Será su pasado como psiquiatra o sus obsesiones... Pero Diego Peretti es de los que encarnan a sus personajes hasta mimetizarse. En esta charla otoñal con Rumbos, el protagonista del primer filme taquillero del año blanqueó su gran simpatía por el autor del famoso asalto, pivoteó de Messi a Suar, del teatro a su próxima novela apocalíptica, y nos la dejó picando... ¿hay futuro para Los Simuladores?


Diego Peretti está solo en la terraza de un bar en Las Cañitas. Espera a Rumbos mientras lee La biología de la transformación, un libraco de 400 páginas de Bruce Lipton. Minutos después dirá que este espacio, bajo la copa de un árbol, es intransferible, “el lugar para buscar un poco de paz e introspección”, y se pasará la mano por la rodilla, dolorida por un golpe de un fulbito de la noche anterior.

“Todavía nos juntamos con los ex compañeros del colegio Buenos Aires y, a veces, a alguno se le va la pata. Pero me viene bien jugar, sobre todo, después de haberme operado los ligamentos cruzados”.

Diego Peretti, Rumbos

¿Andás bien todavía?

Con casi 57 aguanto a buen ritmo media horita, juego de zaguero, un estilo Villaverde, Juan Simón… Soy muy hablador con el árbitro, de organizar al equipo, a mi defensa, me gusta ver el partido de frente.

Futbolero, fana de River, Peretti habla como un deportista profesional: “Me rompí los ligamentos en 1996 y me operé recién en 2015. Estuve casi veinte años con la rodilla sin ligamento cruzado anterior. Eso debe haber incrementado la chuequera en la pierna derecha”.

¿Te afecta ser tan chueco?

No, es parte de mi esencia, de mi manera de ser.

Da la sensación de que caminás dolorido.

Para nada, al contrario, después de la operación me siento rejuvenecido.

¿Siempre fuiste tan futbolero?

Me gusta más hablar de fútbol que de actuación. Me apasiona y soy enamoradizo con algunos jugadores. A Messi lo amo, amor de pareja. Con Maradona es un amor más de hermanos, viste… Un hermano con el que peleás y no te ponés de acuerdo.

Un personaje único…

Un gran personaje del mundo, un clown… Que no es lo mismo que decir payaso. Es un entretenedor.

¿Y Messi?

Un tipo de una inteligencia emocional increíble, pero muy subestimado. Lo tratan de corto y desabrido, y a mí me impresiona su economía de recursos.

¿Messi y Maradona son piezas de una Argentina a veces incomprensible?

Los dos son argentinos. Son nuestra mayor virtud y nuestro mayor problema. No hay mucha más explicación; por lo menos, yo no la tengo.

Actor, ladrón, negociador

Lindo preámbulo futbolero para dar vuelta la página y focalizarnos ahora en El robo del siglo, que Peretti coprotagoniza junto a Guillermo Francella. Muy involucrado en la concepción de este filme dirigido por Ariel Winograd, interpreta a Fernando Araujo, ideólogo y autor intelectual del famoso robo al Banco Río de Acasusso, en 2006. “Un tipo muy inteligente, de avanzada, que propuso en la cárcel dar un curso de artes marciales, pero lo rechazaron. Además, estaba escribiendo un libro sobre diferentes tipos de marihuana y es pintor, hace obras muy interesantes”, describe el actor.

¿Lo estudiaste a fondo?

Sí, lo estudié, lo conocí y hasta fui a su casa, un atelier de clase media en Vicente López. Allí conocí sus pinturas, que pueden admirarse desde diferentes perspectivas.

¿Qué te pareció?

Es alguien como yo, en muchos casos parecido. Pensá que Araujo escribió parte del guión de la película y para hacerlo estudió cine. O sea, ningún improvisado. Es metódico y muy inteligente. Me encontré varias veces con él y fue muy útil para armar el personaje.

Mencionás a Fernando Araujo con admiración.

No dejo de subrayar que es el mentor de un robo, un hecho ilegal, y eso está muy mal. Pero también destaco que Araujo, junto a los otros integrantes de la banda, se organizaron para que no hubiera ni un solo herido.

¿Qué me querés decir?

Que no fue una casualidad, ellos tuvieron la misma intensidad para planear el robo y para que nadie saliera lastimado físicamente.

¿Y en cuanto a su personalidad?

