A través de Twitter, el creador de la aplicación "Háblalo" dio el último adiós a quien fue "la persona más importante" en su vida.


Mateo Salvatto tiene apenas 21 años pero ya se convirtió en un joven referente nacional en el mundo de la robótica. Durante su paso por el colegio ORT y con solo 19 años, desarrolló una aplicación llamada Háblalo que funciona como un traductor en tiempo real y permite a las personas sordas comunicarse más fácilmente. Esto le valió reconocimiento y menciones de todo tipo a nivel global, e incluso lo llevó a consagrarse campeón internacional de robótica en 2016.

Mateo Salvatto creó la aplicación “Háblalo”, que facilita la comunicación para personas sordas.

Luego fundó la empresa Asteroid Technologies, una start-up dedicada al desarrollo de tecnología con fines sociales y que promueve la inclusión. Por otro lado, entre 2017 y 2019 formó parte del equipo de asesores del Ministerio de Ciencia y Tecnología en la Provincia de Buenos Aires.

Este miércoles, el joven recibió la noticia del fallecimiento de su abuela a los 92 años. A través de Twitter, el emprendedor escribió una larga carta de despedida en la que expresó el dolor y la angustia que su partida le provocó. “Hoy se fue la persona más importante en mi vida“, comienza. “Te amé como nunca voy a amar a nadie, y hoy te perdí. Pero no voy a dejar que tu historia muera”, agrega.

Mateo Salvatto despidió a su abuela con una larga carta en Twitter.

En su relato, Salvatto da cuenta de los primeros años de su abuela en Galicia, España, con una vida llena de limitaciones, y de su viaje a Buenos Aires para reencontrarse con el amor de su vida. Además, hace referencia a la familia que formaron sus abuelos y a los momentos felices que vivieron juntos. También narra los últimos instantes que compartió con su abuela, antes de que falleciera el 11 de marzo por la mañana. “Te prometo que voy a recordarte siempre como la mejor abuela que el mundo conoció“, concluye.

A continuación, la carta completa:

“Hoy se fue la persona más importante en mi vida. La que reemplazó su amada Galicia por Buenos Aires para darnos una vida mejor. Te amé como nunca voy a amar a nadie, y hoy te perdí. Pero no voy a dejar que tu historia muera. Todos merecen conocer a la mejor abuela del mundo.

Hace setenta años abandonabas a tu pequeña aldea en Galicia, Bealo, para perseguir al amor de tu vida que, tres años atrás, había decidido cruzar el atlántico en un barco de carga para apostar por un nuevo destino, con nuevas oportunidades: Buenos Aires, Argentina.

Llegaste con poco más de veinte años, apenas sabiendo sumar. Jamás habías tomado un colectivo en tu vida, nunca habías estado en una gran ciudad. No conocías más que de pastar vacas, coser tu propia ropa, y sobrevivir al frío aterrador de Galicia, con lo que había.

Pero nada te detuvo. Nada. Llegaste y te reencontraste con el amor de tu vida al que yo, muchas décadas más tarde, llamaría “abuelo Ramón”. Hicieron todo lo que pudieron. Trabajaron de todo, a todas horas, en cualquier condición, para formar una familia sana.

Poco tiempo después tendrían tres hijos: María, José y mi mamá, Mercedes. Alquilaron toda la vida. Nunca pudieron comprar un auto, casi no pudieron ahorrar, y prácticamente no tomaban vacaciones. Pero eran muy felices, porque al gallego nunca le faltaba un chiste o una sonrisa.

Así la familia fue creciendo, con lo que había. En casa se hablaba una mezcla extraña entre gallego y castellano que todos conservaríamos hasta hoy. Pasaron los años, y los chicos ya eran grandes, hasta que eventualmente Mercedes se casaría con Carlos, quien hoy es mi papá.

Mis tíos siguieron el mismo camino, y la familia creció. Los abuelos, Ramón y Ramona, tendrían seis nietos: Ezequiel, Camila, Lucila, Eugenia, Augusto y yo. Todos criados escuchando las interminables historias de una “tierra prometida” llamada Galicia.

Los momentos más felices y los recuerdos más alegres, fueron siempre con ustedes. Dieron absolutamente todo por su familia, como padres y como abuelos. Nos hacían reír, nos enseñaban gallego, bailabamos, cantabamos, jugabamos a “la baraja”… Con ustedes, eramos felices.

Tardaron como cuarenta años en volver a pisar su amada tierra. Cuarenta años sin ver a sus familias, sin saber como estaba todo allá. Pero eventualmente, volvieron, y una parte de su alma se volvió a llenar. Regresaron a la tierra prometida, regresaron a Galicia.

