Se llama El Porvenir II y, desde el cielo, se lo ve como una cruz con su corona de espinas que el by pass le dibujo en el centro, con con un brazo torcido hacia El Arco.


Este campo abierto que está 10 kilómetros al sur de la Avenida Quaranta se ha convertido en la sana esperanza de los que buscan un techo para sus hijos, un lugar como el infierno para sus vecinos de siempre y en en el paraíso de la codicia de quienes buscan negocios fáciles y jugosos con la tierra fiscal.

Se llama El Porvenir II y, desde el cielo, se lo ve como una cruz con su corona de espinas que el by pass le dibujo en el centro, con con un brazo torcido hacia El Arco. También se llega en dos líneas de ómnibus el 120 o el 122. Cada viaje consume mucha paciencia en la espera.

Debajo de la necesidad late, viscoso y también mafioso, un monstruo de codicia y latrocinio. Son los mercaderes de la reventa de terrenos. En verdad, venden el aire que apenas sopla por acá. Porque han “ocupado” un predio, a veces lo cercan con un precario alambra o desdentada empalizada y enseguida arman su negocio.

Los terrenos “se vendían a 150 o 200 mil pesos. Para llegar solo hay que tomar la Avenida San Martín, derecho al sur unos 14 kilómetros. Pasar la Rotonda y dejando atrás la Avenida Moreau de Justo y uno metros de la Ruta 213, ya está en El Porvenir II. Este últmo tramo desde Quaranta es de 10 kilómetros.

Solo en pocas semanas, El Porvenir II se convirtió en un poblado pacífico barrio más que suburbano, en un lugar bullicioso, donde el que puede amontona ladrillos y el que no, clava postes y arma sus paredes de madera y su techo de chapas.

Es el Porvenir II, pero también es lo que hay. Y hay cosas nuevas, peleas cotidianas, batallas a palo y cuchillo y falopa en sus calles de tierra y hasta falta el agua. Alguna vez también se llamó San Isidro, pero le robaron hasta el nombre y ahora es El Porvenir II.

Para Jorge Schams, un matancero que llegó hace décadas jubilado del cuerpo de bomberos, esto fue el paraíso comparado con el turbulento barrio de La Matanza. Allá, dicen, hay lugares donde uno “entre que quiere, y sale si puede”.

Don Schams armó su chacrita del lado derecho de la vieja Ruta 213 camino a Corrientes. Estos terrenos cuentan con propietarios. A la izquierda, casi todo es “fisco” y permiso de ocupación.

La vida del hombre dejó de ser pacífica. La semana pasada se fue a vacunar unas vacas que tiene al fondo de su campito. Y al volver, le habían desvalijado la casa. Ahora tiene cámaras por todos lados. “Pero eso no es vida, vea”, hay que estar todo el día atento al ladrón.

Por ejemplo, el agua ya no alcanza ni tiene presión, pese a los esfuerzos de la presidenta de la Cooperativa de Agua que corre de una llave a otra, para distribuir el agua por sectores. Desde Posadas, imposible que llegue, porque solo hasta el cruce son 10 kilómetros (en Avenida Quaranta y ex213).

Juan Carlos Elías, tiene 32 hijos, 2 hijos, y otros familiares. Allí instaló su casita hace un par de meses. No tiene trabajo y vive de changas que llegan por cuentagotas. Para una familia vulnerable el lugar es ideal, tiene luz eléctrica que se paga como en zona rural, la cuota del agua anda por los 100 pesos y de impuestos, ni hablar. La encargada se llama Irina y no fue posible ubicarla.

Elías contó que su terreno, al borde de socavones llenos de agua y de mosquitos y de yuyos, se lo compró a un tal “Andrés Romero”. Cuentan los vecinos que la manzana de enfrente donde se construye una casa a todo trapo, es de un empresario de autos, con taller en el centro. Y no es el único caso. Mucha gente de buen pasar o de recursos medios, aprovechó para hacer de un campito.

Ni el CAPS está dando abasto. Bien equipado para unos1.600 vecinos según el censo realizado hace poco la encargada del centro asistencial, Estela Martínez, cuenta que ya no le alcanzan los remedios. De golpe la población se duplicó.

Por eso pide que, además, les aumenten la seguridad y la vigilancia ya que las peleas son frecuentes y la violencia está a la orden del día. Mientras conversa con su hermana Elena Martínez, también señalan las penurias del comedor o merendero, que también atiende a más menores ahora.

La presidenta del barrio es María Cristina Espíndola y en la recorrida periodística está justo reunida tratando el tema del agua. Han llegado algunos funcionarios y los vecinos les hablan de la red insuficiente, de la presión de agua que no alcanza. Una de las señoras comenta que hace 15 días que no tiene agua. Y del manejo de las redes a través de llaves al que atribuyen una intención política.

Esta es una historia en desarrollo, como indican los medios. La necesidad es grande. Los intermediarios son más que ambiciosos y otros quieren sacar su tajada.




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