Generación Z, hijos de la virtualidad

por Leila Sucari

Después de los millennials, una nueva camada de jóvenes criados entre tablets y youtubers está llegando a la adultez. Igual de hiperconectados, pero más realistas, digitan su vida desde la pantalla y prefieren una montaña de emoticones a un asado con amigos. ¿El fin de los abrazos?

No jugaron a la pelota durante horas en la vereda. No saben lo que es divertirse con un par de piedritas o unos pequeños ponis de colores. No se criaron frente a un televisor ni descubrieron la pólvora cuando vieron por primera vez una computadora. Los postmillennials, nacidos en el siglo XXI, vinieron al mundo cuando ya existían internet y los celulares. Para ellos, la vida virtual es tan real y significativa como la que sucede de este lado de la percepción. Este año, los pequeños hiperconectados comienzan a asomarse a la adultez y a incorporarse al mercado laboral. ¿Cómo cambian las reglas del juego? ¿En qué se diferencian a los integrantes de la generación previa?

Los millennials fueron definidos como “generación selfie”: egocéntricos, desprejuiciados, adictos a los likes del Facebook y defensores a ultranza de la vida laboral freelance. Hasta hace poco, eran los protagonistas de los análisis sociológicos y de revistas como Times. Pero su minuto de fama ya pasó: ahora es tiempo de los Z, la generación que representa el 25,9% de la población y que suma alrededor de 2.000 millones de personas en todo el mundo.

Los hijos de la postmodernidad aprendieron a utilizar la tecnología cuando apenas daban sus primeros pasos. Tienen el mundo virtual naturalizado y les resulta más fácil hablar y comunicarse por medio de WhatsApp o por Snapchat, que en una conversación cara a cara.

“Con mi hijo hablo más por chat que en persona”, cuenta Inés, madre de Julián de 19 años. “Nos cuesta mantener una conversación por más de cinco minutos seguidos, y pasa algo muy extraño para mí: es imposible que me de un abrazo o me cuente algo de su vida, por ejemplo, durante una cena; pero por WhatsApp es demostrativo y cariñoso. Al principio, me molestaba su actitud; pero con el tiempo me resigné y entendí que es de otra generación, que su manera de expresión es distinta. Aprendí a recibir sus emoticones con alegría y dejé de pedirle que me llame por teléfono porque para él eso es algo prehistórico; como madre tengo que adaptarme a su lenguaje”.

Para muchos, la contracara de la habilidad tecnológica es la escasez de recursos internos para expresarse y para crear vínculos interpersonales directos. La palabra y el cuerpo fueron suplantados, en gran medida, por emoticones y mensajes escritos con una gramática cuestionable. El encuentro con el otro y la exploración de su cuerpo y el propio no están de moda; mirarse a los ojos sin una pantalla de por medio es un riesgo que pocos están dispuestos a correr. Si todo sucede en el celular, si el infinito está al alcance de un click, ¿para qué correr el riesgo de encontrarse con otros seres de carne y hueso que no se pueden eliminar apretando un botón?

No es casualidad que se trate de una generación que tiene menos sexo que las pasadas: “La generación bautizada como iGen o Z tiene relaciones sexuales con menos frecuencia que sus padres y abuelos cuando eran jóvenes”, señala Jean Twenge, profesor de psicología e investigador de un estudio que aborda la sexualidad en los nativos digitales. Contra el 85% de los millennials, sólo el 56% de los postmillennials sabe lo que es tener una cita con alguien, las experiencias sexuales empiezan más tarde y el número de jóvenes que pasa tiempo diario con amigos bajó un 40% entre 2000 y 2015.

Esto que llamamos cuerpo

“Si algo tienen en común los jóvenes y adolescentes de la actualidad es que creen que pueden escaparle a las normas sociales y a las lógicas de relaciones interpersonales. Para ellos, el verdadero mundo está en internet. Lo virtual es su territorio, el lugar donde sienten que pueden ser ellos mismos, expresar sus opiniones y construir su comunidad”, explica la psicóloga Patricia Otero. “La dificultad aparece cuando tienen que ir a una entrevista de trabajo tradicional o relacionarse de manera íntima. El contacto físico les cuesta porque están acostumbrados a la barrera de la pantalla”.

Incluso a la hora de educarse cambiaron las formas: más del 20% de estos jóvenes lee en tablets y dispositivos tecnológicos, el 33% usa YouTube para hacer las tareas escolares y aprenden música, dibujo, cocina o matemáticas mediante instructivos. El rol del maestro está en plena transformación porque el conocimiento se transmite, ya no de boca en boca o a través de libros de papel, sino por medio de canales de videos y sagas virtuales que ellos mismos ayudan a crear. En este sentido, la generación Z es la reina de lo autodidacta. “Creen que nos pasamos el día boludeando en internet”, dice Valentina, de 17 años, “pero en realidad estamos haciendo un montón de cosas. En la computadora podés aprender lo que quieras. No sólo chateo con mis amigas, sino que hago los trabajos del cole, investigo qué carrera seguir y aprendo idiomas”.

El multitasking es otro rasgo: los jóvenes Z son capaces de hacer varias tareas al mismo tiempo y tienen un promedio de tiempo de uso de apps de unos 8 segundos. En general tienen cuatro –o más– ventanas abiertas en simultáneo. Eso se traduce en personas con un gran flujo de información, pero con poca capacidad de concentración y de análisis profundo. Según un estudio del Centro de Investigación de Medios y Entretenimiento para Latinoamérica, alrededor del 60% chatea y juega mientras mira tevé o hace alguna otra actividad. La adultez de la generación Z aún no está escrita, aunque ya se sabe que las competencias digitales son la clave de su éxito, así como también la capacidad de adaptarse a los cambios. El futuro ya llegó y viene sin manual de instrucciones.