley por piropo “mal dicho” y cómo se podría probar.

Más opiniones

Consultados a hombres de entre 30 y 50 años acerca de dónde residiría el límite entre un piropo inocente y una situación de acoso, ellos respondieron: “La medida es tu hija. Si pensás que lo que decís puede ser ofensivo para ella, no lo digas”.

“Nadie con dos dedos de frente podría pensar que decirle algo ofensivo a una mujer podría servir para conquistarla”.

“La barrera es difusa. Me parece muy arbitrario decir hasta dónde puede llegar un piropo”.

“No creo que ayude que se penalice, a menos que la ley contemple el contacto físico o el insulto, pero en ese segundo caso, debería ser independiente del género del insultado”.

Distintos proyectos de ley buscan penalizar el piropo e incluirlo en la figura de acoso sexual.

La Masculinidad y el #NiUnaMenos

“Me parece que es un momento en que los varones necesitan deconstruirse y están en ese camino, lento, pausado pero también están haciendo una especie de revisionismo de lo que ha sido su vida porque ahora entienden que hay situaciones que ya no se aceptan, que antes ellos las tenían como normales, habituales. Pensaban, incluso, que a nosotras nos gustaba, nos hacía sentir bien o cómodas o gustosas recibir algún tipo de agresión por parte de ellos y ahora no, ahora tienen que entender y escuchar que no nos gusta, que no nos hace bien, que nos da miedo y que no queremos vivir situaciones de ese tipo cuando salimos de nuestra casa para tomar el colectivo, el subte o el tren”, señala Marcela Ojeda y agrega: “Por primera vez en la historia, los varones tienen que entender que no son protagonistas de esta ola feminista, si quieren pueden acompañar pero detrás; esta es nuestra lucha, esta es nuestra bandera. Ellos son parte, seguramente, pero del lado de atrás. En esta oportunidad, somos nosotras las que estamos ahora emprendiendo este camino que es maravilloso”.

Gonzalo Garcés, por su parte, rechaza la idea de que la masculinidad esté ligada al piropo: “Me parece una tontería. Es parte del concepto ignorante que cierto feminismo tiene de la masculinidad: la idea es que el varón afirma su identidad en el dominio o la intimidación que logra ejercer sobre las mujeres. Bueno, para el psicópata o el patán será así. Pero si hay una prueba iniciática para la masculinidad en relación con las mujeres, típicamente consiste en vencer el miedo al rechazo y en lograr interesar a una mujer. Cierto, eso ahora convive con una realidad más reciente, que son las mujeres que encaran. Pero para el varón la situación arquetípica —y ahí, no en la humillación ni el dominio ni la objetivación, está lo específico de la experiencia masculina— sigue siendo el acto de someterse a la mirada femenina que lo juzga y lo declara, o no, digno de su atención”.

En la opinión de Garcés, millones de hombres que no son feministas, entre los que se incluye, consideran un progreso el “avance feminista”, entendido como la libertad de las mujeres para elegir el tipo de vida, la profesión o el rol social que prefieren. Sin embargo, el escritor confiesa sentirse “cercado por una mirada demonizadora sobre la masculinidad, por el silencio obligatorio sobre las situaciones en las que los varones están en desventaja o son víctimas y por la pretensión de instalar una burocracia para regular la intimidad, el lenguaje o las representaciones artísticas”. En ese sentido, afirma que penalizar el piropo sería “una intromisión del Estado en la vida privada de las personas, movida por una ideología que me parece, por lo menos, discutible”.

Por un lado, las mujeres no queremos tener más miedo de andar solas por las calles. Arrastramos una historia de sometimiento de la que estamos emergiendo con valentía. Por otro, algunos varones se sienten “cercados” en ese avance femenino. Confiesan sentir miedo de hacer o decir algo que pueda resultarnos ofensivo. Arguyen que su identidad masculina se basa en la pretensión de aceptación por parte de nosotras, más que en la dominación.

Así las cosas, si bien es claro que en toda revolución hay desacuerdos y reacomodamientos, se requerirá de una toma de conciencia colectiva para protagonizar y acompañar estos vientos de cambio.

En la película española Fuga de cerebros 2, David Hasselholff aprende la costumbre iberoamericana de “piropear”, junto a un grupo de estudiantes universitarios, en Harvard.