Todos los maipucinos conocen a la Heladería Chelita y muchos inclusive tienen anécdotas sobre el helado o el lugar. Sin dudas, es un punto emblemático del departamento. Pero la realidad es que pocos conocen la historia y el legado familiar de la heladería artesanal más antigua de Maipú.

Ubicada en una esquina de la calle Ozámis, al frente de la Bodega Giol, la heladería lleva en su historia gran parte de la historia de Maipú. El departamento era totalmente distinto cuando Chelita abrió por primera vez sus puertas y aunque todo alrededor cambió, la heladería se mantuvo intacta.

Todo comenzó en 1955, cuando Doña Rosa y Don Chicho se animaron a vender su propio helado, convirtiéndose en los primeros de la zona. 66 años después, el legado artesanal sigue, pero de la mano de Graciela y Jorge.

El comienzo de Chelita

Francisco “Chicho” y Rosa Buonasorte fueron quienes iniciaron la historia de helados artesanales en Maipú, a mitad de los años cincuenta. “Era una necesidad de la época abrirlo”, contó Jorge, el yerno de la pareja Buonasorte, a Vía Mendoza, ya que no había nada parecido cerca.

Antes de la heladería, sus vidas giraban en torno al trabajo manual. Francisco se dedicaba a hacer todo tipo de actividades e incluso vivió una infancia muy dura, producto de ser hijo de inmigrantes italianos.

Francisco "Chicho" y Rosa Buonasorte en su luna de miel, un tiempito antes de llevar el helado artesanal a Maipú. Foto: Familia Buonasorte

De a poco y sin querer queriendo, conocieron el mundo de los helados ya que en 1952, comenzaron a vender helados. No eran elaborados por ellos, pero se dieron cuenta que era un negocio rentable en la zona. “Mi papá vio un futuro con los helados”, expresó Graciela.

Esa revelación los llevó a querer comenzar su propio negocio, con helados hechos por Rosa. Ella aprendió a elaborar la delicia fría y Don Chicho se compró un carrito para venderlo en la calle.

Los sabores eran pocos, pero eran totalmente artesanales, hechos con las frutas de estación, entonces todos los maipucinos querían tomarlo.

Chicho con su famoso carrito de helados. En la foto le servía a una pareja de recién casados. Foto: Familia Buonasorte

En 1955 nace la Heladería Chelita en una esquina de Ozámis. Ellos habían alquilado un local una cuadra antes de su casa actual. Decidieron bautizar el lugar con el sobrenombre de su hija mayor, a quien llamaban Chelita desde su nacimiento.

Pasaron los años y la heladería siguió

Siete años más tarde, con mucho esfuerzo, los Buonasorte lograron comprar un terreno y abrieron la heladería donde hoy sigue en pie. La noticia de los nuevos helados artesanales maipucinos se corrió rápido en la provincia y de repente tenían el local lleno todos los días.

Una foto antigua de Rosa y Chicho frente la heladería en sus comienzos. Foto: Familia Buonasorte

“Era un lindo punto, estaba el cine, la bodega Giol, la escuela Moyano. Se trabajaba bien, era re conocido”, contó Jorge, agregando que a pesar del lugar físico, la venta de helado en carrito nunca cesó.

“Llegaron a tener 8 personas vendiendo en moto. Iban a todos lados, al parque, y en donde estaban los turistas. En la época de la cosecha hasta se iban a la viña”, sumó el maipucino.

Con los años realmente se convirtió en un punto emblemático del departamento, porque todos en alguna oportunidad habían tomado un helado en el lugar. “He visto pasar muchas generaciones por acá. Inclusive gente de todas las clases sociales compraban”, detalló la maipucina.

Lo particular de los helados de Chelita era que todos los sabores eran elaborados por Doña Rosa. Era ella quien todos los días, con la ayuda de sus hijos, se levantaba para hacer la delicia fría, hecha totalmente con sus manos.

El apartado del diario donde anunció el reconocimiento internacional que recibió Rosa. Foto: Familia Buonasorte

Realmente era un esfuerzo importante para Rosa elaborar el helado, implicaba muchas horas para seguir sus recetas y mucho esfuerzo de su cuerpo para manejar las maquinas sacrificadoras. Además ella utilizaba productos frescos, ya sea fruta, chocolate o dulce de leche.

Las recetas de Rosa eran propias, ya que nadie le enseñó. La mujer fue autodidacta en su rubro, llegando a impartir sus conocimientos a otros. “De acá salieron muchas heladerías. Mi mamá era como la mentora”, detalló Graciela.

Sus recetas recibieron reconocimiento nacional en el 85 cuando ganó una copa nacional en Cosquín y en el 95 fue galardonada internacionalmente en Cuba. Eran los mejores helados artesanales de Maipú y del mundo.

Rosa cuando ganó su reconocimiento internacional. Foto: Familia Buonasorte

El legado familiar

Durante gran parte de la historia de la heladería, Rosa elaboraba y Chicho manejaba el negocio. Tenían tres hijos - Graciela, Carina y Salvador - y ellos, con sus hijos luego, también se fueron incorporando, manteniendo Chelita siempre un negocio familiar.

Cuando el cuerpo de Rosa no aguantó más el sacrificio de hacer el helado, la tarea se trasladó a uno de sus hijos, Salvador. Cada uno de ellos, incluso los yernos, nueras y nietos, fueron aprendiendo el oficio. De esa manera ayudaban a los viejos Buonasorte a mantener la esencia del lugar: artesanal, tradicional y familiar.

La familia Buonasorte, unida como la tradición tana establece. En la foto se ve a Graciela, Jorge, Rosa, Chicho, Salvador, Mónica y Carina. Foto: Familia Buonasorte

Hasta la muerte de Chicho (murió a sus 87 años), ellos eran quienes llevaban adelante la heladería. Rosa falleció unos meses después en el 2020 y la heladería pasó en manos a su hija mayor Graciela, quien fue la inspiración del nombre Chelita.

Además, su vida comenzó al mismo tiempo que comenzó la historia de la heladería. De alguna manera, todas sus memorias de la infancia están ligadas al lugar.

Graciela, junto a su esposo Jorge, decidieron mantener el legado familiar y dejar la heladería tal como la había dejado su padre. “Todo lo hizo mi papá. Trabajamos en familia todos juntos, todos pasamos por acá. Tenemos miles de memorias, queríamos dejar la tradición intacta”, expresó la maipucina.

Hoy quien elabora los helados es Jorge y su hijo Francisco y mantienen viva las recetas de su suegra, aunque Jorge admitió que le gusta inventar nuevos sabores.

No obstante, mientras ellos estén al frente quieren mantener la heladería pura y como la recibieron, pasando el legado a sus hijos también.

Seguirán elaborando los helados de la manera que Rosa les hacía y aunque después el cuerpo les pase factura, para ellos vale la pena.

“No tenemos competencia y tampoco nos interesa el precio. Nos importa la calidad del helado, hacerlo artesanal como nos enseño mi suegra y por esos nos mantenemos. Por algo la gente nos sigue buscando”, concluyó Jorge.

¿Y lo más importante de todo? Chelita seguirá siendo uno de los puntos más emblemáticos de Maipú y seguirá siendo parte de la historia del departamento.