Hay un capítulo de Black Mirror que vi varias veces. Se llama “Toda tu historia” y está ambientado en un futuro cercano, en el que la gente lleva implantado detrás de la oreja un chip que permite grabar lo vivido y revisar el pasado. Me impacta el planteo de ese posible “mañana” que es casi un “hoy”, y más aún el tema de la memoria. ¿Llegará el día en que podamos retener, de verdad, todos los recuerdos? ¿O borrar un pensamiento desagradable con un botón? Para charlar sobre estos temas fascinantes, entrevisté al Dr. Jorge Medina, “padre de la Neurociencia argentina”, y reviví ese vértigo futurista: me contó que uno de los grandes desafíos de los científicos y científicas locales es descubrir cómo “modificar la duración de los recuerdos” para atenuar aquellos que son más traumáticos. Y que la ciencia no está tan lejos de lograrlo... Mientras me asombro con Black Mirror, el futuro ya llegó.

“Borges dijo una vez: ‘¿Qué es lo que yo recuerdo? ¿Es el recuerdo original o la última vez que recordé lo que recordaba?’”.

El simpático trabalenguas que nos propone el neurocientífico Jorge Medina cobra mucho sentido si queremos adentrarnos en el laberinto de la memoria y el olvido, ya que la Neurociencia considera que los recuerdos humanos originales están tan profundamente “archivados”, que lo que evocamos son las capas más superficiales de esa cebolla infinita que es el cerebro.

El Dr. Medina es Investigador Superior del CONICET, está al frente del Laboratorio de Memoria de la Facultad de Medicina de la UBA y es uno de los neurocientíficos más respetados del mundo por sus teorías sobre la memoria. Este 11 de noviembre, recibió el Premio Fundación Bunge y Born 2020 por sus aportes a la Neurociencia Experimental, pues ha logrado explicar cómo funcionan los mecanismo químico-eléctricos cerebrales que guardan la información y cómo el cerebro controla que una “memoria” –así llama él a cada recuerdo– dure años, meses, días o instantes. Otro de sus hallazgos relevantes es una proteína llamada “factor neurotrófico derivado del cerebro” (BDNF, en inglés), que es esencial para la retención y evocación de experiencias.

En esta charla telefónica para Rumbos (que curiosamente trató sobre recuerdos pero fue una llamada al futuro), hablamos de evocaciones que son como chispas, de los gritos de su madre frente al semáforo y de una aspiración científica que parece salida de un libro de Ray Bradbury.

Doctor Medina, usted suele decir que los seres humanos somos máquinas de olvidar, más que de recordar. ¿De qué depende que retengamos algunas cosas y otras no?

Básicamente se dan dos factores: uno es la novedad, lo que es novedoso tiende a guardarse más. Pero sobre todo persiste en nuestra mente, generando cambios neuroquímicos y funcionales en el cerebro, lo que nos resulta relevante a nivel emocional. De allí que los traumas infantiles repercutan toda la vida; a veces los tenemos presentes y otras son inconscientes, pero el cuerpo los recuerda siempre.

¿Todos los recuerdos responden a nuestra individualidad o existen algunos que son universales, propios de la especie humana?

Es una vieja discusión de la ciencia que no está saldada. Yo creo que si bien hay algunos recuerdos innatos, la mayoría los genera cada persona; y en tal caso, puede darse que varios recordemos lo mismo o algo parecido a partir de haber compartido una experiencia.

Escuché a psicólogos decir que cada vez que relatamos algo que nos pasó, lo contamos de una manera distinta. ¿Desde su disciplina se cree lo mismo?

Así es. En Neurociencia eso se llama “reconsolidación de las memorias”. En la Argentina tenemos dos grupos de investigación pioneros en el tema, de un total de cinco a nivel mundial. Hace unos catorce años, con mi equipo del Laboratorio de Memoria publicamos un artículo que sostenía esto mismo: aquello que recordamos de un episodio emocionalmente importante, la muerte de un ser querido, por ejemplo, no es igual a los diez días, al año o a los diez años de ocurrido. Con el tiempo nos olvidamos de algunos detalles y surgen otros. Y esto va ocurriendo en todas las personas, por lo que llega un momento en que los recuerdos de toda una familia sobre aquella muerte son distintos. Asombroso.

