Hace días, recordé algo que leí en Historia de las civilizaciones antiguas de América, Tomo I, de Raphael Girard hablando de las tribus de los Estados Unidos.

En el capítulo dedicado a los iroqueses, comenta el autor que, al celebrarse los dos siglos de la Constitución estadounidense (1987), un grupo de académicos de la Universidad de Cornell (N.Y.), decidió investigar "sobre un posible origen de la mencionada Constitución".

El proyecto, convocado por el North American Indian Studies Program, sostenía que había suficientes evidencias para demostrar que de la Confederación Iroquesa había salido una importante contribución a la Carta Magna del país del Norte.

No era desatinada la mención, ya que poco antes Bruce E. Johansen había editado Forgotten Founders, donde señalaba que Benjamín Franklin y otros contemporáneos (incluyendo a Thomas Jefferson) habían estudiado las ideas políticas y sociales de los iroqueses que –fundidas con la herencia cultural europea– formarían "una nueva racionalidad destinada a lograr una revolución en una nueva tierra".

En el encuentro, varios estudiosos apoyaron la idea, afirmando que “la democracia estadounidense debe su sello distintivo a principios y estructuras de los gobiernos civiles de los indios norteamericanos”, y que la Gran Ley de la Paz de este pueblo, “instauró un gobierno de la gente, para la gente y por la gente”.

Esta organización constaba de tres ramas:

1) los onondaga (en inglés, los firekeepers, encargados de mantener el fuego sagrado de la Confederación) eran el corazón de la Liga, comparables con el poder ejecutivo estadounidense;

2) los aspectos legislativos estaban estructurados en los mohawk y los seneca (los Hermanos Mayores) que formaban una especie de "cámara alta", similar al Senado, mientras que los cayuga y los oneida (los Hermanos Menores), cumplían la función de "cámara de representantes";

3) El Consejo de las mujeres iroquesas, en tanto, era el equivalente a la Corte Suprema, encargado de resolver disputas y juzgar violaciones a las normas: lo presidía la Mujer Venerada.

Lo que más atrajo a los estudiosos fue que estas leyes formaban el entramado de un sistema que impedía la concentración de poder "en las manos de cualquier persona individual, y era proclive al principio de división de poder entre numerosos iguales", conteniendo así "los gérmenes del Congreso, el parlamento y la legislatura moderna".

No menos interesante es que, al parecer, Jefferson tomó los símbolos de la leyenda del Pacificador de la mitología iroquesa, leyenda que cuenta que un maestro espiritual logró, cuando los pueblos indo-americanos se desangraban en feroces luchas entre tribus hermanas, que éstas dejaran de guerrear y se sentaran a discutir una convivencia pacífica. El valor de la palabra.

El Maestro les dio, como símbolo de unión y entendimiento para la Gran Ley de la Paz, un enorme pino cuyas ramas se extendían hasta cobijar a todas las naciones indias de buena voluntad.

Sobre aquel árbol campeaba un águila que sostenía trece flechas. Ambos –pino y águila– terminaron transformándose; uno –el árbol– en el símbolo de la libertad americana y el otro –el ave– en símbolo de su Gobierno.

A través de los siglos, el águila se impuso y su sombra se extendió hasta los confines de la tierra y la historia. No tengo suficientes datos para saber si aquél había sido el destino que el Gran Maestro quiso darle. •