Muy bajo perfil y muy ubicado dentro del rol que se le dio en la película, porque tranquilamente podría haber dicho “se hace lo que yo digo, porque yo estuve ahí”, y nada que ver.

¿Creés que Araujo está orgulloso de lo que hizo?

No te lo podría responder.

A Peretti se le viene algo en mente y se ríe solo. Dice que no sabe si compartirlo o no. “Bah, no importa… Durante el rodaje, además de Araujo, también ayudó el verdadero (Miguel Ángel) Sileo, el negociador, encarnado en la película por Luis Luque. O sea que en el mismo lugar estaban el verdadero ladrón y el policía que negoció con la banda. El tema es que ellos no se querían ver, se tenían fobia, sobre todo Sileo, que estaba por jubilarse poco después. Él temía que la fuerza policial se enterara de que estaba colaborando artísticamente con el filme y compartiendo set con Araujo. Podía ser peligroso para su jubilación”, revela como perlita.

¿Cómo fue trabajar por primera vez con Francella?

Un placer. Es un actor de un histrionismo maravilloso y un profesional admirable, dueño de una escuela actoral más clásica que la mía.

¿En qué se advierte?

Yo soy más informal, él más metódico. Guillermo no afloja nunca, y en eso me siento absolutamente identificado. Yo también dejo todo, preparo el personaje hasta conocerle el más mínimo detalle.

Como pasa en el filme Iniciales S.G., donde interpretás a una suerte de Serge Gainsbourg en decadencia.

¡Podés creer que no lo conocía a Gainsbourg! Y cuando me puse a estudiarlo y vi sus recitales en Youtube, los reportajes, la sociedad artística que armó con su mujer Jane Birkin, me enamoré de ese francés tan feo como atractivo. Por eso me eligieron a mí –celebra su humorada–. En serio, eh…

¿Cómo llegaste a la película?

Los directores, el norteamericano Daniel García y la libanesa Rania Attieh, me conocieron en un avión, les sorprendió mi physique du rol y me hicieron la propuesta sin saber que yo era actor. Y el filme terminó siendo una locura hermosa. Me estudié a Gainsbourg de pé a pá, me convertí en el Gainsbourg latino. Cómo agarraba el cigarro, cómo exhalaba el humo de manera afectada…

Sos de los que se meten en personaje.

Siempre, y si hay que hacer sacrificios, los hago. ¡Mirá! –muestra que le faltan dos dientes de su costado izquierdo–. Eran dos implantes que me saqué porque un personaje nuevo exigía que se viera patético.

¿¡Te sacaste dos dientes!?

Sí, postizos. Fue toda una intervención complicada, pero al personaje le sumaba mucho. Es que para su ópera prima, Una noche mágica, Gastón Portal me pidió que luciera lo más desprolijo posible… Tenía razón.

Pero te podrías haber puesto dos funditas negras.

Lo pensé, pero así como aparezco queda mucho mejor, porque se me asoman los “alambres” de los implantes.

¿Es la peli que rodaste hace poco con Natalia Oreiro?

Sí, señor. En Una noche mágica, que se estrenará este año, interpreto a un ladrón que entra a la casa de una familia pudiente luciendo pasamontañas y guantes de látex, una bolsa… Y como tiene pelo y la barba blancos, cuando recorriendo la casa se cruza con una nena de seis años, esta le pregunta: “¿Vos sos Papá Noel?”. Mi personaje, Nicola, le contesta que sí y se establece una relación particular entre ellos.

¿Qué te pareció Portal como director?

Muy inteligente y valiente como director y autor, porque escribió la historia también. Es una película de riesgo, compleja, estéticamente diferente a lo habitual y hasta con música de Nicola Di Bari. Me sorprendió Gastón, es un volcán creativo. Tiene mucho vuelo.

¿No lo conocías?

Nunca había trabajado con él. Calculo que fui elegido a través de Natalia Oreiro, con quien he trabajado bastante. Un día me llamó, me dijo que tenía un guión interesante y, bueno, le dimos para adelante.

Venís con mucho cine y acabás de terminar la tercera temporada de Los vecinos de arriba, uno de los éxitos de la calle Corrientes.

Fue una de esas experiencias maravillosas que te da el teatro, y que tiene el efecto y la eficacia de captar y cautivar al espectador por lo bien escrita que está, por su temática matrimonial, por el timing dinámico, asociado al de las sitcom, y por el humor y el drama que abrigan cada uno de los personajes.

