HISTORIAS DE VIDA

De la pobreza a la prosperidad, con la simple ayuda del trabajo duro

por Jimena D´Annunzio

Edgar de Souza tiene 56 años y la experiencia de quien lo ha pasado todo. Una historia que comenzó en la frontera entre Brasil y la Argentina, trabajando en la cosecha de caña de azúcar y con muchas necesidades, y consiguió su desenlace feliz en Capital Federal, donde logró ser dueño de sus propios automóviles. 

Edgar tiene la mirada tranquila y la voz constante, gestos particulares de quien tuvo (y supo) esperar por la llegada de casi todo. Nació en una pequeña colonia brasilera en una familia compuesta por sus padres y otros tres hermanos. A sus 9 años, dejaron el país carioca para mudarse a la localidad misionera de Itacaruaré y así poder trabajar en los campos de caña de azúcar.

“Vivíamos a unos 12 kilómetros de la orilla del rio Uruguay y esa era la distancia que recorríamos a pie para llegar a la escuela. Hice hasta séptimo grado, pero mi papá prefería que trabajara y no que fuera a estudiar. Trabajaba en la chacra haciendo de todo: cosechaba caña de azúcar, cortaba yuyos o limpiaba las plantas de yerba”, le contó Edgar a Via Documentos.

Así vivió los primeros años de su vida: caminando kilómetros para llegar a la escuela, trabajando con su cuerpo bajo las altas temperaturas de la Mesopotamia y durmiendo, cubierto por la lona de un camión, bajo una planta.

Aunque para Edgar la vida comenzó de verdad a sus 17 años, cuando decidió dejar Misiones y mudarse a Henderson, un pueblo de poco más de dos mil habitantes en la provincia de Buenos Aires, aún recuerda sus años misioneros con tristeza e incertidumbre. “Todavía no encuentro explicación a tanta insensibilidad. En Misiones, lo explotaban a mi papá, nos explotaban a nosotros que éramos niños y a nadie le importaba. No nos daban ni siquiera las naranjas que se caían de las plantas. Yo hoy en día no puedo ver a un chico comiendo de la basura y comer un sándwich tranquilo en mi auto. Le doy todo”.

Cambio de rumbo

Edgar decidió mudarse a Henderson gracias a una de sus hermanas. Ella se había ido de Misiones unos tres o cuatro años antes que él, y en una visita, decidió invitarlo a que viaje a probar suerte.

“En Henderson viví durante 12 años. Para mí era un mundo nuevo, pasé de trabajar en Misiones con mi fuerza a trabajar en campos agrícolas, con máquinas”. Allí, Edgar encontró una gran familia que, según sus palabras, “lo adoptó”. “Era un matrimonio con tres hijos. Me llevaron a vivir con ellos a su casa y también trabajaba para su campo”, contó.

En Henderson no solo encontró una familia del corazón sino que también dio los primeros pasos para formar la suya. Allí conoció a su mujer, Cristina, y se casaron al poco tiempo. “Yo tenía 27 y mi mujer 18”, recordó.

Juntos, decidieron dejar el pueblo para vivir en la gran ciudad de Buenos Aires. “Un día nos miramos y dijimos: ´¿y si nos vamos?´ Caímos en esta gran ciudad, sin conocer, sin saber, sin nada. No teníamos trabajo, mi estaba mujer embarazada de seis meses y solo teníamos dos bolsos y 700 pesos”.

Edgar nació en Brasil y a los 9 años se mudó a Argentina. Vivió en Misiones y en el interior bonaerense.

Durante sus primeros meses en la ciudad de la furia, Edgar consiguió trabajo como obrero de la construcción. Por primera vez, tuvo su obra social y eso los salvó en uno de los momentos más delicados de su vida: su pequeña hija nació con meningitis y pasó 15 días internada en terapia intensiva.

Tras esas semanas traumáticas, consiguieron un departamento en Lanús que compartieron con su cuñada y su sobrino y al que después se sumaron sus suegros, que también decidieron venirse desde Henderson. “Vivíamos en un dos ambientes: mi cuñada y su hijo, mis suegros, mi mujer, mi hija y yo”, explicó.

