Por Juan Manuel González.

Hace 17 años, Marcos Castagno se hizo famoso por ser el “inventor” de la cafetera parlante. Tocó el cielo con las manos, se emborrachó de micrófonos y cámaras, descendió al infierno cuando se supo que todo había sido una fábula, y resucitó al reinventarse una vida en la que trabaja todos los días para forjar los sueños de sus hijos.

Es un miércoles de octubre de 2017. Marcos Castagno frena el camión enorme,que maneja por las rutas del país, baja la ventanilla e invita a subir. Está a punto de tomar la avenida de Circunvalación de la ciudad de Córdoba. En la cabina del camión, que también es su casa en esas interminables jornadas en la ruta, hay casi de todo, menos café.

Lo que sigue es un retazo de su vida, un viaje en el tiempo hasta aquel abril de 2000, cuando estrechó la mano del por entonces gobernador De la Sota y dijo que se iría a estudiar a Japón por un invento que jamás existió. “Alguna gente me dice que yo engañé a los políticos, que siempre le mienten a la gente. Pero para mí fui un pobre guaso que perdió su sueño de estudiar electrónica por no tener un peso. Por eso hago todos los viajes que puedo, para que mis hijos nunca estén en la situación que yo estuve, cirujeando por una beca”, dice Marcos. El viaje recién comienza.

Todo en esta historia de Marcos pasó luego: hoy no sería extraño una cafetera con comando de voz, es posible consultar desde un teléfono qué ómnibus conviene tomar y es común que una falsa noticia se viralice. Pero cuando esto que aquí se cuenta pasó, internet era aún un embrión. “Lo de la activación por voz fue mi idea, pero yo no tuve la plata para desarrollarla”, dice Marcos, mitad en broma y mitad en serio.

“Mi idea” era la famosa cafetera parlante: una expendedora de infusiones que funcionaría con un comando de voz en cinco idiomas, que de yapa brindaría información de los recorridos del transporte urbano y permitiría acceder a una base de datos para buscar el número de teléfono publicado en esa reliquia del siglo 20 llamada “guía telefónica”.

“El proyecto estaba en mi cabeza. Yo tenía bocetos, dibujos. En eso no mentí. Sí mentí al decir decir que tenía el prototipo, que es hacer los circuitos. En eso me equivoqué, ese fue el moco”, dice Marcos.

Del pueblo a la ciudad. Había llegado a la ciudad de Córdoba con un trabajo de changarín y una beca de la Municipalidad de Las Varillas, su pueblo. Así comenzó a estudiar ingeniería electrónica en la Universidad Tecnológica Nacional. ¿El país? Al borde del abismo.

Él dice que a la carrera “la iba llevando”, como ahora lleva este camión hacia el norte del país, a su nuevo lugar en el mundo: Las Lajitas, Salta, donde formó una familia que tiene casa propia, auto, vacaciones y la posibilidad de soñar con un futuro mejor. Allí se radicó meses después de que todo se derrumbara: su “invento”, su sueño de ingeniero, su país. El camión fue mucho más que un trabajo para Marcos, fue el nuevo destino de vida.

Aquel “laburito” y la beca lo ayudaban a mantenerse como estudiante en esa Córdoba de principio de siglo, una misión imposible de afrontar para sus padres, un sencillo trabajador rural de la pampa gringa y una ama de casa. “Pero me quedé sin el trabajo y laburo no había. Entonces pensé que iba a hacer cualquier cosa para mantener la beca; y, si era necesario, por ahí mentir”, dice Marcos. Entonces empieza a construirse la fábula.

Marcos cuenta que para mantener la beca, quiso impresionar a sus vecinos de Las Varillas, convencido de que lograría que el intendente de entonces la renovara. Hizo imprimir falsos diplomas y acuñar falsas medallas de competencias universitarias inexistentes, en las que siempre resultaba ganador con su invento: la cafetera parlante.

“Y se corrió la bola de boca en boca en mi pueblo (Las Varillas), hasta que el director del colegio del que había egresado me invitó a dar una charla a los estudiantes para motivarlos. Así llegó una nota de la radio del pueblo. Después, otra nota en La Voz de San Justo. Hasta que llegó a Cadena 3 y ¡pum!, explotó”.

Ese “explotar” bien podría traducirse a “viralizar”: Marcos fue viral. Y su “premio al mejor estudiante del siglo”, una noticia falsa de esas que pueblan hoy las redes sociales.

El 20 de abril de 2000, aquella explosión sacudió con fuerza a Marcos, quien con 22 años entraba a su pueblo en lo alto del camión de los bomberos voluntarios, y recibía una ovación de sus vecinos.

Sus profesores le rendían pleitesía. Los políticos de la zona querían una foto con él. Seis días después, José Manuel de la Sota le estrechaba la mano a ese joven con el pelo hasta los hombros, sonrisa de oreja a oreja y un saco enorme. Marcos estaba en la cúspide de su vida, como también lo estaba la mentira que había construido. “Vivía en el aire. De mendigar una beca pasé a que me parasen en la Peatonal para abrazarme. Me cansé de firmar autógrafos esos días”, dice Marcos, el mate en la mano y la mirada en la ruta.

-¿Qué sentís hoy cuando ves esa foto con De la Sota, recibiéndote como un héroe?

-Por fuera, cuando estoy en reuniones con amigos o en una sobremesa, me causa gracia. Puertas adentro, digo “qué lástima”. Quizá si hubiese tenido una beca, mi destino no hubiese sido el camión, sino una empresa de electrónica. No hay las mismas condiciones para todos los que quieren estudiar. Sí, en la universidad no te cobran, pero tenés que tener mucha plata para la logística.

Ninjas. Demasiado solo y apabullado, Marcos buscó una salida tan ficcional como su premio del estudiante del siglo y su beca para vivir en Japón: dijo que cuando estaba en el aeropuerto de San Pablo (Brasil), un grupo de ninjas lo atacó para robarle los planos y códigos de la cafetera parlante. "Tenía tanta información en la cabeza, y por ahí no me daba cuenta cómo terminar la historia. Vivía en un mundo aparte, paralelo", dice de aquel cinematográfico fin del proyecto de sus sueños.

-¿Cuándo te das cuenta que se te cae toda la estantería?

-Yo seguía porque había logrado mucho fictíciamente. Haber inventado algo que no existía era un logro. Y estaba convencido que me iba a llegar la beca, por inteligencia, por astucia. Pero en marzo de 2001, me di cuenta que la beca jamás llegaría. Ahí me subí el camión. De estar seco, tirado, pasé a tener mi plata, a viajar, me enamoré; y ahí ya dejé por completo el sueño de estudiar.

-A 17 años, ¿qué piensa este Marcos Castagno de aquel Marcos Castagno?

-Hoy digo “pobre vago”. Anduvo mendigando una beca. Lo compadezco. Hoy que le pase eso a un chico, que mendigue la posibilidad de estudiar… Lo pienso como padre. Mierda, no pedía nada raro ese vago, pedía seguir estudiando y le cortaron las alas. A mí me tocó remarla solo. Solo, solo. Uno es reacio a ver la realidad: yo estaba convencido que iba a seguir estudiando, porque era lo que me gustaba. Fue un pedido de ayuda, no una estafa.

Marcos frena el camión en Jesús María. Le quedan 17 horas de viaje hasta su nuevo pueblo, allí donde reinventó una vida que él define como feliz. En la cabina del camión hay casi de todo, menos café.