HISTORIAS DE VIDA

Ser superdotado: ¿drama o bendición?

por Malvina Liberatore

Con 16 años Tomás abandonó una carrera universitaria, empezó otra y piensa en la siguiente. Cuando el interés múltiple resulta caótico y la inteligencia enceguece.

El día amanece gris. Afuera, el asfalto húmedo, dos perros enroscados bajo un alero y las hojas apretadas contra el cordón de vereda; adentro, el calor de una casa en invierno, las gatas Fita y Gea sobre el sillón, los perros Apolo y Pichi en un costado. Tomás acaricia a sus mascotas y advierte que falta una. Se fija debajo de la mesa, entre las sillas, atrás del aparador, en los rincones. Bastet no está, la gata se asustó y escapó anoche, durante la tormenta. Ahora corre a avisarle a su mamá, Claudia, y la buscan pero no aparece. Horas más tarde, Tomás saldrá al patio a maullar como un felino y la figura de la gata se podrá ver aparecer por un costado. Solo hay un motivo por el que Tomás -16 años, superdotado y estudiante universitario- no aceptó una beca para viajar a estudiar a España: no concibe la vida lejos de sus animales.

Tiene 16 años y, en su mente, al menos tres carreras universitarias: una que ya abandonó, la que está cursando y la que seguirá. (Javier Heinzmann)

Hace cuatro años la historia de Tomás Pérez –que vive junto a su mamá en Berisso, La Plata- tuvo alcance nacional. Diarios, revistas y programas de televisión se interesaron por la vida de un pequeño con una inteligencia superior a la media, con un cociente intelectual que lo ubica entre el 2% de la población mundial con altas capacidades. Según la OMS, una de cada cincuenta personas cuenta con estas características, por lo que solo en Capital Federal hoy hay unos diez mil chicos con altas capacidades: prodigios, superdotados, genios, talentosos, todos ellos con el interés múltiple, la avidez de conocimiento y la precocidad intelectual como denominador común. Algunos, por fortuna, son detectados cuando niños y sus padres buscan adaptar las rutinas a los intereses de sus hijos, mientras que otros pueden morir sin haberse enterado jamás de que transitaron la vida con una inteligencia superior y que a eso respondía su comportamiento inquieto, su baja autoestima y sus sucesivas frustraciones.

Los niños superdotados tienen una baja tolerancia ante la frustración que puede transformar el afán de conocimiento en un caos (Javier Heinzmann)

A los diez meses de vida Tomás empezó a caminar, al año y medio ya leía de corrido y a los cuatro tenía interés por los gladiadores y la Segunda Guerra Mundial. En la escuela primaria fue víctima de bullying por parte de compañeros y docentes, se cansó de escuchar decir que su madre lo presionaba y se cansó de responder que era él quien presionaba a su mamá para aprender inglés, árabe, chino y pasar tardes enteras adentro de un museo. Después rindió libre las materias de la secundaria bajo la modalidad Homeschooling (escuela en casa) mientras ya cursaba en la Universidad Nacional de La Plata. En 2014 y con apenas trece años había empezado el Profesorado de Matemática en la UNLP, quería seguir con la Licenciatura en Biotecnología y después cursar la Licenciatura en Matemática. Pero su plan cambió: dejó el Profesorado de Matemática, empezó la Licenciatura en Física, cursa materias de tercer año, baraja la posibilidad de luego estudiar Medicina y tiene especial interés por conocer a fondo la mente criminal. ¿Bendición o drama? Hay tanto por aprender que la avidez de conocimiento puede desatar el caos, jugarle una mala pasada y volver delgada la línea entre incorporarlo todo y dejarlo todo inconcluso.

Los chicos con mentes excepcionales suelen tener dificultades para relacionarse: sus sucesivas preguntas no suelen caer bien a sus compañeros o profesores. (Javier Heinzmann)

“Tomás tiene una enorme diversidad de intereses, yo no quiero que él abandone las carreras, primero porque no quiero que ante la primera adversidad decaiga, estas cosas pasan siempre cuando se cursa en la Universidad”, cuenta Claudia y agrega “él dice que quiere estudiar Medicina y capaz después se le ocurre poner un kiosco y si es feliz, que lo haga; estos chicos tienen tantos intereses que van ‘picando’ carreras, entonces es posible que tenga 30 años y cinco carreras sin terminar”.

Héctor Roldán tiene 56 años, es uno de los fundadores de Creaidea, una ONG de Capital Federal que asiste y acompaña a niños dotados y talentosos y a sus familias. A los 40, por casualidad y a modo de entretenimiento por internet, Héctor descubrió que podría tener altas capacidades. Se animó a hacer el test con especialistas en el tema y sí, supo que su inteligencia es superior a la media. Y con ello también supo todas las respuestas: porqué su infancia había sido complicada, porqué había sido medicado y porqué a nadie se le había ocurrido que era un chico inquieto y demandante por ser muy inteligente.

