Son las diez de la mañana de un sábado gris y húmedo de otoño en Chacabuco, provincia de Buenos Aires. Romina Díaz lleva zapatillas de lona, calzas de algodón, el pelo atado en un rodete y rastros de maquillaje en sus ojos. Recién se levanta. Abre la puerta de su departamento y sobre la mesa asoman cajas vacías de empanadas y restos de una noche entre amigos. En otro ambiente, el televisor encendido en un canal de aire, tendederos repletos de ropa, una pava sobre la hornalla de la cocina, el mate ya preparado y dulce. Romina no tiene apuro por ordenar, sacar la basura o hacer la cama: es una casa habitada por una persona sola.

Chacabuco es una ciudad de 39 mil habitantes, ubicada a 213 kilómetros de Capital Federal, al noroeste de la provincia de Buenos Aires. Allí se crió Romina, lejos de un padre desconocido y de una madre que no pudo con sus hijos. Hoy tiene 23 años y creció rodeada de veinticinco chicos en el Hogar de Niños Máximo Gil, una institución con más de tres décadas de historia que protege a víctimas de abuso y con los derechos vulnerados. De allí se fue en 2012, cuando tenía 16 y el Juzgado autorizó que saliera junto a su novio mayor de edad. La espera por una familia había terminado y Romina egresaba casi con autonomía, pronto cumpliría 18 años y no había sido adoptada.

"Acá duermen las chicas más grandes, acá las más chiquitas, allá los varones y acá los bebés", cuenta Romina mientras hace un recorrido por el hogar. El lugar al que siempre vuelve.

El Hogar Máximo Gil de Chacabuco es una casona antigua de una sola planta, con pisos calcáreos y aberturas de hierro. Ahora los chicos están repartidos en distintas salas: algunos miran televisión, otros hacen las tareas, otros se cortan un pedacito de torta con grageas de colores. La cocina industrial y los calefactores están protegidos con cercos de rejas y el centrifugado del lavarropas se oye constante como un cepillo en un aserradero. Son dos docenas de chicos que deambulan entre la sala de juego, el comedor y el hall.

Romina vuelve siempre al hogar Máximo Gil a visitar a los niños que comparten la misma historia que ella.

Y aunque ya no vive allí, Romina extraña el griterío. "Acá vivís con chicos gritando todo el tiempo. Renegaba de eso pero ahora que vivo sola, lo extraño. Y la comida también extraño, hacen unas empanadas muy ricas", cuenta.

Romina saluda a las “tías”, aquellas empleadas que comparten el día con los chicos en tres turnos, quienes cocinan, lavan la ropa, limpian y los alistan para ir a la escuela o ayudarlos con la tarea.

"Mañana vengo y hacemos ñoquis, ¿dale?", promete Romina a una de las chicas de 16 años que aún vive allí.

Cierra la puerta y cruza la calle. Enfrente del hogar vive Norma Gil, la directora de la institución, una mujer que dedicó su vida a luchar por los derechos de los chicos. Romina toca timbre y pasa sin esperar respuesta. Está abierto. Esa puerta siempre está abierta para ella. Adentro, Norma y su marido Raúl la esperan con mate y galletitas.

El 3 de febrero de 1995 Romina nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires. Cuando tenía poco más de un año ya vivía en un hogar junto a sus hermanos y los fines de semana su madre los buscaba para compartir dos días; luego, los volvía a llevar. A los cinco, se escapó de una institución de monjas y tomó un remis a la casa de su abuela. A los siete, su madre se presentó en el Juzgado de Menores y la puso en adopción: tomó la birome y firmó todo lo que había que firmar. Lo que vino después fue una infancia entre jueces, psicólogos, medicamentos, burocracia, instituciones de menores y gente que se presentaba sonriente, dispuesta a dar amor, y fracasaba. Sus años de niña se escurrieron como un puñado de arena entre los dedos y la adolescencia llegó con la certeza de que no aparecería una familia: era tiempo de protegerse sola.

