Abrieron su propio negocio hace 8 años en City Bell. Ahora, se quedan a dormir allí para poder mantenerlo.


Si sostener un comercio en la Argentina siempre fue una empresa casi imposible, en el contexto de la cuarentena podría decirse que es un milagro. Pone a prueba no sólo los ahorros (o la posibilidad de endeudarse) sino el esfuerzo y la capacidad de trabajo. Un buen ejemplo de ello es la peluquería Gaia, de Luz y Lili, que solía estar llena en City Bell.

Luz vive en La Plata y Lili en Florencio Varela. Se conocieron hace más de 10 años trabajando en una peluquería de Villa Elisa. Las dos son estilistas, saben de coloración, de cuidados del cabello, y siempre se dividen el trabajo. En 2012, luego de largas charlas e ideas, decidieron animarse y armar su propio proyecto, su propia peluquería. La abrieron en City Bell, en un local que consiguieron alquilar a buen precio. Todos los clientes las siguieron.

Llevaban ya ocho años de trabajo, una abultada clientela que no tenía problema en esperar para ser atendida en el pequeño local que está siempre impecable. Así que se animaron a apostar a sus proyectos personales, cada una con su pareja, al mismo tiempo, comenzaron a construir sus casas. En eso estaban cuando llegaron la pandemia y el aislamiento.

Luz y Lili se quedan a dormir en la peluquería de martes a sábados, para no viajar todos los días en transporte público

Los primeros dos meses de cuarentena, la dueña del local les cobró sólo la mitad del alquiler. “Los impuestos nunca dejamos de pagarlos“, cuenta Luz mientras termina de acomodarse el mameluco que utiliza ahora para trabajar. Resistieron a la espera de poder volver a atender, hasta que pudieron hacerlo hace una semana.

Ahora para atenderse con Luz o Lili, hay que pedir turno por whatsapp o por el teléfono de línea de la peluquería. Sólo atienden dos clientes por turno y deben ser conocidos. Es obligatorio ingresar con barbijo y al entrar te toman la temperatura y, si es normal, te entregan una bata y unos escarpines para cubrir el calzado, no sin antes pasar por la alfombra desinfectante que está en la entrada. Ellas usan barbijo, máscara facial y mameluco. Todo el local está dividido por cortinas de polietilino, para separar los espacios de trabajo. Entre el ingreso de un cliente y otro, ventilan y desinfectan todo con lavandina y alcohol. Además, como no tienen niños, decidieron quedarse a dormir en el local de martes a sábados, para no tener que estar viajando en transporte público todos los días. De esa manera, no se exponen tanto a contagios y ahorran en viaje.

Acondicionar el local y disponer de los elementos de seguridad e higiene implicó una inversión que las ha hecho endeudarse. “Todo lo compramos nosotras, tarjeteando, no había otra manera de que pudiéramos hacerlo”, afirma Lili mientras termina con un corte y luego limpia las tijeras. Pero las dos confían no tanto en el país, ni en los dirigentes, sino en su propio esfuerzo y trabajo, por eso lo hicieron, por eso siguen.




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