HISTORIAS DE BANDONEONES

Pichuco: una vida de tango y un legado impagable

por Ximena Pascutti

Poco antes de morir, en mayo de 1975, Aníbal Troilo le pidió a su esposa un favor: que al partir, legara sus bandoneones a tres amigos del alma que habían pasado por su gran orquesta de tango. Raúl Garello, Astor Piazzolla y Osvaldo Piro. La griega Zita cumplió. Este es el derrotero de aquellos fueyes y sus historias de arte, bohemia y genialidad. 

Cuando tocaba el bandoneón, Pichuco achinaba los ojos y dejaba caer la cabeza ensoñado. A las partituras no las leía. Para entrar a su orquesta, los músicos tenían que saber de memoria más de 80 tangos, “porque cuando uno sabe la letra, expresa lo que siente nomás”. Su vida asomó al tango cuando tenía diez años y recibió de regalo un bandoneón negro sin lujos de nácar: costaba 140 pesos de antes en 14 cuotas, de las que Felisa Bagnoli terminó pagando cuatro porque el cobrador no volvió.

“De pibe, el fueye me atraía tanto como la pelota. Jugaba de centrojás en el Regional de Palermo −contó de grande−. La vieja se hizo rogar un poco, pero al final me dio el gusto”.  Aníbal Carmelo Troilo nació el 11 de julio de 1914 y vivió sesenta años. En el camino, se convirtió en el mayor bandoneonista de un país de bandoneonistas. Fue un compositor de tango exquisito y director de orquesta descollante. También era famoso por su buen ojo para descubrir a enormes talentos del canto, como Angelito Cárdenas, Raúl Berón y Francisco Florentino.

“De pibe, el fueye me atraía tanto como la pelota. Jugaba de centrojás en el Regional de Palermo −contó de grande−. La vieja se hizo rogar un poco, pero al final me dio el gusto”.

Su música despojada tiene una languidez especial, un gusto por los silencios que no se escuchaba en otras grandes orquestas de la época, como la de Osvaldo Fresedo o −en el otro extremo tanguero, más jocoso y rápido− la de Juan D’ Arienzo. Aunque el tango troileano, en realidad, es inefable. El Gordo buceó como nadie en lo más hondo de esta música extraña nacida de la nostalgia y la soledad de los inmigrantes. Tal vez por eso, es el único género en el mundo que se baila en un abrazo profundo.

Pichuco armó duplas, cuartetos y orquestas (la primera, a sus 22 años) que hicieron roncha en las décadas del 40 y gran parte de los 50, hasta que el tango emprendió una retirada frente al bullicio nuevo del rock. Tocaba en teatros y radios, cabarets, clubes de barrio, en los carnavales y en las giras de verano. Y, claro, también estaban las grabaciones. Sus amigos poetas le llevaban las letras para que él las llenara de música. Así nacieron tesoros como Sur y Romance de barrio, compuestos junto a su entrañable Homero Manzi; o ” y la Ultima curda, con Cátulo Castillo. 

Un pedido para Zita

Poco antes de su muerte, el 18 de mayo de 1975, le pidió a su esposa un favor: que al partir, legara sus bandoneones a tres amigos del alma que habían pasado por su orquesta. La griega Zita cumplió: “Pichuco dejó un fueye para Osvaldo Piro, otro para Raúl Garello y otro para Piazzolla, que lo pudo tocar una vez y no quiso más porque le resultaba muy fuerte”, cuenta Francisco Torné, nieto de Zita Troilo.

“Todos eran bandoneones de calidad, Doble A (Alfred Arnold), con número de serie. Hubo un cuarto fueye que fue donado a la Casa del Teatro, pero nadie sabe qué fue de él”, lamenta Torné.

La noticia del legado no sorprendió a nadie porque Pichuco había sido un tipo muy generoso. Hay puñados de anécdotas. Por ejemplo, que siempre pagaba las comilonas junto a sus músicos después de los shows; o bien concinaba en su casa y agasajaba a sus comensales con tallarines sumergidos en salsas de hongos, coñac, especias y carnes. Al pianista y director Osvaldo Berlingieri, un gran amigo y colega, le regaló en 1968 la fiesta de casamiento, que además se encargó de animar con su bandoneón.

La noticia del legado no sorprendió a nadie porque Pichuco había sido un tipo muy generoso.

Hasta con los cantores se pasaba de bueno. Se amoldaba a ellos con los vaivenes de su fueye y los paraba unos pasos adelante de los músicos para lucirlos.   

El aire y los duendes

Osvaldo Piro se siente un afortunado. Cuenta que en aquel acto de herencia, Zita Troilo le dio a elegir entre varios cuadrados y él se quedó con el que Pichuco tocaba en sus shows.

