Por Gustavo Grazioli.

Por lo general, se dice que la tecnología llegó para facilitar la vida de las personas y que las redes sociales arribaron a la diaria para conseguir pareja o acortar las distancias entre familiares, amigos que viven dispersos a lo largo y a lo ancho del país o del mundo. Si bien hay muchos factores positivos en estas herramientas, lo cierto es que surgen preguntas, dudas y problemas que afectan en menor o mayor grado a sus usuarios. Una buena explicación se puede encontrar en el documental "El dilema de las redes sociales", que se puede ver en Netflix. Esta película lo que plantea es que la explosión digital, además de cambiar drásticamente a las sociedades, tiene una búsqueda objetiva por parte de Google, Facebook, Twitter y demás apps, en lo que respecta a la conformación de perfiles virtuales para que los algoritmos ofrezcan la información acorde a cada usuario. En pocas palabras: manipular los clicks, los gustos y las decisiones.

Por otro lado, además de manipulación y polarización social, lo que desató la explosión digital es el crecimiento de casos de delitos virtuales. Muchas veces se ha escuchado hablar de estafas por una compra en un Hot Sale, Mercado Libre o que a alguien le clonaron la tarjeta de crédito. Esas historias llegaban por algún tercero que tenía un conocido al que le pasó o a través de alguna noticia perdida en algún diario, pero no eran parte de una investigación exhaustiva. Sebastián Davidovsky, periodista de amplia experiencia en temas relacionados con tecnología, atento a esta situación desde las notas que escribe para La Nación y alentado por sus compañeros de radio de los programas No dejes para mañana – donde comparte aire con María O'Donnell– y Tarde para nada, ambos emitidos por Radio con vos, se animó a escribir Engaños digitales, víctimas reales, un libro que profundiza sobre historias de engaños por internet y hackeos en Argentina.

Davidovsky indaga sobre casos de abuso infantil que fueron víctimas de grooming, relata casos de mujeres que fueron engañadas por Tinder y describe qué maniobras esconde una estafa monetaria de tipo virtual. Se mete de lleno en situaciones de hackeo en las que se vulneraron la seguridad de las cuentas de Twitter de la ex ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y de la actual en ese cargo Sabina Frederic. Narra con tranco adrenalínico el caso de @Lagorraleaks y muestra cómo un atacante bajo ese usuario logró franquear la seguridad de la Policía Federal y compartir 700 GB de información sensible que, entre otras cosas, contenía escuchas y datos de redes de narcotraficantes. También devela la antesala que se preparó para infiltrarse en una transacción de mucho dinero entre el PSG y Boca Juniors por la venta del volante Leandro Paredes al club francés. En total son nueve historias que buscan que los usuarios podamos manejarnos ante este tipo de situaciones. Aunque, como dice el autor en uno de los pasajes del libro: “lo mejor que te puede pasar es que no te pase”.

-Va a ser complicado volver a hacer click en cualquier link después de que lean tu libro…

-(Risas) En el libro indago sobre lo más oscuro, pero no es mi intención que pase eso. No pretendo que después de que se lea el libro lo más importante sea el miedo a que te roben y que dejes de usar las herramientas digitales. Sí, me parece bien generar conciencia y contar que esto pasa. En general vemos las soluciones, pero no medimos los riesgos y no pensamos que somos parte de un mundo en el que podemos convertirnos en víctimas en cualquier momento.

-Es clara tu intención de educar en lo que respecta a utilización de herramientas digitales: antes de entrar a cualquier sitio o link se va a pensar dos veces...

-Eso sería un triunfo para mí. Más allá de que gusten las historias y que te atrapen, hay una búsqueda narrativa de ir generando suspenso y que empatices con las víctimas. Que no digas: "no puedo creer que hizo esto, yo nunca lo haría". Hay que pensar que la calle la conocemos hace muchos años y que sabemos sus vericuetos, sus problemas, por donde ir y por donde no ir. En cambio lo digital es bastante nuevo. Y ni hablar después de la pandemia. Nosotros en lo digital, y es lo que planteo en el libro, a partir de marzo entramos en un exilio analógico. A mucha gente la desterraron de su lugar natural de ir al banco, hablar con compañeros de trabajo, ir a la escuela. Son innumerables las cosas que pasaron y que potenciaron el uso de herramientas digitales. El tema es que un tema es adoptar esas herramientas y otra cosa muy distinta es saber utilizarlas con seguridad.

