Diario de un calvario: el desenlace de un crimen atroz

por Arnaldo Fermín

Salieron a la luz las cartas y fragmentos del diario del coronel tucumano Argentino del Valle Larrabure, quien fuera asesinado hace 45 años y que estuvo 372 días en cautiverio, en manos del sanguinario Ejército Revolucionario del Pueblo.

A 45 años del asesinato de Argentino del Valle Larrabure su familia dio a conocer a la prensa las cartas y fragmentos del diario que el coronel tucumano escribió durante sus 372 días de cautiverio, en manos del sanguinario Ejército Revolucionario del Pueblo.

Se trata de papeles en los que Larrabure escribió parte de su martirio entre los años 1974 y 1975, cuando vivió diez meses interminables en un pozo denominado “Cárcel del Pueblo” por sus creadores, los guerrilleros del ERP.

El testimonio del coronel fue vendido por un guerrillero en 1977 a la revista Gente, que publicó parte. Años más tarde, la familia de la víctima accedió a estos documentos en los que el coronel narró con hidalguía su calvario y lucha por vivir.

Calladamente rezo pidiendo a Dios que no me abandone en una locura humillante. Quiero morir como el quebracho, que al caer hace un ruido que es un alarido que estremece la tranquilidad del monte. Quiero morir de pie, invocando a Dios, a mi familia, a la Patria, a mi ejército, a mi pueblo no contaminado con ideas empapadas en la disociación y en la sangre (…) Siento la laxitud de haber captado un mensaje de despedida de un ser muy querido. Quizá mi esposa, mi madre, mis hijos, mis hermanos… Estoy seguro, convencido, de que un hecho luctuoso abate a mi familia”, dice su propio testimonio.

Quién fue Larrabure

Sentado en el piso de tierra, casi en completa oscuridad, Argentino del Valle Larrabure tomó una lapicera y un cuaderno ajetreado para dejar un testimonio de aquellos 372 días en un cruel cautiverio a manos del grupo guerrillero Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

Nadie nunca pudo precisar el momento exacto en el que comenzó a escribir. Pero sí se sabe el instante en el que calló para siempre: el 3 de enero de 1975. Ocho meses después, el 19 de agosto, su vida se apagó.

Hay versiones encontradas sobre cómo fue el fatal desenlace. Su familia asegura que fue asesinado por los guerrilleros. Y cita que la primera autopsia dictaminó “muerte por estrangulación” a manos de sus captores.

El profesor Paul H. Lewis, experto de la estadounidense Tulane University analizó esa autopsia y sentenció: “Larrabure estaba en medio de un canto cuando sus captores lo estrangularon con un cable y, moribundo, recibió un golpe mortal en el cráneo”.

Séptimo hijo de un matrimonio de clase media, el “Vasco” estudió en su ciudad natal en el colegio Tulio García Fernández. Sus padres Cirilo Larrabure y Carmen Conde siempre sostuvieron que el joven era “brillante”. Y sus amigos lo recuerdan como un “tipo noble”.

En 1950, Larrabure ingresó en el Colegio Militar, en Infantería. Egresó el 1 de diciembre de 1952 con el grado de subteniente. En el comienzo de su carrera, fue destinado al Regimiento de Infantería 19 de San Miguel de Tucumán y al año siguiente fue trasladado a Buenos Aires.

En 1960 ingresó a la Escuela Superior Técnica en la cual cinco años después se recibió de Oficial Ingeniero Militar. Sus calificaciones, según el Archivo General de la Nación, siempre fueron de excelencia.

Tuvo una carrera ascendente. Entre 1972 y 1973 se capacitó en Brasil sobre “Extensión en Química”. Allí fue condecorado por la Orden del Pacificador. En enero de 1974 regresó a Villa María, Córdoba, donde era subdirector de la Fábrica Militar de Pólvora y Explosivos.

Donde comenzó la oscuridad

El sábado 10 de agosto de 1974, unos 70 integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo convirtieron el motel “Pasatiempo” en un cuartel general del operativo con el que a la 01:00 del 11 coparían la fábrica militar a punta de armas largas.

