Hace más de tres meses que no hay clases presenciales en el AMBA y se abre un debate sobre la aplicación de la tecnología en las aulas.


El avance inexorable de la tecnología se cuela en todas las aristas de la vida cotidiana, a veces en formas que adquieren significado a medida que avanzan, y en tiempos de pandemia e hiperconectividad, la relación de los niños y niñas frente a una nueva forma de educación a través de pantallas adquiere un nuevo significado.

En el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), se acumulan 97 días desde que comenzó la cuarentena. Las clases en jardines, escuelas primarias y secundarias y universidades están suspendidas desde el 15 de marzo, apenas algunos días antes de que se decretara el aislamiento social, preventivo y obligatorio en todo el país.

Hace más de tres meses de que los niños, niñas y adolescentes están recibiendo sus clases desde sus hogares, y desde la pedagogía se repiensan lugares comunes entre la tecnología y la enseñanza -aunque en su cuota justa-, en un momento en el que la virtualidad es el único elemento en el contexto que permite la unión entre docentes y alumnos.

(Foto: EFE/Conceptos Sencillos)

“Estamos trabajando a paso firme con todos los actores del sistema educativo, con provincias, universidades, organizaciones sindicales, estudiantes y el campo epidemiológico en el desarrollo de protocolos que permitan garantizar la posibilidad de minimizar contagios“, explicó el MInistro de Educación, Nicolás Trotta, días atrás en diálogo con Futurock, sobre una posible vuelta a las aulas. Aunque en el AMBA esa opción aún parece lejana.

Marliese Muro Cash es maestra en los colegios Highest College y United High School y durante esa cuarentena está dictando clases a distancia. Desde su experiencia, asegura que “el aula es incomparable con la educación a distancia, principalmente por la formación docente que tengo, que me preparó para trabajar dentro del aula con los chicos y chicas, realizando intercambios orales al momento de realizar una actividad o corrección de ellas, por ejemplo”.

Y al ser consultada sobre el dicho común que circula entre padres y madres sobre que este “es un tiempo perdido”, agregó: “Creo que es valioso el esfuerzo que hacemos día a día muchos docentes para continuar con la realidad pedagógica de nuestras aulas y que considerarlo “tiempo perdido” no alcanza a contemplar dicho esfuerzo, que a su vez es el esfuerzo de los chicos y de las chicas”.

Los jóvenes toman sus clases de manera online (Foto: Juano Tesone/Clarín)

Daniel Brailovsky es doctor en Educación, profesor investigador de Flacso y formador de docentes, y asegura que “en este momento en que los docentes y los alumnos se encuentran casi exclusivamente por medios tecnológicos, se están poniendo en evidencia algunas de las falacias que existían sobre la relación entre educación y tecnología”.

Además, advirtió que hay algunos malentendidos en relación a la relación entre educación y tecnología: “El primero de ellos es creer que la presencia de dispositivos informáticos, de computadoras, de pantallas, de redes sociales, modifican drásticamente el sentido de la escuela, como si la escuela ya no tuviera que enseñar cosas porque está todo en internet”, explicó en diálogo con Vía País.

Y profundizó: “La verdad es que el conocimiento está muy disponible en internet pero lo que la escuela hace no lo puede hacer ninguna red de información y consiste básicamente en darles tiempo a los alumnos para que se conecten con ese conocimiento y el poner en evidencia, a la larga, que el objetivo de la escuela no es solamente que aprendan cosas, sino que el contacto con esos conocimientos puntuales transforme sus maneras de mirar el mundo. En maneras más profundas, más sensibles, más humanas, más éticas, más elaboradas”.

Escuelas provinciales de Córdoba

Las tecnologías desdibujan la jornada laboral, no de solo los docentes si no de cualquier persona. Respecto a esto, Brailovsky señala que “lo que es clave en la escuela es el tiempo”. Y explica: ”el tiempo que se le brinda a los chicos para que puedan habitar espacios nutritivos de cultura, espacios en los cuales se hacen preguntas interesantes, en los cuales la dedicación a las cosas no es utilitaria sino que está puramente al servicio del estudio, del aprendizaje”.

El docente dio un ejemplo: “Cada vez que estudiamos en la escuela biología y las partes de las células, pasado un tiempo nos olvidamos de la mayor parte de las cosas. Pero que la escuela no sirve para nada porque uno se olvidó qué cosa eran las mitocondrias, sería absurdo. El contacto con esos conocimientos deja una huella que trasciende el mero conocimiento de esas informaciones. Esto la escuela lo hace con o sin tecnologías. Tal vez lo haga mejor con la tecnología como un complemento del trabajo en el aula, pero no es del todo cierto que la tecnología venga a cambiar, en su esencia, la función de la escuela en una sociedad”.

Por último, concluyó con un análisis: “Yo efectivamente creo que el espacio del aula es irremplazable. Creo que tampoco hay que mirarlo dramáticamente, pensando que se produce un bache por lo que no aprendieron en un año. La concurrencia a la escuela no debe verse sólo como una acumulación cuantitativa de la cual se tiene que hacer una especie de contabilidad. Vale la pena pensar qué huellas deja la experiencia de la escolaridad bajo distintas formas en el conjunto de la población infantil, y en ese sentido, educar es, también, lidiar humanamente con esta situación. Creo que todo esto redimensiona el valor de las tecnologías en la escuela, lo pone en su justo lugar, como algo accesorio, como algo que puede ayudar a la parte práctica, organizativa de las clases, pero que no incide en una concepción profunda de la enseñanza”.




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