El primer ministro francés, Édouard Philippe, anunció este martes la suspensión de la suba de los precios del gas, la electricidad y de los combustibles con el objetivo de "apaciguar" las protestas de los llamados "chalecos amarillos".

"Ningún impuesto merece poner en peligro la unidad de la nación", dijo el premier francés mediante una declaración televisiva, tres días después de las protestas más violentas en París en muchos años, que dejaron un saldo de un muerto, 412 detenidos y 263 heridos, de los cuales, 133 fueron en la capital.

Pero, ¿quiénes son los "chalecos amarillos"? Hay jubilados, artesanos, obreros, pequeñas empresarias y enfermeras. Y todos de un mismo origen, la Francia rural y profunda.

A todos los unen tres cosas: creen que pagan demasiados impuestos, sienten que su empobrecimiento es galopante y apuntan a un mismo culpable por sus males, el presidente Emmanuel Macron.

"Me gustaría verlos a él y a (el primer ministro, Édouard) Philippe viviendo con 1.100 euros al mes (salario mínimo neto)", dice a EFE Michel Arnald, un camionero especialmente activo en los "chalecos amarillos" de Le Puy en Velay, capital de un departamento anclado en el centro de Francia, junto al Macizo Central.

Como Arnald, miles de residentes de esta pintoresca y plácida localidad de unos 20.000 habitantes apoyan activamente la causa, a pesar del grave incendio que se declaró el pasado sábado en la Prefectura (delegación del Gobierno) durante una manifestación.

"Estamos reflexionando sobre la manera de seguir con la lucha, porque lo que pasó el otro día ha ensuciado el movimiento", aseguró el camionero, padre de cinco hijos.

Desde el pasado 17 de noviembre, cuando se convocó la primera gran protesta nacional en las redes sociales, decenas de "chalecos amarillos" -llamados así por las prendas reflectantes obligatorias para los conductores- están apostados en las rotondas del municipio.

Comenzaron por su oposición a un aumento de los impuestos sobre el combustible, pero sus demandas son ahora más vastas: subida del salario mínimo, de las pensiones más bajas e incluso un cambio de régimen para funcionar con consultas populares, a la imagen de Suiza.

"Nadie nos moverá de aquí. Esto será más fuerte que Mayo del 68", asegura a EFE Dominic, un jubilado de 61 años en la rotonda de Feangas, en un estratégico cruce de caminos a una decena de kilómetros de Le Puy en Velay. Alrededor de un fuego improvisado, allí se manifiestan pacíficamente por turnos, aunque llueva o se haga de noche.

Las medidas anunciadas este martes por el Gobierno, entre ellas una moratoria del alza del impuestos de los carburantes, no frenará las protestas de los "chalecos amarillos" de la zona, aseguran.

"Nos oyen, pero no nos escuchan. Esa moratoria anunciada es una broma. Creen que desinflarán el movimiento, pero no. Lo vamos a endurecer", amenaza Dominic, padre de dos hijas, que cobra una pensión de unos 1.600 euros, después de haber aportado durante 42 años.

En esta rotonda, los manifestantes dejan pasar sin problemas a los vehículos, cuyos conductores muestran su solidaridad tocando la bocina. Allí se agrupan participantes de todas las edades y de diferentes profesiones. No hay líderes, ni portavoces.

Micael, de 30 años y trabajador del yeso, critica el impuesto al combustible para financiar la transición ecológica, el que desató las protestas: "No entiendo por qué nos hacen pagar a nosotros, a las clases medias. Los aviones y los barcos contaminan más".

Los "chalecos amarillos" sienten que Macron los ataca con sus medidas para desincentivar el uso del vehículo. Los habitantes de Le Puy en Velay usan el auto para todo, ya que en su zona el transporte público es simbólico.

"Tengo que salir de casa a las 4.30 horas de la mañana. Hago 22 kilómetros hasta el hospital. Mi único recurso es el coche", explicó Marie, una mujer de unos 50 años que trabaja como enfermera. Para muchos, el aumento de esas tasas supone un costo adicional de cientos de euros al año.

Hoy el chaleco amarillo se ha convertido en símbolo de una lucha social que deja en evidencia las problemáticas de un sector de la sociedad francesa.

Todos ellos se niegan a ser catalogados como de izquierda o de derechas y coinciden en denunciar a los partidos que quieren apropiarse del movimiento.