Me gustaría viajar a Corrientes, visitar a mi hermana Eugenia, su prole y esa hermosa criatura que es mi sobrina-biznieta.


Como muchos, encerrada por la pandemia y cumpliendo órdenes de dudosa constitucionalidad –aunque manteniendo obediencia por sensatez y pragmatismo–, me pongo a pensar en lo hermoso que sería viajar. En primer lugar, me gustaría ir a Corrientes para ver a mi hermana Eugenia, a mis sobrinos, a mis sobrino-nietos y hasta un hermosa criatura que es mi primera sobrina-biznieta.

Sería hermoso regresar a su casa de San Luis del Palmar –que papá diseñó–, conocer el jardín de orquídeas y las plantas de kiwi que cultiva desde que quedó viuda; sentarme con ella en la bella galería o en su living y, si hace frío, en la estufa a leña cocinar chipá cuerito al rescoldo, para saborear con el mate.

A la noche, después de cenar, recordar a mi cuñado, tan querido y usar la mesa del comedor para ver el álbum de fotos familiar que abarca tres generaciones de Vaga Ramírez y de Bajo Arias, y señalar los retratos de aquellos que ya eran ancianos o habían muerto cuando ella y yo éramos recién casadas, y así rehacer, como quien borda, la saga familiar.

Y a la hora de acostarnos, llevar a la cama uno de sus gatos y dejar que los perros duerman al lado de la cama, en una estera tejida.

O quizá, si me diera la salud y en este incierto país en que vivimos pudiera tomar un avión y aterrizar en Neuquén, visitar a Ramiro, el menor de mis hermanos varones, que eligió vivir entre nieve, montañas y una población heterogénea que me recuerda el Far West estadounidense, cambiando apaches por mapuches.

Seguramente cocinaría él; tiene muy buena mano y además es un excelente amo de casa, pues mamá educó a los varones para que pudieran sobrevivir solos: sabían zurcir su ropa –para los más jóvenes: antes se zurcía, no se tiraba la ropa así como así–, coser botones, remendar medias, planchar camisas y ser expertos en lavarse sus prendas.

Me gustará ver algún cuadro que pinté a mano y él ha guardado para sí desde que yo era joven; los libros de arquitectura de papá que heredó o le regalé, los libros que ha acumulado estos años, nuevos, donados o comprados en librería de viejo. Y entre medio, las libretas de apuntes de su vida en el Sur, de sus logros y pérdidas.

Seguramente me convidará con un buen vino –tiene su pequeña bodega–, me señalará la colección de mis novelas separadas en algún rincón y yo le pediré que me muestre la colección de lapiceras Parker recargables que heredó de papá, con pluma de oro, y su antigua colección de pipas: el olor del tabaco suele emocionarme, pues lo recuerdo en su estudio, con un cárdigan muy inglés que tenía el perfume picante de la mezcla que usaba.

También con él veremos fotos: primero, de sus hijos y nietos, luego las de nuestra infancia, las de sus nuevos amigos o recientes amores, las de paisajes hermosos que nos hacen añorar épocas más ingenuas y menos conflictivas.

Y cuando abra los ojos de estos viajes imaginarios, reconoceré que me fastidian muy pocas cosas de la vejez y de la cuarentena, pero no poder encontrarme con ellos, los que viven en las antípodas, es la que más detesto.

Sugerencias:

1) Resguardemos los lazos familiares: he sido testigo de cosas muy dolorosas, de amigas que no pudieron despedirse de sus padres, de sus hijos, de alguien muy querido, una última vez.

2) Quizá deberíamos tratar de buscar ayuda legal, en algunos casos, para que esto no nos suceda.

3) Y a quienes se atribuyen poder para impedirnos cosas que no son descabelladas, les ruego un mínimo de empatía para evaluar cada caso, pensando en colaborar, no sólo en impedir.


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Cristina Bajo En casa



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