Días pasados, unos obreros que hacían un pozo en el patio de una casa de la calle Moreno, en Toay, para colocar una pileta, se encontraron con un obstáculo que no les permitía continuar en profundidad.

Al cavar alrededor, descubrieron partes de un auto de carrera en las que se podía ver el número con el que compitió, restos de la jaula antivuelco y algunas publicidades pintadas en la carrocería.

El particular hallazgo fue contado en las redes sociales por el vecino Pedro Vigne, policía retirado y aficionado a la historia, que pudo hilvanar los acontecimientos pasados y los compartió ilustrando con algunas fotos.

Vigne junto a los restos del auto (Facebook Vigne)

El auto es un Ford Fairlane que participó con el número 67 pintado en la puerta en el Supercar Pampeano entre 1996 y 1998 al mando del piloto Feliciano Rau, con el joven Ávila como copiloto.

Vigne cuenta que el vehículo había sido adquirido por un grupo de amigos de Toay que armó una peña para solventar los gastos que demandaría su participación en las competencias, logrando el apoyo de comercios locales y de la Municipalidad.

Pero los resultados no fueron los esperados, y los desperfectos mecánicos sumados a las diferencias de criterio entre quienes estaban a cargo del proyecto condujeron a que uno de aquellos amigos decidiera terminar con la cuestión y enterrar el auto en el patio del taller que funcionaba en ese lugar por entonces.

Dicen que después de un asado y con algunas copas demás, le sacaron el motor, las ruedas, el volante, el diferencial y sepultaron el chasis con la carrocería para terminar con las diferencias.

Una pala mecánica en la tarea de retirar los restos, con la dueña de casa observando (Facebook Vigne)

El historiador cuenta que lo enterró un tal Larregui, que era el único que tenía las máquinas para hacer el trabajo. Y ahora, 23 años después, la dueña de casa, Gabriela De Lillo, lo volvió a contratar a él, ya que es el único que sigue teniendo la pala mecánica. Paradoja del destino.

En la tarea de desenterrarlo, el auto se fue desarmando, corroído por el óxido, y fue saliendo en partes, en las que aún se ven las publicidades que auspiciaban las competencias: “Panadería La Carlota”, “Autopiezas 9 de Julio”, “Frigorífico Toay”, “YPF El Cruce”, y “Transporte Arteaga”, entre otras.

Vigne confesó que aspiraba a que pudiera ser rescatado entero para mostrarlo en su museo del deporte pampeano, pero que a pesar de todo consiguió que la dueña de casa le donara los restos que igualmente piensa poner en exhibición, como testigos de un trozo de historia local.

En la tarde de este lunes, el expiloto Feliciano Rau, hoy con 61 años, le contó a La Arena que “yo era el piloto de ese auto. Eramos cinco socios que lo compramos en el ’95 y lo pusimos en el Supercar Pampeano pero solo por participar, porque nunca ganamos nada”.

El historiador junto a algunos de los restos que pudieron ser rescatados y que exhibirá en su museo del deporte pampeano (Facebook Vigne)

“El auto corrió durante el ’96 en Río Colorado, en Arata y algún que otro circuito. No andaba tan bien porque era muy viejo, modelo 1969 o 1970, sólo era para participar. Lo armamos con lo poco que teníamos, si ves la pintura era muy precaria, pero igual anduvo. En las puertas tiene escrito mi nombre”, recordó.

Rau rememoró los detalles de los malos resultados en las competencias y de las desaveniencias entre aquellos socios, explicando que aquel día, el del asado, el de la disputa, “uno dijo que nadie se iba a quedar con nada, que al auto lo iban a enterrar”.

Y así fue. Allí estuvo hasta ahora cuando el azar quiso que volviera a salir a la superficie, reflotando las partes de la historia, reviviendo los trozos del rompecabezas de la vida, y con la paradoja de ser desenterrado por el mismo hombre que lo enterró.