Mi hermano y yo fuimos tan afortunados, que pudimos ir en un viaje allá con ustedes. Visitamos juntos esas aldeas de las que nos habían contado. La fuente del abuelo, a donde iban a bailar de novios, la casa de la abuela… Todo, todo lo que siempre habíamos soñado.

Hasta que un marzo de 2010, el gallego se nos fue. El llanto cruzó a cientos de personas, tanto en Argentina como en España. Lo lloramos tanto, porque sabíamos que habíamos perdido a una de las mejores personas que jamás vivió… Pero la que más lloró, fuiste vos…

Yo te vi llorar al lado del amor de tu vida, cuando ya no podía volver… Y, con once años, recuerdo pensar “La abuela no va a poder sola, necesita demasiado al abuelo”… Pero me equivoqué, todos nos equivocamos. Poco tiempo después, asumiste que, aunque ya pasabas los 80 años tenías que seguir cuidando de la familia. Así que pusiste una sonrisa y saliste adelante.

Pero ojo, sin olvidarte jamás del gallego. Dormiste durante 10 años con dos fotos de el de cada lado de la cama, lo mencionabas constantemente, y lo extrañábamos juntos todos los días.

Y así siguió tu hermosa vida. Nos asustaste con otro infarto y algunas caídas, pero siempre te recuperabas… Y nunca faltaba tu llamadito a la noche solo para ver como andabamos. Estuviste en todas nuestras etapas, logros y fracasos, como una madre. Incondicional.

La alegría de tu vida era cuando alguno de nosotros entraba a tu casa y empezaba a gritar en gallego, o te sacaba a bailar, o te daba muchos besos en los cachetes, o te hacía cosquillas, o se tiraba encima tuyo en la cama… La alegría de tu vida siempre fue tu familia. Nosotros.

Y, justo diez años después de nuestro mejor amigo, vos empezaste a apagarte… Ayer me llamaste con lágrimas en los ojos porque querías verme y, cuando llegué a tu casa, me diste un abrazo enorme y me dijiste que me amabas. Y yo te dije que, obviamente, yo también, y mucho.

Asustada, “Siento que se me va la vida”, me dijiste. A lo que te contesté que ni se te ocurra, que yo no podía hacer nada sin vos. Y me dijiste que te querías quedar al menos un añito más… Pero que extrañabas al abuelo. Lo se, corazón. En diez años jamás dejaste de extrañarlo.

Me dijiste que nosotros eramos tu orgullo, y que estabas muy contenta de todo lo que habíamos logrado. Yo me acosté en la cama con vos, tomamos unos mates, jugamos con el perro, charlamos, nos reímos un cachito y ya estabas mejor… Ya volvías a ser vos. Me quedé tranquilo.

Entonces me dijiste “andá, andá, antes de que se haga de noche”… A lo que, eventualmente, dije que sí, te di un besote enorme, nos dijimos como siempre que nos amamos mucho, y yo te prometí que todo iba a estar bien, y que nos veíamos el finde. Agarré la bici, y me fui.

Ignoraba que esa iba a ser la última vez que te iba a ver despierta, abu. No tenía idea. Lo pensé, pero lo reprimí pensando “no seas boludo, la abuela va a estar bien” Me fui a dormir ayer a la noche un poquito preocupado, pero pensando que nos veíamos el finde como quedamos.

Finalmente, este once de marzo de dos mil veinte, a las ocho de la mañana, te fuiste. Te me fuiste, amiga… Y con vos se fue una parte de mí. Con vos se fue una chispa de alegría enorme que se que nadie más me va a volver a dar. Con vos se fue el amor más grande que sentí.

Y se que no vas a volver, y me duele. Porque te extraño. Te necesito. No quiero hacer nada sin vos, quiero que leas nuestro libro, que sigas escuchando las entrevistas, que leas las notas y artículos, que charlemos por teléfono, que juguemos a las cartas… Quiero que vuelvas.

Quiero que vuelvas al menos un ratito para poder decirte mucho más que un simple “te amo”… Para poder decirte que vas a estar en mi mente hasta el día que me muera… Porque, como te dije hoy, nunca voy a amar a nadie como te amo a vos. Nunca.

Y ayer nos sacamos nuestra última foto juntos. Charlando, en la cama, con el perro, después de unos mates. Me la voy a guardar toda la vida, porque se que en ese momento fuiste feliz, porque estabas conmigo, y yo con vos. Hasta el último segundo de tus 92 años, fuiste feliz.

Te prometo que voy a recordarte siempre como la mejor abuela que el mundo conoció. Voy a contar tu historia con el abuelo a todos, y voy a volver a pisar tu tierra como si fuera mi casa, hasta el día que me muera. Chau, amiga de mi alma. Tu nieto, “matusito”, te ama para siempre”.

(Twitter: @Mateons)

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