Es un Doble A hermoso que debe tener como cien años, como todos los que usamos los profesionales. Fue construido en Alemania y su fábrica quedó destruida en la Segunda Guerra Mundial. Los bandoneones son como Stradivarius, tienen vida eterna ¿sabías? Se hacían con maderas especiales, como el aliso, y con nácar… Bah, el nácar le daba la pinta nomás, porque el secreto está adentro, en el temple del acero. Los bandoneones funcionan con lengüetas de acero y un fuelle en el medio, son bellezas, obras de arte”. 

Aunque lo considera un verdadero tesoro, suele usarlo para componer. “Es maravilloso porque tiene duendes, los que él nos dejo ahí adentro. Troilo es el referente más importante de mi generación: el modelo del bandoneonista, del compositor, del director. A la hora de interpretar, él tenía un fraseo muy especial, tenía el alma en los dedos”.

Tango feroz

En la orquesta de Troilo siempre había lugar para los jóvenes. El mismo se encargaba de formar a los pibes nuevos que se lucían como músicos, cantores o arregladores. Todos querían trabajar con él. En esta larga lista de talentos que crecieron a su abrigo, estaba Astor Piazzolla, un bandoneonista marplatense que en pocos años cambiaría a zarpazos los lenguajes del tango. Estuvo en su orquesta del 39 al 44 como músico y arreglador, hasta que formó la suya propia. La ruptura no fue una pelea, más bien una decantación natural porque Piazzolla pedía pista y Troilo no podía contener más, con su goma de borrar, los vanguardismos que afloraban en las partituras.  El libro Mal de Tango, de Gerardo Varela, recupera la emoción de Piazzolla evocando a Pichuco. “Cada bandoneón tiene su historia. El de Troilo, que me regaló Zita, no es tocable, por lo menos para mí. Yo no acaricio nada. Mis cinco dedos son una ametralladora. Por eso juro que, una vez, el fueye de Troilo me dijo: ¡Ay! Creo que lo lastimé”.

Laura Escalada, la última esposa de Piazzolla, recuerda al Gato y al Maestro: “Yo no estaba en la vida de Astor cuando le regalaron ese bandoneón, lo conocí después. Pero sí lo conocía a Pichuco desde jovencita, porque en 1953 me habían convocado para cantar en El Patio de la Morocha, el sainete que hacía en el Teatro Alvear. Yo era una nena de 16 años, cantante lírica. Todas las noches me tocaba la cabeza y me decía ‘dame suerte, chiquita’. Fueron dos años hermosos, Pichuco era la persona más tierna del mundo. ¡Una noche hasta me llevó a cenar con Zita chorizos a la pomarola, porque yo no sabía qué eran!”.

Sobre la relación de Astor con el regalo de su mentor, reveló: “Él era eléctrico, tenía un energía terrible para tocar… el que tiene coche me entiende, porque cada cual maneja a su manera. Esto era igual: Astor se sentía extraño en ese instrumento, era un hombre fuerte, agresivo… el otro era dulce, un poeta. Recuerdo una entrevista radial que le hice a Pichuco, donde recitó de memoria un poema de cinco minutos. Impecable, y los versos eran bellísimos, escribía muy bien.

Fotografía sin datar tomada en Buenos Aires, Argentina, al bandoneonista y compositor argentino, Astor Piazzolla.

El último fueye vivo

Raúl Garello vivió hasta septiembre de 2016 y forjó una historia de gran renombre en el tango, como músico, compositor y director. Estuvo doce años junto a Pichuco: fue primer bandoneón de su orquesta y su último arreglador. 

“Cuando Zita me dijo que me había dejado uno de sus fueyes, casi me muero. Eran cuatro instrumentos, en realidad: uno negro liso, creo que el que le habían regalado de chico; el segundo, marrón 3/4 nácar, con el que había actuado la última noche y que se quedó Piro. El tercero, todo nácar, fue a las manos de Piazzolla; y el cuarto, que me dieron a mí, era un 3/4 nácar que me gustaba mucho porque Pichuco siempre me lo prestaba cuando yo mandaba el mío a afinar. Una sola vez grabé un tango con él: hicimos un solo con Goyeneche, Viva el tango, que fue uno de sus últimos discos”, reveló Garello en una de sus últimas entrevistas. 

Garello cuidó el instrumento por 32 años, hasta que en 2007 decidió donarlo a la Academia Nacional del Tango. “Puse dos condiciones: que siempre estuviera exhibido y que cada veinte días lo tocaran los buenos bandoneonistas y los pibes talentosos”. 

Pichuco dejó 484 registros discográficos con sus orquestas y compuso 61 melodías, diez de ellas para temas instrumentales. Hay tangos, pero también milongas y valses. También escribía poemas: ¿Qué tanguero no recuerda el anteúltimo verso de Nocturno a mi barrio?  “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Pero cuándo? ¿Cuándo? Si siempre estoy llegando.” •