Los guerrilleros secuestraron a Larrabure y a un capitán del ejército al que luego abandonaron malherido. Del lugar, los atacantes también se llevaron unos 120 fusiles automáticos ligeros, dejando un tendal de heridos y al menos dos muertos.

Al coronel lo mantuvieron secuestrado en un lugar no identificado y el 3 de noviembre de 1974 lo trasladaron a una celda clandestina ubicada debajo de una casa/comercio en Garay 3254, en el modesto barrio rosarino de Bellavista.

Allí, en condiciones infrahumanas, estuvo diez meses. La celda no era ni siquiera eso: se trataba de un pozo subterráneo con características de sótano mal construido, casi sin luz y con poco oxígeno.

“Aprecio que mi celda es una excavación porque carece de ventanas y una de las paredes laterales está burdamente revocada a cemento. El frente es de idéntica composición”, supo escribir por entonces Larrabure.

En la casa de arriba vivía una familia con dos niños. Eran quienes todos los días le acercaban un poco de comida y agua para que el coronel continuara con vida. Y fue a ellos a los que en algún momento les pidió “un pedazo de papel y una lapicera”.

Diarios y cartas de familia

Larrabure necesitaba escribir. Más que para contar su calvario, lo ejercía como método para no enloquecer en un lugar hostil en el que cualquier ser humano podría volverse loco en veinticuatro horas.

Fueron diez meses mirando una pared de ladrillos huecos y una reja de aproximadamente 40 por 60, según narró en su diario. Y el costado había una divisoria de madera compactada.

La puerta de igual material da a un pasillo, donde vi otra lúgubre y húmeda celda. Dos tubos de plástico negro de unos dos centímetros de diámetro conectan con el exterior y permiten la aireación mediante un extractor eléctrico cuyo funcionamiento depende de mis captores”, supo escribir.

Larrabure estaba en manos de la guerrilla que atentaba contra toda institucionalidad. Por entonces, el Gobierno de gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón pasaba sus peores momentos: estaba deslegitimado por la sociedad.

El coronel fue tomado en principio como una presa de cambio de una operación que el ERP nunca llegó a concretar. Mientras, él padecía –como escribió en su diario- la terrible desventura de pensar que la oxigenación del pozo podía dejar de funcionar. Y aumentaba su congoja por sentirse ahogado en ese nicho donde el aire era húmedo y enrarecido, lo que aumenta el asma que quebrantaba su fuerza física.

En la celda había un catre y un retrete portátil. Y una celda contigua era ocupada sucesivamente por varios cautivos que luego reconocieron el lugar, a las que se llegaba a través del “placard” del dormitorio de la familia.

Los guerrilleros le permitieron a Larrabure tener una suerte de contacto con su familia en siete oportunidades. La familia recibía en su casa cartas del coronel, que a su vez ellos respondían por medio de solicitadas en distintos diarios.

El militar secuestrado leía las solicitadas cuando sus captores decidían. Enviaba mensajes de esperanza y de amor a su familia, e instaba al perdón y la fe, en papeles en cuyo margen izquierdo resaltaba el membrete de la organización guerrillera.

El final

Mientras esperaba que llegaron las solicitadas, Larrabure iba narrando su calvario en su pequeño diario. Dos años después de su muerte, en 1977, la revista Gente le compró el compendio de días oscuros a un guerrillero y lo publicó.

En los textos del coronel se puede leer una narrativa que expone momentos de plenitud intelectual con otros de confusión, producto de las propias condiciones en las que el coronel pasaba sus días de forma indeseada.

En un momento, el ERP le pidió al Gobierno de Martínez de Perón que liberara a cinco guerrilleros a cambio de la libertad de Larrabure, pero la respuesta fue tajante: “No vamos a negociar”.

Larrabure fue sometido a presiones psicológicas y físicas. Según escribió en el diario, los guerrilleros le exigían que colaborara con ellos aprovechando sus conocimientos técnicos y militares a cambio de no ser asesinado.

El 19 de agosto de 1975, tras 372 días de cautiverio, Larrabure murió. El ERP hizo aparecer su cadáver cuatro días después, envuelto en una sábana y una frazada en un zanjón próximo al cruce de la avenida Ovidio Lagos y calle Muñoz, poco antes de la salida de la ruta nacional 178.