Era un mediodía de verano de esos tan características en el litoral.

El sol ardía y la humedad se sentía en la piel.

Con mi remera pegada al cuerpo por la transpiración, corría de un lado al otro del fuego que mi abuelo estaba preparando para el asado.

Tiraba un palo por acá.

Otro por allá.

Un poco de papel.

Y me llevaba otra rama prendida para jugar.

Hasta que mi abuelo, sin alzar la voz pero con decisión, me dijo:

- No juegues con fuego, Agustín.

A lo que contesté:

- Tranquilo abuelo, no me voy a quemar.

Y con una mezcla de ternura y esa sabiduría que solo brinda la experiencia, me miró y soltó:

- Todos decimos lo mismo, Agustín. Hasta que ya es tarde y ardemos en llamas.

Pasaron muchos años desde ese verano a hoy. Mi abuelo se fue hace tiempo pero, no sé por qué razón, desde hace semanas estoy dándole vueltas a este recuerdo.

“No juegues con fuego, Agustín”, ¿será que realmente hablaba del fuego al que estaba tirando ramas? ¿era un consejo para la vida en general? ¿Acaso mi abuelo me estaba diciendo que tuviera cuidado con tomar demasiados riesgos? ¿habré sido demasiado niño e inocente para entenderlo?

“Hasta que ya es tarde y ardemos en llamas”. No sé si esto se refería realmente a un fuego de verdad o a los fuegos a los que nos exponemos a diario.

¿Cuántas veces te dijeron que estabas jugando con fuego y que te ibas a terminar

quemando? ¿Cuántas no fue cierto?

Y aún así, seguimos jugando.

A pesar de haber ardido y de haber escuchado innumerables veces el consejo.

Ya no soy el niño que tirabas ramas encendidas o al menos no por completo.

Aún así, sigo jugando con fuego.

Y sí, he terminado en llamas.

No me arrepiento, creo que hay lecciones que solo pueden aprenderse a través de correr

ciertos riesgos.

Solo que también considero que hay que estar muy despierto para saber cuando se está

jugando con un fuego pequeño y cuando uno se está tirando de cabeza a un incendio.

A mí, en esos momentos, me resuena en mi cabeza la voz de mi abuelo.