“Mi esperanza se agotaba, sí, yo me daba cuenta. Una se pregunta ´ ¿Y a mí quién me va a adoptar?´, porque nosotros sabemos que no buscan chicos grandes, buscan entre cuatro y ocho años. Los chicos grandes también necesitan familia y son muchos los perjudicados porque no la encuentran”, cuenta Romina. Y aunque parezca que esta es la única dificultad, el camino no es más sencillo si esa familia aparece.

"También es difícil, de la noche a la mañana, instalarte en una casa que ya tiene sus reglas y vos no sabés cómo desenvolverte ahí porque venís de un lugar con otras normas. Se equivocan cuando te dicen con emoción ¡Encontramos una familia que te quiere adoptar!, vos en tu interior pensás "otra vez pasar por lo mismo". Llega un momento en el que realmente decís "ya está, no busques más".

Entre los 7 y los 16 años Romina Díaz tuvo cuatro intentos de adopción. Primero con una señora viuda, con ella compartió cuatro fines de semana de adaptación y al quinto no la fue a buscar; siete años después, la misma mujer volvió y esta vez la convivencia no funcionó. Enseguida otra familia se interesó en adoptarla y una causa judicial interrumpió el proceso, aunque Romina no puede asegurar que ese haya sido el verdadero motivo. Tiempo después se vinculó con un matrimonio con hijos pero otra vez fracasó. El día que se fue de esa casa supo que la espera terminaba. Ese día comenzó a planear una vida sin padres.

Romina Díaz a los cinco años, durante un acto escolar.

Romina tiene seis hermanos –actualmente los ve muy poco- pero ella fue la única entregada en adopción. Y por decisión de su madre.

–Nos peleamos y me dio en adopción. Yo tenía siete años. Mis hermanos estaban en distintos hogares y la veían seguido. Con el tiempo entendí que me salvó con lo que hizo, porque mis hermanos atravesaron cosas horribles. Yo la enfrentaba, era mi forma de defenderme. Eso me salvó.

–¿Conservás algún buen recuerdo de tu mamá?

–Me cuesta recordar momentos buenos. Algunos fines de semana estábamos con ella y los domingos se levantaba tarde pero nos cocinaba. Ese era el único momento bueno: cuando mi mamá nos cocinaba. Pero después se hacía la hora y tenía que llevarnos de nuevo al hogar.

Según Graciela Fescina, directora nacional de DNRUA (Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos) dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de Nación, en la actualidad los legajos inscriptos y en condiciones de ser solicitados para un caso son 5471. Es un total de 9782 personas listas para adoptar: 4243 matrimonios, 68 parejas y 1160 monoparentales. Sobre la disponibilidad, 4772 legajos (87%) son familias que están anotadas para adoptar a niños o niñas de 0 a 4 años, de ellos, 220 legajos (4%) aceptan exclusivamente a un bebé de hasta un año; para chicos de hasta 10 años hay 295 legajos (5%) inscriptos y, a partir de los 10 años, 73 legajos (1,3%).

La Dra. Fescina estima que por año se concretan 500 guardas con fines adoptivos y asegura que el deseo de adoptar un bebé tiene que ver con la semejanza de la llegada de un hijo biológico. "Desde esta Dirección se realizan charlas informativas para personas que empiezan a pensar en la adopción y encuentros para personas que ya están inscriptas en los cuales se plantean qué niños están en situación de adoptabilidad, los cuales no son mayoritariamente bebés. Se proyectan, además, testimonios de personas que adoptaron niños más grandes o adolescentes intentando transmitir esas experiencias", cuenta.

Romina ahora comparte la mesa con Norma, la directora del Máximo Gil. Ellas coinciden en que la Justicia de menores, en la mayoría de los casos, es responsable de arruinar los procesos.

“El Juzgado se cubre la espalda permanentemente, siempre tiran para el lado de la familia biológica sin pensar en los chicos”, comienza Norma. Y Romina la interrumpe: “cuando te están por adoptar, apelan a tus padres de origen. El Juzgado les da prioridad a ellos, no a nosotros. Lo único que hacen es arruinarla”.

