El tresarroyense Roberto Cassina fue un referente de las Artes Plásticas. En 1956 recibe un particular, simbólico pero emblemático premio de la mano del prestigioso Quinquela Martín.


Fue un viernes. Los viernes era el día que visitaba a los abuelos y a los tíos en sus respectivas casas sobre la calle Brandsen al 200. Eran dos amplios departamentos. En el primer piso vivían los abuelos y en la planta baja “Lilo y Pipo” Bianculli.

Al ingresar a la casa de los tíos, sentado en uno de los sillones de un raro estampado floreado bordó y gris, había un señor de pelo blanco, que vestía saco y pañuelo al cuello y a quien yo no conocía. Saludé.

“Este señor es quien pintó ese cuadro” dijo el tío “Lilo” señalando hacia la entrada. Esa pintura era lo primero que se podía observar cuando se traspasaba la puerta de ingreso a su casa, estaba colgado arriba del combinado. 

Aquella pintura era inmensa, al menos lo era para mí en aquellos años, casi casi de mi altura; representaba un florero de boca ancha que contenía unas flores de pétalos blancos y alargados pintados en un fondo color verde pastel.

“A tu abuelo también le regale un par de cuadros, hace unos cuantos años. Espero que todavía los conserve” – me dijo sonriendo aquel hombre.

Ese fue el día que conocí a Roberto Cassina.

Roberto Cassina (archivo)

Picardía de infantes, de las cuales hoy me arrepiento, por aquellos años las conversaciones de los adultos me aburrían. Me despedí y subí a la casa de los abuelos a buscar los cuadros que Cassina mencionó. El primero también era un diseño floral; un centro de mesa oval lleno de crisantemos naranjas sobre un fondo amarillo verdoso, en el segundo tres mujeres toman mate sentadas en un banco, fuera de su rancho y bajo un árbol de pocas hojas y la inmensidad de la pampa por detrás.

Roberto Cassina (archivo)

Los diseños florales de Roberto Cassina fueron su sello personal, cuadros llenos de colores, brillos y de alegría. Tuvo su momento de mayor esplendor en los años 50 cuando llegó a exponer sus obras en Capital Federal, La Plata y Bahía Blanca. Sus obras fueron expuestas entre otros tantos lugares, en el Ministerio de Educación de la Nación; Comisión Nacional de Cultura, Instituto Nacional Sanmartiniano, Lotería Nacional y Casinos, Museo de Bellas Artes de la Boca y en cientos de galerías a lo largo y ancho del país.

Roberto Cassina, diseño floral

“Yo pretendo reflejar mi sinceridad en los cuadros que pinto. Los he sentido siempre así, sencillos y claros; y creo que ese mensaje que traduzco es bien comprendido por el público. Si hiciera otra cosa en un intento de pretendido Modernismo el resultado sería una falsificación de mi personalidad” expresó Cassina en una entrevista, quizás su simple manera de observar y vivir el arte, lo llevó a conseguir entre sus muchas distinciones y premios, el reconocimiento, quizás no más prestigioso de su carrera, pero sin dudas, el más significativo a nivel personal.

En la década de 1920, en Buenos Aires, un grupo de intelectuales y artistas que fueron expulsados del café bar “La Cosechera” comienzan a reunirse en el sótano del Café Tortoni y fundan “La peña del Tortoni” un lugar neutral donde convergen, artistas, hombres de teatro y escritores de todas las tendencias con el fin de fomentar y proteger las artes y las letras. Entre los integrantes más distinguidos se encuentran: Benito Quinquela Martín, Roberto Arlt, Alfonsina Storni, Lola Membrives, Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges, Xul Solar, Baldomero Fernández Moreno, Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga entre otros notables de la época.

Peña del Café Tortoni (web)

Aquellos locos y bohemios, adictos al arte y a las letras, fueron nuevamente expulsados luego de dos décadas de reuniones en los bajos del Tortoni. Es Quinquela Martín quién recoge el guante y en el año 1948 crea una nueva congregación de artistas bastante particular: “La orden del Tornillo”, creado para homenajear a los artistas más destacados de la Argentina y del exterior.

Benito Quinquela Martín

Quinquela decía que había gente tan especial, tan creativa, que le hacían bien a la humanidad, pero que estaba un poco loca, que le faltaba un tornillo, por lo cual decide fundar esa Orden en la cual el propio Quinquela como maestro de ceremonias, vestido con un traje de Almirante y cocinando fideos de colores para todos los tertulianos , luego de los postres, nombraba a los homenajeados “Caballeros de la Orden del tornillo” y les entregaba como condecoración, un gran tornillo atado a un cordón de colores…era el tornillo que le faltaba. A través de los años fueron nombrados Caballeros del tornillo artistas de la talla de Mariano Mores, Tita Merello, Luis Sandrini, Lola Membrives y hasta el gran Charles Chaplin, premio que recibió su hija Geraldine con gran entusiasmo.

Geraldine Chaplin recibe en nombre de su padre, “La Orden del Tornillo”

En 1956 ese particular, simpático, emblemático y simbólico premio cayó en manos de nuestro Roberto Cassina, una distinción quizás intrascendente pero llena de simbolismo y de respeto a la fidelidad de su arte.

En su prolífica carrera como artista plástico Roberto Cassina realizó 166 exposiciones, la última de ellas en la confitería “Aristóbulo” en abril de 1984. En el difícil camino del arte su obra no tuvo la trascendencia merecida y sus creaciones hoy carecen de valor.

Dicen que murió olvidado, pero me niego rotundamente a creerlo y a aceptarlo porque quedan sus cuadros, sus reportajes y sus palabras; quedan sus flores, su alegría y sus colores decorando paredes de galerías y de casas particulares; y quedan estas letras que intentan rescatar del olvido su persona, su obra y su locura artística, locura que le valió un tornillo, un simbólico tornillo con el cual trascender.




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