Olga Romero tuvo a su bebé en 1987 pero nunca lo pudo ver. Asegura que se lo robaron en la Maternidad Provincial. Nadie le da respuestas, y con el paso de los años son más las dudas que certezas. ¿Dónde está su bebé?


Corría el año 1987. Era el mes de septiembre y Olga cursaba su octavo mes de embarazo. Con tan solo 18 años de edad, la joven rioprimerense había formado pareja con quien esperaban la llegada de su primer hijo.

Empleada doméstica, el lunes 14 de septiembre sintió alguna molestia que la llevó al dispensario local. Allí fue derivada a la Maternidad Provincial: su bebé estaba por nacer. En bicicleta volvió a su casa, avisó a su esposo, tomó su bolsito y en colectivo viajó hasta Córdoba.

Olga recuerda cada detalle de aquel día aunque hayan pasado más de tres décadas. En su relato el tiempo parece haberse detenido, es que a partir de entonces nada volvió a ser igual en su vida.

En la Maternidad la revisaron, la internaron, hasta que cerca de las 21h comenzó con el trabajo de parto. Todo se desarrollaba de manera normal, nada hacía imaginar un desenlace como el que tuvo. Después de parir, un médico inyectó algo en su suero. Olga preguntó qué era, pero nadie respondió. Cuando pidió ver a su bebé (nunca supo si era varón o nena), se durmió. La habían anestesiado.

Olga Romero

Cuando Olga se despertó, estaba en una camilla, en un pasillo, sola. Nadie se detenía a decirle una palabra. Fue recién a las 5 de la mañana, que la pasaron a una habitación con otras mamás. Allí comenzó a insistir con ver a su bebé, pero nadie estaba autorizado para responderle. Fue por la tarde de aquel martes 15, que se presentó una psicóloga para preguntarle si sabía lo que había pasado con su hijo.

Lógicamente que Olga no sabía nada, era lo que había estado cuestionando todo el tiempo sin que nadie le dijera una sola palabra. La psicóloga, sin tantas vueltas, le dijo que había nacido muerto, y que era un varón.

Olga se derrumbó. No entendía nada. El aturdimiento la invadía. Ella recordaba cada momento del parto. Ella estaba segura que nació con vida. Pero estaba sola, con apenas 18 años, y con todas las sensaciones encontradas del postparto.

Tres días después, el jueves, fue dada de alta. Regresó a su pueblo, trayendo consigo el bolsito que con tanto amor había preparado durante tantos meses y con las manos vacías. El aturdimiento duró varios días más. Hasta que a la semana se encontró con una persona que le dijo lo que ella temía: en la Maternidad se seguía produciendo el robo de bebés como en las épocas más oscuras de la dictadura militar.

Y allí empezó su búsqueda, una búsqueda que 32 años después aún no acaba, porque cada pregunta despierta más interrogantes, porque las respuestas no llegan y se ocultan datos, porque la historia clínica de Olga fue adulterada, porque se niega información clave para poder obtener claridad en qué fue lo que realmente ocurrió aquella noche de septiembre de 1987.

Olga ni siquiera tiene el acta de defunción de su bebé, porque nada le dieron. La mandaron a su casa sin saber qué hicieron con su bebé, al que nunca pudo ver. Anduvo por mil lugares, golpeó cientos de puertas, puso abogados, estuvo en organizaciones de derechos humanos, fue hasta al cementerio San Vicente, en busca de su hijo, pero en ningún lado lo encontró.

Irregularidades es todo lo que encontró. Sin embargo nada detiene su lucha, y aunque haya logrado formar una familia y tener más hijos, nada ni nadie ocupa el lugar de aquel bebé, su primer hijo.

Olga lleva el dolor en el alma, el llanto sale de sus entrañas. Son 32 años de búsqueda, de una búsqueda solitaria pero no por eso menos intensa. Olga deja su vida en cada batalla pero no se da por vencida, porque necesita respuestas coherentes a preguntas tantas veces repetidas durante estas tres décadas.

Y no pierde la fe. “Yo sé que mi hijo está vivo”, dice con la convicción que solo una madre puede tener porque hay cosas que van más allá de lo que se ve; hay cosas que se sienten en el alma.





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