Norma continúa mientras Romina vuelve la mirada a la pantalla de su celular. "No quieren líos. A veces me enojo tanto… Les digo ´para qué me hacen gastar papel y lápiz si nunca avanzan y me viven pidiendo informes, ¿Qué están esperando, qué el pibe tenga doce años y nadie lo quiera´. Hace más de cuatro años que no viene un juez al hogar. La adopción nunca sale, yo te lo puedo decir. Que alguien me explique dónde están los derechos de los pibes".

Romina Díaz junto a Norma Gil, la mujer a cargo del Hogar Máximo Gil.

Desde el Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos indican que, en general, el proceso de inscripción y aceptación del legajo lleva entre seis meses y un año, dependiendo de cada jurisdicción. En la sentencia de situación de adoptabilidad de una niña, niño o adolescente el juez debe disponer que se remitan, en un plazo no mayor a los diez días, el o los legajos de aspirantes a guarda con fines de adopción seleccionados por el registro de adoptantes y el organismo administrativo que corresponda, a los fines de proceder a dar inicio en forma inmediata al proceso.

En caso de encontrarse postulantes, se da comienzo a una etapa de vinculación en donde los adultos y los niños se conocen y el paso siguiente es la guarda con fines de adopción, que tiene un plazo máximo de seis meses. Luego de la guarda, el juez interviniente inicia el proceso de adopción que es el que emplaza a la niña, niño o adolescente en el estado de hijo de los guardadores.

–¿Qué pasa cuando los chicos están próximos a la mayoría de edad y no fueron adoptados?

Norma la mira a Romina y contesta.

–Es el caso de ella. Nosotros intentamos que salgan del hogar con la mayor autonomía posible. Buscamos que terminen la escuela secundaria porque la educación es lo único que nos hace libres. Yo les digo que no tienen que faltar a clases ni llegar tarde, porque de esa manera se preparan para trabajar en el futuro, para asumir responsabilidades. Pero la burocracia les arruina la vida, los dejan criar en un hogar y ese no es el lugar para ellos, todos merecen una familia. Los pibes se vienen grandes, muchos de ellos violentos ¿Y cómo queremos que no sean violentos? ¿Qué va a hacer el pibe, si ve que no tiene futuro, que está parado en un lugar y no sabe a dónde va a ir? Es horrible. Es frustrante.

El día de su cumpleaños de quince -organizado por los compañeros de la escuela- Romina entró al salón de fiestas con una canción emotiva, lució un vestido hecho a medida, se calzó zapatos a estrenar y una peluquera se ocupó del peinado y maquillaje. Fue una noche soñada, como la de cualquier adolescente. Es que en el hogar se ocupaban de que todas tuvieran su inolvidable noche de quince.

Hoy puedo decir que el hogar es mi familia-cuenta Romina- siempre lo fue. "Gracias a ellos soy la persona que soy y por eso voy seguido, a devolver un poco de todo lo que recibí. Ellos se siguen preocupando por mí, me preguntan si estoy bien o si necesito algo, y yo voy a charlar con las chicas más grandes, a cocinar, a dar una mano".

Romina Díaz vive sola en su departamento y trabaja en una fábrica de galletitas y en una pizzería.

Cuando salió del hogar Romina terminó la secundaria, fue niñera y empleada en un kiosco. Actualmente trabaja de lunes a jueves en una fábrica de galletitas y de viernes a domingo en una pizzería. También estudia y paga todos los meses el alquiler del departamento.

Pero a pesar de su autonomía, Romina no se imagina un futuro en familia. "Ya no pienso en eso", sostiene. Es que teme que algún otro chico pase lo mismo que ella.

Después de salir de lo de Norma, Romina cruza al hogar y pregunta a las “tías” si quedaron empanadas. Le responden que no, que hoy comieron milanesas. Se lamenta y dice que bueno, que no importa, que se va para su casa, que ya son casi las dos de la tarde y que tiene que preparar algo para almorzar. Después, quizás, se tire un rato a dormir la siesta antes de volver a trabajar.