Los chicos con mentes excepcionales y maravillosas suelen no caer bien a sus compañeros de clases ni a sus profesores por las sucesivas preguntas incómodas o por la insistencia en aquello que nos les resulta razonable. (Javier Heinzmann)

Crecí pensando que era una persona problemática, que tenía algún problema”, cuenta Héctor y agrega “estudié en el Conservatorio de Música Gilardo Gilardi de La Plata, en la Escuela de Teatro, en la Facultad de Agronomía de la UNLP, en La Universidad Tecnológica, hice las carreras de Química, de Electricidad, todas me fascinaron, pero ninguna la terminé. En ese entonces yo tenía muy baja la autoestima y cuando estás así cualquier tropezón te hace sentir que nunca vas a poder superarlo, ahí está la clave del fracaso, no fui capaz de entender que una carrera universitaria es un esfuerzo a largo plazo y que pese a que uno no es igual de constante siempre, hay que mantener la constancia en el esfuerzo”.

Héctor Roldán descubrió su inteligencia superior a la media a los 40 años. A partir de allí, fundó una ONG para acompañar a niños dotados y sus familias.

Por su experiencia personal y por su actividad en Creaidea, Héctor coincide en que la mente inteligente es como la pantalla de una computadora con muchas ventanitas abiertas. “Hoy sigo con los intereses múltiples, como cuando era chico, es algo con lo que tenemos que convivir toda la vida, soy payaso de hospital y la formación la tuve a los 48 años porque todo el tiempo estamos pensando en hacer cosas nuevas, pienso en que somos libres y que con nuestra libertad podemos hacer mucho, me pregunto si estaré haciendo lo correcto, porque hay tanto más”, y agrega entre risas “qué lástima que la vida sea tan corta”.

Claudia, su mamá, es la que se encarga de llevar a Tomás a sus múltiples actividades (Javier Heinzmann)

 Cuando no está estudiando o cursando en la Facultad, a Tomás le gusta levantarse tarde y en su tiempo libre lee manuales de Historia, escucha música clásica, mira canales de Youtube como The Great War , Epic History, Crash Course y series como Dr. House, House of Cards, Criminal Minds o Billions. En su foto de perfil en Whatsapp –que cambia cada dos días- pueden verse los rostros de Carlos XII Rey de Suecia, de Arthur Wellesley Duque de Wellington o del filósofo inglés Thomas Hobbes con quien coincide en su concepto acerca del egoísmo natural de los hombres que, dejados en absoluta libertad, entrarían en una guerra de todos contra todos. “La Historia es su cable a tierra”, cuenta Claudia y agrega “compartimos muchas horas juntos en las que él me cuenta sobre las batallas, lo relata en inglés y en alemán, ellos necesitan tener interlocutores, no alguien que les diga ‘sí, sí’ o ‘ah, qué bien’, sino que los escuchen de manera genuina, ellos nos enseñan a nosotros”.

Cuando Tomás se disfraza para representar las batallas históricas -algo que lo entusiasma desde que era niño- se ocupa de ser fiel a cada detalle pero el final no suele ser el que cuentan los libros sino el que a él le parece justo. “Porque lo que lo revela es la injusticia”, cuenta su mamá. En el juego, en la escuela y en la Universidad, no hay cosa que le haga más daño que un acto injusto: mientras que a la mayoría de los estudiantes recursar injustamente una materia puede generarle bronca y disconformidad, a él puede provocarle un desborde emocional. Claudia asegura que en el ambiente académico hay recelo, prejuicios y desinformación: “cuando se habla de superdotación piensan que estos chicos van a revolucionar las teorías de Stephen Hawking, de los agujeros negros, de la materia oscura y ojalá lo hagan pero les tienen que dar tiempo, son humanos, se equivocan, y además tienen que fijarse si ellos quieren, si no quieren, o qué es lo que realmente quieren”.

Desde que supo que tenía un hijo superdotado, las prioridades de Claudia cambiaron. Las reuniones en la escuela, los trámites para que pudiera rendir libre, las charlas con especialistas, los horarios para llevar a Tomás a todas sus actividades, y las horas conversando sobre estrategia militar y pensadores de siglos pasados hicieron que dejara a un costado su profesión y que su rutina se redujera a los intereses de su hijo. “Soy abogada y docente, trabajaba a medias en las dos actividades, fue duro arreglarme en el trabajo porque no existe la licencia para acompañar a un hijo a rendir, daba clases a la noche para poder estar con Tom durante el día y recién ahora, que él ya se maneja solo, estoy volviendo a acomodarme”, cuenta Claudia y agrega “cuando llego a la noche de trabajar apenas me da tiempo para cambiarme y ya estamos conversando sobre Absolutismo o Stalinismo”.

Tomás no concibe la vida sin sus mascotas (Javier Heinzmann)

Los chicos con mentes excepcionales y maravillosas suelen no caer bien a sus compañeros de clases ni a sus profesores por las sucesivas preguntas incómodas o por la insistencia en aquello que nos les resulta razonable. En los superdotados, tanto el niño como el adulto conviven en un mismo cuerpo: el llanto porque el perro rompió el chacó de cotillón y la intolerancia por los actos injustos cohabitan en la misma mente. En un mundo que poco respeto tiene por las singularidades y las diferencias, el sentimiento de incomprensión se vuelve insoportable y permanente. Por desgracia o por bendición, la inteligencia los acompañará aun en la adultez, entonces, para ellos, amantes de acertijos y preguntas de ingenio, el desafío mayor será develar la fórmula encriptada para alcanzar la felicidad.