¿Te bancarías una cuarta temporada?

La obra tranquilamente podría seguir, pero creo que sería importante una refrescadita. En lo personal, estoy un poco saturado. Durante dos años y medio estuvimos haciendo cinco funciones semanales, es mucho.

¿Por eso te despediste?

Me fui porque estaba convenido y porque estoy metido en un proyecto nuevo llamado Inmaduros, con Adrián Suar –vuelve a reírse con ganas–. Venimos juntándonos con Adrián para ensayar y la pasamos muy bien. Encarnamos a dos amigos del secundario con estilos opuestos, ópticas diversas sobre el amor, que se reencuentran después de años.

Importante Suar en tu vida, ¿no?

¿Adrián? Le debo todo. Se la jugó por mí cuando yo ejercía como médico. Me dijo: “Vení, te quiero para Poliladron, vas a andar bien, tranquilo”. Una relación maravillosa y rara, él tenía 25 años y yo 35. Adrián fue el puente. Por él, dejé la medicina para ser actor. Nací en Pol-ka.

¿Cómo te convenció de que dejaras la medicina?

Eso no me lo dijo, pero sí que tenía la gracia y el don para ganarme la vida en este oficio. Fue mi mentor, el que creyó en mí. A mí me costaba muchísimo sentirme actor, venía de otro palo, me había recibido de psiquiatra… “¿Qué estoy haciendo acá? ¿Por qué la actuación?”, me preguntaba a mí mismo. Me costó años creérmelo. Tuve un click en 2007 con El hombre que volvió de la muerte. Algo se modificó interiormente y Adrián fue partícipe necesario.

Y sin quererlo, te encaramaste entre los mejores. Como si fuera la delantera de una Selección Nacional: Darín, Martínez, Francella, Chávez y Peretti…

No me hago el boludo, pero me da vergüenza teniendo en cuenta la tradición actoral argentina. Federico Luppi fue un monstruo, nuestro Marlon Brando en el cine, y no se lo reconoce mucho. ¿Quién se acuerda de Lautaro Murúa? Una bestia, referente inevitable. Ulises Dumont, Alterio, Soriano, Brandoni, Miguel Angel Solá.

¿Y en teatro?

¡Me saco el sombrero ante los que, para mí, son los dos mejores: Alfredo Alcón y el Tato Pavlovsky. Me rompieron la cabeza en el escenario.

¿Ya estás hecho económicamente?

No. Podría tomarme un año sabático, no más que eso.

Pero imagino que por El robo del siglo te llevaste una muy buena suma…

Sí, con esa peli ganamos bien, nos rindió; pero con La noche mágica cobramos, vino la devaluación y la guita se fue a pique. Pero más allá de eso, este país me da la oportunidad de vivir muy bien de la actuación.

¿Qué artistas o filmes te subyugan hoy en día?

Estoy enloquecido con The Irishman (El Irlandés), la película de Scorsese, con Pacino, De Niro y Joe Pesci. Y vengo de una seguidilla maravillosa: Erase una vez en Hollywood, de Tarantino; y Guasón, con Joaquin Phoenix.

Incursionaste en la escritura con la obra Por H o por B, que sobrevivió en el teatro off. ¿Estás con algún otro texto en bambalinas?

Sí, tengo algo desde hace años, pero es “un chino”. Una novela que se sitúa en un mundo apocalíptico en la región pampeana, en tiempos en los que ya no existen las fronteras entre países y donde llama la atención la cantidad de suicidios. Los cadáveres son recolectados y estudiados por multinacionales, que analizan una glándula que segrega una sustancia producida por el estrés previo al suicidio, que te alarga la vida hasta los 150 años.

Una locura total…

Sí, propia de un chiflado como yo. No sé cómo me apareció esta idea, pero como ves, estoy leyendo La biología de la transformación para tener argumentos y terminarla.

Francella volverá con Casados con hijos. ¿Los Simuladores no tiene una chance de regreso?

Hace unas semanas vi el último capítulo de Los Simuladores” y es el mejor programa de ficción de aventuras que vi en mi vida. No hubo otro ciclo como el de Damián Szifrón, te lo aseguro… Creo que no podría llevarse al teatro, pero sí al cine, aunque habría que poner mucha guita. Y te digo más: estoy convencido de que Szifrón ya debe tener el guión escrito.





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