¿Estos mecanismos “para el olvido” que se desencadenan en el cerebro, son como una chispa que ocurre en un segundo o se dan a lo largo del tiempo?

Algunos suceden como una chispa y otros, horas o días después del estímulo. Si te pasa su teléfono alguien que no te importa, te lo vas a olvidar enseguida; ahí está la chispa, un olvido casi instantáneo. Pero otros mecanismos se dan entre las 24 y 48 horas; por ejemplo, cuando pasa algo que sí nos interesa pero tenemos mala memoria. Guardamos ese recuerdo, pero recién dispondremos de él una semana o un mes después. Por último, existe otro tipo de olvido que se da cuando dos recuerdos similares compiten, y entonces el cerebro olvida uno para poder recordar el otro. A ese lo llamamos “olvido inducido por la evocación” y en la Argentina lo están investigando la Dra. Noelia Weisstaub y el Dr. Pedro Bekinschtein, quienes dirigen el Laboratorio de Memoria y Cognición Molecular, que depende del CONICET, la Fundación INECO y la Universidad Favaloro. Ambos recibieron el Premio Estímulo de la Fundación Bunge y Born.

¿Qué papel juega el descanso en estos procesos químicos y emocionales?

En general, el buen sueño ayuda a guardar mejor los recuerdos. Pero hay un balance muy finito en estas cosas... Interactúan muchos factores.

¿Cómo cuáles?

La química del cerebro requiere de ciertos equilibrios para que todo funcione bien: ni poco ni mucho. Los excesos de estrés, comida, alcohol y hasta de ejercicio provocan desbalances que afectan las memorias. Por ejemplo, el estrés crónico altera el guardado de la información, pero no la evocación. En cambio, el estrés agudo, o sea los estados de alerta, tienden a fijar los recuerdos un poco más. La actividad física moderada mejora el guardado de las memorias, pero cuando es excesiva provoca el efecto contrario. Lo mismo con la glucosa: los niveles de una dieta equilibrada son óptimos, pero cuando son bajos o altos esto repercute en el cerebro. Por eso, quien padece diabetes puede tener más dificultad para recordar. Ahora, en la pandemia, es probable que el estrés que experimentan muchas personas esté afectando el guardado de las memorias y también la evocación.

¿El recuerdo original, lo primero que archiva el cerebro, queda guardado en alguna parte?

Hay memorias originales, sobre todo las que vienen de la infancia e incluso fetales, pero están como olvidadas; o mejor dicho, muy protegidas por nuestro cerebro. Son casi inaccesibles. Cuando evocamos, en realidad accedemos a otras capas de memoria superficiales, que son como las catáfilas de una cebolla y no tienen que ver exactamente con el recuerdo original y, a su vez, lo modifican otro poco.

En una ponencia usted señaló que un desafío de la Neurociencia es “modificar la duración de los recuerdos” para olvidar los que son traumáticos...

No digo olvidarlos, pero sino atenuarlos fuertemente, porque algunas memorias son tan intrusivas, que generan ataques de pánico o cuadros de estrés postraumático. Pero ojo que hay memorias traumáticas que nos sirven porque nos cuidan. De chico, yo aprendí a los gritos que no debía cruzar la calle. Todavía recuerdo esos gritos maternos. El tema son las memorias gravemente traumáticas, como las de un accidente o una guerra. Hay intentos de terapias conductuales. Y otra opción sería encontrar una solución farmacológica que específicamente “toque” los mecanismos de durabilidad de las memorias, disminuyendo ese efecto violento del trauma.

¿En qué instancia están esas investigaciones?

Van a llevar un tiempo, pero no una eternidad. Sobre la durabilidad de la memoria, conozco solo dos o tres trabajos en el mundo, uno de los cuales es nuestro. Estamos en una etapa incipiente y nada puede ser concluyente en humanos porque recién estamos buscando en el laboratorio que los animales olviden. Y no podemos hacer experimentos en humanos.

Seguramente estallarán los debates éticos cuando la ciencia logre modificar ese tipo de recuerdos.

Entre científicos el debate ético ya está recontra instalado. La manipulación de la memoria está rodeada de circunstancias éticas insoslayables.