El menjunje llamado Vinagre de los cuatro ladrones apareció en la epidemia de 1628 y demostró ser realmente efectivo.


Ahora que muchos esperan la vacuna contra el virus reinante, podemos comprender con cuánta expectativa se recibió la quinina, pues con ella se curaban varios tipos de fiebres, incluso la tifoidea, que causaba estragos. Una de sus cualidades era la variedad de formas en que podía administrarse: en infusión, en tintura, en extracto y, para niños, en jarabe.

Por entonces, integraba el famoso “remedio inglés”, célebre en Francia durante el siglo XVII, cuando Sir Robert Talbot lo vendió a Luis XIV por 3000 ducados de oro y una pensión vitalicia.

Otro remedio que hizo historia, fue el “Vinagre de los cuatro ladrones”, que permaneció en el Codex farmacéutico como remedio contra la peste por más de dos siglos.

Este menjunje apareció durante la epidemia de 1628-1631, que causó más de 50.000 muertes en Tolouse. Los cuatro ladrones eran unos salteadores que despojaban a los muertos por la peste sin haberse contagiado jamás.

Detenidos, declararon que poseían un remedio secreto y que lo develarían si les perdonaban la vida: a pesar de que ellos cumplieron, la ley los ahorcó. A su vez, los reos también mintieron sobre la verdadera fórmula.

En 1720, otros ladrones, con esa –u otra– fórmula hicieron lo mismo en Marsella. Algún memorioso recordó lo sucedido un siglo atrás y aconsejó a los jueces que les garantizaran –después de probar la receta– la vida, y así se hizo. La receta funcionó y fue adoptada por la Facultad de Medicina y permaneció en el Codex hasta 1884.

El remedio fue empleado por médicos y auxiliares para evitar contagios, frotándose con él manos y rostro; era quemado en las casas y se daba a respirar en caso de síncope, pues también reanimaba. Se dice que en la campiña francesa se la sigue preparando hasta el día de hoy.

Va la fórmula: durante diez días se maceran en 2,5 l de vinagre los siguientes ingredientes: 40 g de absenta, 40 de romero, 40 de salvia, 40 de menta, 40 de ruda, 40 de lavanda, 5 g canela, 5 de girasol, 5 de nuez moscada y 5 g de ajo; se añadían 10 g de alcanfor disuelto en 4 g de ácido acético cristalizado y su uso era rigurosamente externo.

Mientras tanto, en Galicia (España) se usaba –aunque para otros males– la llamada “Agua de los carmelitas”, mezcla de melisa espirituosa y alcoholato de melisa compuesto. La melisa es el toronjil, herbácea anual con flores blancas, y fue inventada por los Carmelitas de París que, desde el año 1611, la distribuyeron por toda Europa. Según me contó un amigo, en Galicia todavía se la usa contra las afecciones nerviosas.

Va la fórmula: se prepara una maceración del alcohol de melisa fresca con corteza fresca de limón, raíz de angélica, canela, girasol, nuez moscada y coriandro. Luego se destila, se descansa y se convierte en un estimulante. No le dieron las cantidades.

En mi caso, me atrae el romero –Avicena la llamó “remedio soberano”– y tengo en casa una mata saludable, que Dios me la guarde. A veces, si estoy depresiva, salgo de noche, me acerco a ella y froto sus tallos con mis dedos. El aroma, vigoroso, me reanima. Y en este tiempo de pandemia, tengo sobre mi escritorio un vaso con unas flores rojas de geranio, con dos ramitas de romero y unas hojas de mi laurel, lo que considero Santo Remedio.

Sugerencias

1) Lean sobre Avicena, les interesará

2) Reitero mi recomendación del libro Plantas medicinales silvestres del Centro de Argentina (para uso terapéutico), de Ezequiel Agüero

3) Otro: Plantas Medicinales, del Dr. Adrián Vander, un volumen que es más antiguo pero, sin duda, muy completo.


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En casa Cristina Bajo



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