-¿Cómo trabajaste el caso de la Policía Federal?

-Lo que quise hacer con esa historia fue explorar algo que no estaba muy claro hasta ese momento y poner sobre el tapete cómo había caído la policía. Intento mostrar las fallas de infraestructura. Es una cadena de fallas que terminan con una filtración masiva de datos. Me interesó contar los detalles de esa falla en la seguridad digital porque es lo que nos va a hacer prestar más atención. Todas las historias tienen ese detalle de cómo cayeron en la trampa. Eso era lo fundamental. Por eso indagué a muchos policías, me leí todos los expedientes para entender lo que había detrás de la causa. Y terminé encontrándome con una cosa bochornosa que llevó a decirme: no sólo le puede pasar a la gente común sino también a organismos estatales.

-Al leer lo que pasó con las cuentas de Twitter de Patricia Bullrich o Sabina Frederic, lo que uno se pregunta es ¿Nadie asesora esa parte de seguridad informática?

-Es una muy buena pregunta. Me genera muchas dudas. Creo que lo primero que te preguntas, cuando hay este tipo de casos, es esto. Pero por otro lado decís "¿qué tan necesario puede ser ese asesoramiento de doble autenticación para una red social?". El tema es que algo muy básico termina exponiendo a una ministra de seguridad que está luchando contra el narcotráfico, y queda en evidencia cómo terceros ingresaron de forma tan simple a información confidencial. Eso habla a las claras de lo potencialmente riesgoso que es lo digital si no tenés mínimos cuidados y más una ministra de seguridad.

-Otra cosa que se ve en este libro, además de los conflictos delictivos, es que se usa mal, o peyorativamente, el término hacker .¿Qué pensás de eso?

-Hay que sacarle esa cosa de tipo con buzo canguro, sentado frente a la computadora, que no se le ve la cara. Es un trabajo. Hacker es como sinónimo de auditor. Hay mucha bronca de esa comunidad por el mal uso de la palabra. Hay mucha gente que labura de eso. Es gente que audita sistemas o que, por ejemplo, prueba los ingresos externos a los bancos. Trato de no decirla mucho por ese tema. Excepto en el caso de la policía, porque fue alguien que vulneró sus sistemas. En general digo delincuentes o atacantes... (reflexiona y sostiene su postura con un ejemplo). Los que ingresaron al sistema de migraciones hace poco y pedían una gran cantidad de dinero para no divulgar cierta información son delincuentes. Están extorsionando a personas o a empresas.

-¿Se podría decir que una de las conclusiones del libro apunta a que todavía falta mucho en materia de seguridad informática a nivel estatal?

-El tema es que cada dependencia hace lo que quiere, no hay una centralidad. Muchos funcionarios utilizan sus cuentas personales para cosas que son del Estado. Eso en Estados Unidos fue un escándalo cuando pasó lo de Hillary Clinton en plena campaña electoral. Se reveló que ella hablaba de asuntos de seguridad nacional desde su cuenta de Gmail. Acá algún día puede llegar a ser un escándalo. No solamente tiene que ver con lo ético sino con temas de seguridad. Falta muchísimo a nivel estatal y faltan protocolos para que todo eso que está digitalizado esté a resguardo. Ya sea con datos personales o con la seguridad de la información a nivel del Estado.

-¿Qué cosas son las que más te sorprendieron en estas formas de ataque que describís en el libro?

