Es usual escuchar que a las personas no les gusten los días grises.

Hay una especie de rechazo generalizado para con este tipo de días.

Una suerte de fábula ancestral que hizo que los días grises fueran asociados con la tristeza y el dolor, con la

melancolía e historias del pasado.

Lo cierto es que no se siente lo mismo al levantarse y ver por la ventana un día soleado

que si se encuentra con un cielo total y completamente nublado.

Son días introspectivos.

En los que la falta de luz solar parece debilitar las barreras que pusiste a todo eso que

sentías pero venías callando.

Sí, esto es como lo que dicen las personas cuando están borrachas.

Que todo lo que sentís en un día gris también está presente en los días soleados, solo

que lo estabas evitando.

Días de sofá y necesidad de comidas favoritas.

De revisar álbumes de fotos y viejos carretes.

De escuchar la música que te transporta a otros días.

De abrir conversaciones y revivir finales.

De que los rastros de lo que no fue aparezcan para hacer temblar todo otra vez.

Con eso se danza los días grises.

Con la falta de vitamina D.

Con la fuerza inexplicable de lo inmutable del pasado.

Con la ansiedad por un futuro que no tenés asegurado.

Con vos intentando controlar todo eso que te pasa adentro, sonriendo para ocultarlo, a

pesar de que cualquiera que te mire de verdad a los ojos podría adivinarlo.

Son curiosos los días grises, pero como a todo en la vida, de nada sirve intentar evitarlos.

A los días así se les hace frente, se los transita con total decisión y descaro.

Se llora lo que se tiene que llorar.

Se yace tirado sin fuerzas el tiempo que sea necesario.

Se baila hasta que los pies no dan más con esos fantasmas del pasado.

No te preocupes puede que, luego de todo esto, llegues a la noche un poco roto,

un poco extraño y un poco gris.

Pero con la seguridad y satisfacción de que pudiste superarlo.

De que no había nada que temer, pues lo que sucede estos días es que tus sentimientos están a flor de piel.

Te lo digo, a los días grises también hay que transitarlos.

Son totalmente necesarios.

Que, después de todo, por muy cerrado y oscuro que esté el cielo, ahí atrás sigue el sol brillando.