Antonio Sazo tiene 300 cabras en su rebaño y es la tercera generación de criadores. Cuenta que cada año es más duro.


En la inmensidad del valle de Malargüe, Antonio Sazo cuenta sus cabras y describe lo duro que es mantener las crías con la sequía propia de Mendoza. Cada año, este hombre de 68 años debe llevar más lejos a pastar a su rebaño debido a los efectos del cambio climático.

Es la tercera generación de criadores de cabras y no se resigna. “Sigo luchando con los chivitos acá en el puesto”, dice Antonio, que junto a su esposa y tres hijos tiene 300 cabras en Arro Poñigüe, en el paraje El Alambrado.

“Ha cambiado mucho la situación. Ni parecido a antes, hace dos años (el invierno) era más bueno, más nevador”, cuenta a la AFP en su humilde casa construida de ramas y adobe, a la manera ancestral.

Antonio Sazo tiene 300 cabras en su rebaño. (Foto: Andrés Larrovere / AFP)

El cambio climático ha alterado todo el ciclo de vida en la región”, explica Iván Rosales, ingeniero agrónomo del Instituto Nacional de Tecnología Agraria (INTA) de San Rafael, Mendoza.

El caudal de agua de los ríos en 2019-2020 será un 11% menor que la temporada anterior y 54% inferior al promedio histórico provincial, según advirtió el Pronóstico de Caudales que elabora el gobierno mendocino.

Antonio Sazo tiene 300 cabras en su rebaño. (Foto: Andrés Larrovere / AFP)

El drama de Sazo contrasta con la pujanza de los viñedos del centro y norte mendocinos alimentados con sofisticados sistemas de riego donde se producen vinos de exportación y se cultiva la valiosa cepa Malbec.

“Con la foto de hoy, la única esperanza está en nosotros mismos”, afirmó Marinelli y apeló al uso racional del agua.

Antonio Sazo tiene 300 cabras en su rebaño. (Foto: Andrés Larrovere / AFP)

El calentamiento global también afecta a los glaciares que abundan en los picos cordilleranos. Su escurrimiento ha contribuido en parte a paliar la merma de agua, pero la escasez de nevadas reduce su tamaño y pone en riesgo también este recurso, según expertos.

“Aquí tenemos mucha sequía, mucho frío, mucho viento“, se queja Sazo, con la piel curtida y las manos ennegrecidas por su trabajo de arriero mientras lleva sus cabras preñadas al corral adonde parirán entre uno y dos chivitos.

Pero Sazo sabe que los rindes serán menores este año, porque los animales reducen sus crías o dejan de alimentarlas como respuesta a la falta de pastura y agua.

Antonio Sazo tiene 300 cabras en su rebaño. (Foto: Andrés Larrovere / AFP)

Los rebaños, que antes promediaban las mil cabezas, se redujeron a un tercio, como el de Sazo, cuya explotación rinde apenas para el sustento de esta familia donde cuatro de siete hijos ya han partido en busca de trabajo.

Los criadores de cabras, diseminados en lo alto del valle, compiten por el agua con explotaciones agrícolas medianas que se dedican al cultivo de papa y ajo en el valle, con mayores recursos para infraestructura, como canales de riego.

Un 5% del territorio de Mendoza es bajo riego y es donde vive el 95% de la gente, todo el resto es secano y depende de los ciclos del ambiente, allí se vive de la ganadería de cría ovina, caprina y caballar, no hay otra actividad posible.

En diciembre Sazo espera vender los chivitos que han nacido en octubre, época de parición. “Pero los animales no engordan, no producen leche para los chivos”, se lamenta.




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