-Lo primero, lo fundamental para este libro fue que en todos los casos no hubo contacto físico, lo segundo fue que claramente se notó que hay búsqueda de escala, que no importa demasiado a quién se estafa sino que sean muchas personas, como si se tratara de una pesca con mediomundo. Eso de pensar "a mí no me van a engañar o a intentar robar porque no tengo plata o porque estoy sin laburo". Todas cosas que uno piensa, tratando de no sentirse focalizado como alguien vulnerable para el delito. En general no importa tanto uno o la situación particular de uno. Lo que importa es la escala. Que no haya contacto físico y que haya escala. Vos no podés estar robándole a dos personas distintas al mismo tiempo. Otra cosa interesante es que en el delito virtual no hay fronteras. Lo pueden hacer desde Malasia, Costa de Marfil o Brasil a distintas personas del mundo y sin distinción de nivel académico o cultural.

-La situación que vive Boca Juniors con el pase de Leandro Paredes, si bien cumple con los parámetros de engaño virtual que venís contando, creo que nadie se imagina que una institución como esa pueda vivir algo así ¿Conocés muchos casos similares a esos?

-Es impresionante la cantidad de casos que conozco de esos. Es un engaño que funciona básicamente con una empresa que importa productos y su proveedor está en otro país. Lo que pasa ahí es que a punto de cerrar la operación el proveedor dice que cambió la cuenta y que se le debe transferir a una cuenta en otro país. Alguien se hace pasar por ese proveedor, no te das cuenta, y terminás transfiriendo toda la plata. Después vas a preguntarle a tu proveedor real si le llegó la plata y el tipo no entiende nada y dice que no indicó ningún cambio de cuenta.

-Además de mostrar engaños a empresas y organismos estatales, también aparecen los casos a personas comunes. A los de a pie. ¿Cómo describirías esos procedimientos en los que contás los casos que se dan por Tinder?

-Esos casos se diferencian con los de la policía o los de una empresa porque demuestran que hay otras vulnerabilidades. Vulnerabilidades que no son técnicas, que son emocionales y en los que se juega la ilusión de encontrar a alguien con quien armar o rearmar una vida. Acá la soledad, la falta de empleo o la falta de guita son factores importantes. Después de que salió el libro tuve muchos casos de mujeres de más 50 años que me contactaron para contarme que perdieron plata y que fueron estafadas por ese tipo de situaciones. Una mujer con la que hablé perdió 30 mil dólares y en el libro cuento otra situación de una mujer que terminó sacando un crédito bancario que todavía lo está pagando.

-¿Cómo llegaste a cada una de las historias?

-De diferentes maneras. En principio me largué a la aventura del libro sin tener todas las historias. Cuando le mandé un adelanto a la editorial empecé a pensar en qué casos me iba a meter. Sabía de algunos engaños informáticos, pero no había leído historias. Muchas veces se habla de que esto está pasando, pero a veces por temor nadie quiere contar que lo vivió. Así que empecé a hablar con gente de la Justicia, conté mi idea y empecé a verbalizar qué cosas estaba buscando. Cada una de las historias que fui encontrando me fue llevando a otra. Y las víctimas fueron encontrando confianza por el respeto con el que conté cada una de las situaciones.

-Sobre el final arribás a casos que fueron víctimas de un groomer. Casos que ponen el eje en el abuso infantil. Relatás cómo una madre se convierte en detective y deja todo de lado para perseguir el rastro de quién era el que le estaba pidiendo fotos a su hija. ¿Fue difícil, emocionalmente, procesar todas esas historias y contarlas?

-Ese capítulo fue el más difícil de escribir. Primero porque tengo hijos y segundo, porque veía los chats, las historias o las imágenes de abuso sexual infantil y me acuerdo de llorar mientras escribía el capítulo. O me acuerdo de volver a mi casa y decirle a mi mujer que no podía seguir con el capítulo por lo fuerte que era. Pero ella me alentó a que finalmente lo haga y que cuente las cosas como eran más allá de lo fuerte que pueda ser. En el fondo, ese fue el objetivo cuando me puse a hacer este libro: esto tiene que servir para alertar y ayudar.