Los adeptos de Herraiz ya eran multitud, y muchos de ellos caían al suelo entre convulsiones y alaridos.


La Inquisición, dijimos en el número anterior, se había fijado en Isabel Herraiz. Por entonces, no sólo la seguía un grupo numeroso de mujeres, hombres y clérigos de los pueblos aledaños, sino también viajeros de todo el reino. Ella los recibía, leía textos escogidos, oía sus dificultades y los despedía con una exhortación o un consejo.

Al finalizar 1799, algo cambió entra las mujeres de su séquito: algunas se negaban a comulgar en la misa, dejaron de confesarse e interrumpían el oficio religioso. La gente que no compartía el amor por Isabel las llamó “las endiabladas” y pronto esta cohorte de “histéricas” comenzó a dar espectáculos que molestaban a los demás.

Si uno lee los documentos, aquellos actos no parecían espontáneos, pues muchos de ellos comenzaban cuando una de las criadas de Isabel daba determinada señal: “Y entonces todas empezaban a correr y gritar, mostrando especial furor contra los que ponían en duda la credibilidad de la beata. Sólo Isabel, con un gesto, podía apaciguarlas.” Los adeptos de Herraiz ya eran multitud y muchos de ellos se contagiaban y caían al suelo entre convulsiones, alaridos, amenazas y ataques de epilepsia. No faltaban las confesiones públicas donde se relataban pecados nefandos, aquellos a los que la Curia no quería nombrar.

Hacia fines de 1800, la Iglesia examinó su caso para anunciar –como pidieron varios clérigos– la santidad de Isabel, pero los integrantes de varias congregaciones no se pusieron de acuerdo y los escándalos en el templo parecían aquelarres y no oficios religiosos. Finalmente, sacerdotes y beata fueron denunciados por un joven clérigo que, recién llegado e ignorando todo, observó los sucesos sin tomar partido.

Confesó luego que sospechó de inmediato del trato entre los curas y la beata –se descubrieron cosas inenarrables–, y los acusó de locos y enfermos.

Gracias a él, los que creían que ella era una impostora –entre los que había gente de relevancia–, la denunciaron, aportando pruebas. Isabel fue detenida y pronto curas, mujeres “y hasta un chocolatero” estaban encarcelados. En el banquillo, al verse imputada, Isabel enfermó gravemente. Cuando le aconsejaron que, para salvarse, confesara el engaño, terminó reconociendo mucho más de lo que esperaban oír los inquisidores.

Murió en poco tiempo, y cuando comenzó el juicio a los sacerdotes que la apoyaban, se supo que todos mantenían relaciones con ella, donde se mezclaban sentimientos, misticismo, perversiones y erotismo, y que a varios hubo que “ayudarlos a recuperarse de ella”.

El marido de Isabel siempre la defendió, según algunos estudiosos, irremediablemente seducido por la actuación de su esposa.

Sarrión Mora cree que Isabel tenía un don especial: todos sus cómplices declararon caer en éxtasis con ella. Algunos años antes de la investigación, escribieron sus vivencias, y un mundo inesperado de dogmas y experiencias quedaron al descubierto.

Pero los métodos ya habían cambiado: nadie fue quemado ni torturado. Los sacerdotes fueron desterrados y la beata fue enterrada en la iglesia de San Pedro: nunca entendí por qué. El Santo Oficio fue abolido siete años más tarde.

Sugerencias:

1) Leer la novela La Gesta del Marrano, de Marcos Aguinis; se puede comprar por Internet o bajar en PDF y para Ebook.

2) En La Inquisición en el Río de la Plata, de J. T. Medina, está el proceso a Francisco Maldonado da Silva, personaje que aborda Aguinis y que vivió un tiempo en nuestra Córdoba. Fue acusado de hereje y quemado en la hoguera en el s.XVII.


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