A pesar de que su experiencia como trabajador de la construcción se fue perfeccionando y calificando con el correr de los meses, aún les quedaron muchos obstáculos por atravesar: “a medida que las obras van terminando, van despidiendo gente. Cuando entré éramos 400 personas y al próximo trabajo solo pasamos siete, por suerte yo estaba entre ellas”.

Pero no siempre la suerte estuvo de su lado. “Luego pasé a trabajar en una empresa que se dedicaba al movimiento de grúas y maquinaria pesada. Ahí estuve trabajando alrededor de seis años, pero renuncié y me fui como subcontratado y todo empeoró. A los cuatro meses estaba obra vez sin trabajo”.

“Pasamos de todo, épocas buenas, épocas malas, la peleamos, laburamos, venimos del fondo, miramos para atrás hoy y venimos del décimo subsuelo” 

“Volvimos a pasarla muy mal. Tuve que empezar de cero otra vez. Comíamos porque mis suegros nos ayudaban, sino no comíamos. Porque primero pagábamos el alquiler y, si sobraba, comíamos”, recuerda sobre ese entonces.

¿Cómo hicieron para superar ese momento?

Ahí fue cuando mi mujer se puso a trabajar de moza en un club. Los dueños de ese club nos ayudaron mucho, porque muchas veces comíamos ahí. Mi mujer también se anotó en el profesorado de maestra jardinera. Esto ocurrió a fines de los 90. En el 2000 se recibió de maestra jardinera y muy poco tiempo después se enfermó de cáncer. A raíz de su enfermedad, se decidió a empezar la facultad para ser Licenciada en Ciencias de la Educación y, por suerte, después de lucharla varios años, se curó, logró recibirse y entró a trabajar en el Ministerio de Educación. Ahora es Asesora Pedagógica del Ministerio y tiene cinco distritos para supervisar. Se especializó en nuevas tecnologías y capacita a los bibliotecarios de escuelas y asesora a los supervisores de biblioteca.

En cuotas a cinco años, Edgar pudo comprar su primer automóvil y luego fue aumentando su flota.

¿Y vos cómo lograste volver a conseguir trabajo?

Decidí probar suerte en el rubro de los remises. Compré mi primer auto a pagar a cinco años con un dinero que me prestó mi cuñada y arranqué a manejarlo. Trabaje tres años de lunes a lunes, desde las 6 de la mañana hasta las 23. Más o menos cuando iba pagando la mitad del primer auto, salió la posibilidad de comprar el segundo. Ahí ya tenía un chofer y llegué a tener dos autos trabajando.

En ese momento, pude hacer la fiesta de 15 de mi hija, que para nosotros era un sueño. Luego, se complicó mucho la tarea de tener choferes y decidí quedarme solo con mi auto. Hoy trabajo para una empresa que hacemos  viajes ejecutivos y el año pasado, con mi mujer, cumplimos el gran sueño de comprarnos nuestro propio departamento en Villa Devoto, el barrio en el que vivimos hace 25 años.

¿Qué les dirías a las personas que les toca vivir una historia parecida a la tuya?

Mi mensaje es que trabajen y que estudien, cualquier cosa, un oficio o una carrera de grado. Lo importante es encontrar tus propios recursos para ganarte la vida. Y nunca renegar del trabajo que haces, la gente está muy enojada con su trabajo y no podes trabajar enojado. Nadie te obliga a estar donde no tenés que estar. Si tu trabajo no te gusta, hace lo imposible para buscar otro pero no vivas enojado. Creo que la vida es bella y linda, y las cosas feas siempre quedan atrás.

¿Te queda algún sueño por cumplir?

Mi sueño es participar en política. Siempre lo tuve pero nunca tuve el tiempo para concretarlo. Creo que la mayoría de la gente que entra en la política lo hace por beneficio propio, nadie entra para ayudar a los demás. Creo que a la política le falta mucho sentido común. Ojalá lo logre algún día, por ahí no, por ahí sí.